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Luz en mi Camino

5 diciembre, 2023 / Carmelitas
Luz en mi camino. 2º Domingo de Adviento (B)

Is 40,1-5.9-11

Sl 84(85),9ab-10.11-12.13-14

2Pe 3,8-14

Mc 1,1-8

    La liturgia del domingo pasado, primero de Adviento, subrayaba la futura venida gloriosa del Señor y la necesidad de estar preparados para recibirle. Este segundo domingo que hoy celebramos, al igual que sucederá en el tercero, nos presenta la figura de Juan el Bautista, el Precursor y anunciador de la venida inmediata del Mesías, para ayudarnos a tomar conciencia de que nuestra espera del retorno glorioso del Señor también se acorta y de que no hay tiempo que perder para salir a su encuentro bien preparados.

    Tanto el evangelio como la primera lectura, tomada del Deuteroisaías, un profeta anónimo del exilio babilónico (s. vi a.C.), describen la figura del heraldo que anuncia la llegada del Señor en medio de su pueblo. Contemplando las ruinas de Jerusalén y del templo, demolidos el año 586 a.C., el profeta “Isaías” anuncia el final cercano del exilio (que tuvo lugar cuando el rey persa Ciro II el Grande, publicó el año 538 el edicto que permitía retornar a los exiliados a la tierra prometida de los patriarcas). Por eso proclama el profeta que ha llegado el tiempo de la consolación, del ánimo y de la esperanza: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!» (Is 40,1), y exhorta a que este gozoso anuncio se acoja “preparando adecuadamente el camino al Señor” (Is 40,3).

    Es cierto que Dios, como el gran Pastor de Israel, se había aproximado por medio de los profetas y de Ciro a su pueblo, para caminar con él y guiarle en el sendero de retorno, pero era necesario prepararle “idealmente” un camino rectilíneo y llano que partiendo de Babilonia llegase a Jerusalén, después de haber atravesado y allanado valles, montes y colinas. Dicho de otro modo, YHWH sólo iba a regresar a Palestina con el resto de Israel que además de haber aprendido a allanar los montes y colinas del orgullo idolátrico y los valles de la desconfianza, también supiese caminar humildemente detrás del Señor, confiando en Él y cumpliendo su voluntad expresada en la Torah.

    Aquella voz del profeta veterotestamentario (Is 40,3), alcanza su pleno significado cuando Juan, bautizando en el desierto, irrumpe públicamente en la historia salvífica (Cf. Mc 1,4). En este momento ya no es el profeta, sino Dios mismo el que habla y se dirige a “Aquel que viene”, es decir, a Jesús, diciéndole: «Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino» (Mc 1,2). Este mensajero enviado por Dios y anunciado desde antiguo como el Precursor del Mesías es Juan el Bautista (Cf. Mal 3,1.23; Mc 9,11-13); por eso obra con el espíritu y el poder de Elías, viste como él (Mc 1,6; Cf. 2Re 1,8) y, como él, sirve tan sólo a YHWH (Elías significa: “mi Dios es YHWH). De este modo queda sobrentendido que, en Jesús, es Dios mismo el que viene definitivamente a su pueblo.

    Pero, ¿cómo estar preparados para la venida del Mesías? Juan afirma que son necesarias cuatro cosas: convertirse, confesar los pecados, ser bautizados y recibir la remisión de los pecados. La base de la preparación es la conversión y la finalidad es la reconciliación con Dios. La conversión conlleva poner a Dios en el centro de la propia existencia, orientando hacia Él todos los deseos, pensamientos, proyectos y esperanzas. Convertirse significa volver el rostro hacia Dios para mirarle de frente, cara a cara, buscando su voluntad y poniéndola por obra.

    Ahora bien, aquel que ante la venida del Señor entra en el camino de la conversión se dará muy pronto cuenta de su indignidad, de sus faltas y pecados, de su necesidad de ser purificado y perdonado, de ahí que la conversión encuentre su expresión en la sincera confesión de los pecados y dejándose bautizar. Considerando esta disposición de espíritu y de vida, el bautismo de Juan subrayaba la voluntad de conversión y la entrega confiada y sincera a Dios de aquellos que se acercaban a bautizarse, con el fin de estar bien dispuestos para recibir, en “Aquel que viene”, el perdón de sus pecados.

    Pero ¿quién es “Aquel que viene”? Es evidente por el contexto que esta expresión se refiere a Jesús. Pero dado que Juan, al igual que Elías, sólo sirve a Dios, Jesús no puede ser sino Dios-con-nosotros. Y así lo proclama Juan en su predicación. Para él, Jesús es el más potente o fuerte, un título que en el AT se aplicaba principalmente a Dios, cuyas obras, potentes, eficaces y permanentes, se diferencian claramente de las caducas y contingentes realizadas por el hombre.

Juan confiesa además que “Aquel que viene” le supera en dignidad y estado, hasta el punto de considerarse indigno de “desatarle la correa de las sandalias” (Mc 1,7). Ese gesto no lo realizaban los hombres libres sino los esclavos, de ahí que los reyes, príncipes y señores vencidos en la guerra mostrasen su dependencia y sometimiento al rey vencedor “desatándole las sandalias”. Esto quiere decir que Juan está reconociendo implícitamente en Jesús la realeza misma de Dios y considerando como el Señor y el Rey de la historia.

    “Aquel que viene” también supera a Juan en el obrar. El agua del Jordán utilizado por Juan para bautizar tan sólo tenía un valor simbólico y no podía perdonar los pecados y purificar a las personas. Pero “Aquel que viene” detrás de él tiene a su disposición la misma vida divina, el Espíritu Santo: «Yo os he bautizado con agua, pero Él [= Jesús] os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,8). Es decir, Jesús es capaz de introducir al hombre en la comunión con Dios, que es, precisamente, la finalidad de la confesión y de la remisión de los pecados. Ésta es, por tanto, la Buena Noticia que tiene que consolarnos y llenarnos de la más profunda y auténtica alegría, e impulsarnos a salir de todos los vericuetos en los que estamos extraviados: “Aquel que viene” nos otorga el admirable tesoro de la participación plena en la vida de Dios.

    Sin duda que todo esto que transmite la palabra de Dios tiene gran importancia para todos aquellos que estamos esperando la venida gloriosa de Jesús, cuya presencia en el seno de la Iglesia gustamos y experimentamos por medio de la fe. Pero esta espera la vivimos contracorriente, ya que la cultura neopagana que nos circunda tiende a sumergirnos fácilmente en la corriente masificada imperante, dentro de la cual sólo existen verdades a medias o relativas y falsedades fuertemente arraigadas que no permiten distinguir lo moral de lo inmoral, lo justo de lo injusto, lo verdadero de lo falso. Esta cultura, que debilita las voluntades e incapacita a las personas para asumir responsabilidades o compromisos que les empeñen de por vida, conduce por senderos que, aunque lleven a la muerte “existencial”, fascinan por la gratificación momentánea e inmediata que ofrecen, y por la bien orquestada motivación que les anuncia y que podríamos sintetizar en el eslogan: ¡Sientes placer luego existes!

    Este ambiente dominante introduce en un desierto que difiere mucho de aquel en el que se encontraba Juan predicando el bautismo de conversión. El desierto de Juan, caracterizado por la austeridad y la espera en la providencia divina (“alimentándose de langostas y miel silvestre”), era el lugar que hacía posible la intimidad con Dios y la renovación de la alianza porque en él resonaba la llamada a “enderezar los caminos del Señor”. Una llamada que reclamaba, como reclama hoy, la conversión, porque los caminos del Señor no se limitan ni ajustan a nuestros proyectos, ideas y obras. Esta llamada es la que ahora, en nuestro entorno, pide que el marido y la mujer trabajen a favor de su matrimonio y de la familia; la que requiere que el joven abandone la superficialidad de su vivir y trabaje por la rectitud, la integridad y la honestidad de la vida; la que anuncia a todos que ahora es el momento propicio para entrar a formar parte de la historia de la salvación en la que Dios nos convierte, transforma y salva.

    Se trata, por tanto, del anuncio de la Buena Noticia, y no, como se piensa paganamente, de una amenaza que atenaza el alma o de una propuesta que amarga la vida. Y esta Buena Noticia, este Evangelio, nos dice que el Señor se acerca amorosamente para curarnos y transformar nuestras relaciones enfermizas marcadas por el dominio y el egoísmo; que viene para ayudarnos a vencer nuestros miedos más profundos y para arrancarnos de esa lucha angustiosa en la que vivimos cada día para procurarnos fatigosa y erróneamente, por nuestra cuenta y con nuestras únicas fuerzas, ese dinero y ese placer que, desatinadamente, consideramos absolutamente necesario para vivir felices; y que viene, en definitiva, para introducirnos en su descanso de paz y de dicha plenas.

    La conversión, la confesión de los pecados y el sumergirnos a través de un discipulado fiel en “Aquel que viene” a salvarnos, es el modo como hoy la liturgia de la Palabra nos enseña y exhorta a vivir y a estar preparados esperando el retorno del Señor, sabiendo que Jesús, “Aquel que viene”, ya se nos entrega en la Eucaristía y nos da a gustar la verdadera felicidad que anhelamos, esto es, la unión con Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en el perdón de los pecados.

 

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