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7 diciembre, 2018 / Carmelitas
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Gn 3,9-15.20

Sl 97(98),1-4

Lc 1,26-38

Ef 1,3-6.11-12

La primera lectura narra el pecado que se vincula a la humanidad desde su mismo origen. Muestra, por una parte, que, desde el principio, el hombre, engañado por “la serpiente”, usó su libertad para buscar la vida al margen de Dios; por otra parte, ya anuncia la victoria de la descendencia de la mujer, de la “nueva Eva” que es María, cuya libertad no se sometió al engaño del diablo, sino que se entregó en todo momento y circunstancia, desde su mismo ser, a cumplir la voluntad de Dios.

Era la hora de la brisa vespertina, el momento en el que el día declina y la noche se acerca, cuando Dios pasea por el jardín y busca al hombre para saber cómo se encuentra y dónde se encuentra: “¿Dónde estás?” (Gn 3,9). Esta llamada de Dios, que resuena en lo profundo de la conciencia humana después de haber pecado, ilumina ahora su desobediencia y lejos de sentirla como una invitación a entablar diálogo con su Creador, le emplaza, “en el umbral de la noche” que es símbolo de la muerte, ante el juicio divino.

La narración sigue un esquema procesal: una instrucción (Gn 3,9-10), un interrogatorio (Gn 3,11-13), una sentencia (Gn 3,14-19) y una ejecución (Gn 3,20-24). Es así como se explica y revela la realidad de un mundo “desarmonizado” por el pecado. Las tensiones, hostilidades, penas, fatigas que atraviesan la historia no provienen del querer de Dios, ni retornan a la misma creación, sino que son la consecuencia de la elección perversa del hombre que quiso substituir la moral divina con su propia moral, estableciendo por sí mismo qué es lo bueno y qué lo malo. Pero la pregunta de Dios y el interrogatorio desvelan al hombre su delito y su “desnudez”.

La primera sentencia (Gn 3,14-15) se dirige a la serpiente tentadora. Ésta, condenada a moverse sobre su vientre, es humillada (sobre el humus de la tierra): el ídolo reducido a polvo. El pecado avergüenza, arrastra sobre el fango, humilla la dignidad humana. El pecador piensa elevarse sobre el cielo, pero se ve aherrojado en el fango de su miseria. El hombre, llamado a la unión con Dios, se encuentra de este modo traumatizado y destrozado en lo profundo de su ser.

Esta maldición de la serpiente se expresa, al mismo tiempo, en una lucha frontal entre los pecadores (simiente de la serpiente) y la descendencia justa de la mujer (Gn 3,15). Del pecado fluye una tensión y lucha permanente entre el bien y el mal que atraviesa toda la historia. La lectura tradicional ha entendido el sentido del pronombre personal (“ella”) de modo personal, en vez de referido a la descendencia de modo genérico, y lo ha referido a una persona: el Mesías, con quien la lucha del mal recibirá un cambio decisivo y radical.

La tradición cristiana ha visto en dicho pronombre una alusión a María, la madre del Mesías, a quien representa a menudo “aplastando” con sus pies a la serpiente. La victoria es de la mujer y de su hijo (Ap 12,4), es decir, de la Iglesia y de Jesucristo. El texto del Génesis es un “protoevangelio”, un anuncio de esperanza. La figura de María Inmaculada es la realidad de aquella esperanza, el signo del comienzo de la salvación, del irrumpir del alba del Día sin ocaso.

Con el Mesías, el hijo de la mujer, el mal será definitivamente derrotado. Pero el “dragón será arrojado a la tierra” (Ap 12,9). En Cristo, que es el bien, la pureza, la justicia por excelencia, y en María, a quien Dios ha liberado de cualquier mancha de pecado y de caer en la tentación de la serpiente, resplandece el triunfo de la lucha entre el bien y el mal. Y Dios espera que la humanidad pecadora se libere de la seducción de la serpiente y, purificada del pecado, sea “inmaculada” como Cristo y María. Por este motivo su Hijo se ha encarnado, para salvar al mundo del pecado e introducirlo en su Luz maravillosa.

Pablo, en su carta a los Efesios, afirma que Dios “nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados ante Él por el amor». El ser humano está, por tanto, destinado por voluntad de Dios a ser “santo e inmaculado” a través de la obra salvífica realizada en Jesucristo. María lo ha sido desde el inicio de su existencia, pero no por méritos propios sino por la gracia de Dios en atención a los méritos de su Hijo de quien estaba destinada a ser madre según la carne. Nosotros entramos ya a participar de la santidad y pureza a través del bautismo, acogiendo el amor misericordioso del Señor y respondiendo en nuestra vida con la misma caridad.

María, “llenada de gracia” por Dios en toda la realidad de su ser, es un modelo paradigmático para todos. Nosotros tenemos muchas partes de nuestra vida en las que el mal se ha asentado y hemos abandonado a Dios, la fuente de la vida, y estamos gustando la oscuridad y la muerte que le acompaña. Pero la gracia, infundida en nosotros a través de nuestro Señor Jesucristo, puede reconquistar estos espacios para que seamos “santos e inmaculados” en su amor. Dios hace todas las cosas nuevas y así lo hará con aquellos que se acogen a Él.

María, la pura e inocente por excelencia, nos muestra, en cuanto criatura, la meta que todos estamos llamados a alcanzar. Y ella, nuestra madre y hermana, no deja de interceder por nosotros para que un día estemos en el Cielo unidos a ella para alabanza de la gloria de Dios.

 

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