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Rincón carmelita

5 noviembre, 2020 / Carmelitas
La Beata Francisca d’Amboise y el inicio de la monjas carmelitas

Parece innegable que si pedimos el nombre de una monja carmelita, la respuesta de muchos será Teresa de Ávila. Quizás alguno dijera Teresita del Niño Jesús, u otro conocedor del Carmelo pensara en María Magdalena de Pazzi. Sin duda, todas ellas y otras muchas son santas extraordinarias del Carmelo. Pero, si la historia del Carmelo empieza con un puñado de hermanos en Tierra Santa, ¿cuándo y dónde aparece en escena el Carmelo femenino para que después puedan surgir esas brillantes figuras?

Curiosamente, hay una beata del s. XVI, cuya memoria litúrgica celebramos hoy, mucho menos conocida, con la que se origina el Carmelo femenino en Nantes (Francia) por el encuentro de una mujer de la nobleza -la duquesa Françoise (Francisca) d’Amboise- y el beato Juan Soreth.

La Beata Francisca d’Amboise, carmelita -duquesa de Bretaña en el siglo- nació en plena Guerra de los Cien Años, en el castillo de Thouars el 9 de mayo de 1427, Françoise, hija del muy rico señor Louis d’Amboise y Marie de Rieux, se encontró muy pronto confrontada con la violencia de los grandes y desde sus primeros días, debió huir con su madre a la corte de Bretaña. Vivió primero en Vannes, luego en Nantes.

Criada en la piedad, la fuerza y ​​la dulzura, Françoise tuvo que casarse a la edad de 15 años, por razones políticas, con el segundo hijo del duque, Pierre. Se ganó corazones con su entusiasmo y alegría, y ¡qué paciencia, también, su tacto hacia su esposo con cualidades humanas… menos obvias! Sin embargo, éste último, tras la inesperada muerte de su hermano, fue llamado a gobernar Bretaña en 1450.

 

Franisca, la “buena duquesa”, como la llamaron después de su coronación, tomó un papel discreto, pero activo, en el gobierno. Se la alabó por su agudo sentido de la justicia, su cercanía a los pequeños, a los pobres, a los enfermos.

El duque Pedro II murió a consecuencia de la enfermedad de esos años (1457). Viuda, sin hijos, Françoise piensa en la vida religiosa, ¿por qué no con las Clarisas que acaba de invitar a establecerse en Nantes?

El encuentro con Juan Soreth, prior general de los Carmelitas, que vino a visitar los conventos de Bretaña, es decisivo en su elección: es, en Bondon, en Vannes, donde Dios la espera… Cerca del convento de los Frailes Carmelitas, fundado en 1427, hizo construir una casa para alojar a 9 monjas que llegaron de Lieja (Flandes) el 2 de noviembre de 1463: he ahí el primer Carmelo femenino en Francia, bajo el nombre de “Trois-Marie”, dedicado a las tres santas mujeres del Evangelio:  María Magdalena, María de Cleofás, y Salomé.

Tras haber resuelto asuntos difíciles y frustrado las intrigas de Luis XI, su primo, que quiere volver a casarse con ella, Françoise finalmente puede cruzar la puerta del pequeño monasterio.

A sus 40 años, el 25 de marzo de 1468, recibe el hábito del Carmelo y, un año después, abraza el compromiso de la profesión religiosa. Elegida priora de su comunidad de Vannes, que poco después (1477) se trasladó a los “Couëts” de Nantes, la Madre Françoise ejerce su oficio con dulzura, firmeza, pero también humildad y dedicación. Habiendo querido hacerse cargo sola del cuidado de una hermana que se sabía padecía la peste, murió el 4 de noviembre de 1485, víctima de su caridad.

Sigue, a continuación, el precioso extracto de sus exhortaciones a las monjas que se nos propone hoy en el oficio de lecturas:

Es del máximo interés el soportar con toda paciencia cualesquiera molestias y todo contratiempo que acongoja nuestro espíritu, teniendo muy presente que forman nuestra cruz. Ayudad al Señor y llevad con él la cruz, de buen grado, con ánimo alegre, porque la cruz tenéis que llevarla siempre; y, si rehusáis alguna, en su lugar hallaréis otra más pesada. Puesta en Dios nuestra confianza y esperando su ayuda, no nos entretengamos con los halagos de los vicios. No hay que acobardarse ni detenerse jamás, sino que ininterrumpidamente hay que estar cobrando ánimos. Haced memoria de las aflicciones y de las grandes tentaciones que nuestros santos padres pasaron en el desierto. Lo que en su espíritu experimentaron fue para ellos mucho más grave que las penitencias y austeridades que impusieron a sus cuerpos. El que nunca es tentado ninguna virtud conseguirá. Someteos, pues, al divino beneplácito, ya que Dios nunca permite que seamos afligidos como no sea para nuestra salvación. Dice el evangelista: Quien quiera venir en pos de mí empiece por negarse a sí mismo; que quiere decir, olvidarse de sí mismo, no darse importancia a sí mismo, despreciarse a sí mismo, y desear ser despreciado por los demás.

El Señor manda que tomemos nuestra cruz y que le sigamos, esto es, que suframos los padecimientos y las fatigas de nuestro cuerpo por amor a él, de la misma manera que él lo sufrió todo por amor a nosotros. Cuando los judíos descargaron la cruz de los hombros del Señor por miedo de que, desfallecido por los azotes y los tormentos, expirase antes de llegar al lugar donde tenía que ser crucificado, y se le cargaron a Simón, este la tomó de muy mala gana; y, aunque la llevó, de ninguna manera murió en ella como murió nuestro Señor, que libremente y por su propia voluntad la llevó y en ella expiró, entregando el alma a Dios su Padre: imitadle a él siguiendo su ejemplo.

Tenéis vuestra cruz en las aflicciones, llevadla de buen grado hasta el fin y morid en ella entregando a Dios vuestra alma. Alabad a Dios y dadle gracias porque os ha llamado a su servicio. No despreciéis a nadie, ya que es voluntad de Dios que améis al prójimo como a vosotras mismas y a todas las hermanas, aun a las que os  injurian o lo desean. Amad, sobre todo, dentro de vosotras mismas y poned sumo empeño en refrenar los desordenados movimientos de ánimo. Poned hoy algún remedio, mañana otro, y, de esta suerte, poco a poco venceréis y triunfaréis de todas las tentaciones; y, cuando el Señor vea vuestra buena voluntad y vuestra perseverancia, os dará su gracia y su ayuda para que llevéis las cargas de la vida religiosa hasta el fin y, por su amor, nada os resultará difícil de tolerar.

Oración. Oh Dios, que has llamado a la beata Francisca para que buscase tu reino sobre todas las cosas en tu servicio y en el de la Virgen María; concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos con espíritu de alegría en el camino del amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

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