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Luz en mi Camino

19 febrero, 2024 / Carmelitas
Luz en mi camino. 2º Domingo de Cuaresma (B)

Gn 22,1-2.9-13.15-18

Sl 115(116),10.15.16-17.18-19

Rm 8,31b-34

Mc 9,2-10

    El domingo pasado, Jesús, tras salir victorioso en su lucha contra las tentaciones satánicas, irrumpía en la escena pública anunciando la proximidad del Reino de Dios y llamando a la conversión y a la fe. Esta conversión y fe acaecen verdaderamente cuando una persona escucha la Buena Noticia, acoge con un corazón sincero la palabra de Jesús y sale de sí misma para seguirle fielmente, con el deseo de conocerle cada vez más profunda e íntimamente y llegar a alcanzar una total comunión de vida con Él, en cuanto le reconoce como la Vida misma de Dios encarnada. El evangelio de la Transfiguración que hoy se proclama, desvela precisamente quién es Jesús y qué tenemos que hacer en relación con Él.

    Aquello que sucede en la montaña alta muestra, en primer lugar, que Jesús pertenece al ámbito divino. La montaña elevada tiene, de hecho, un significado teológico, como lugar donde Dios está más cercano y se manifiesta a sus elegidos (Cf. Ex 24,13). También el pasivo original “fue transfigurado” (en vez de: “se transfiguró”) enfatiza que es Dios-Padre el que transforma el estado de Jesús y revela la divinidad que se esconde en su humanidad. Asimismo el cambio de aspecto de sus vestidos, que se vuelven radiantes de blancura, pone de relieve esa cercanía y presencia de Dios, pues el blanco es el color característico de las ropas que visten sus mensajeros y de aquellos que están en su presencia y se vinculan, tras la Pascua, al ámbito del Resucitado (Mc 16,5; Cf. Dn 7,9; Mt 28,3; Ap 4,4).

    La aparición de Elías y de Moisés, ya muertos hace tiempo para los hombres e inaccesibles por ello a los ojos humanos, pero vivos para Dios, que es capaz de hacerles visibles porque es el Señor de la muerte y del tiempo, confirma esta entrada en el ámbito divino acontecida en la montaña. Ambos personajes están relacionados con la revelación de YHWH en el monte Sinaí/Horeb (Ex 19–40; 1Re 19,1-18). Moisés fue el receptor e intermediario de la Ley, es decir, aquel que transmitió la voluntad de Dios expresada en las Diez palabras. Elías, en su función profética, fue enviado para reconducir a Israel a la verdadera Alianza con YHWH, y el pueblo continuaba esperando su retorno en los últimos tiempos para que le enseñara a prepararse adecuadamente para recibir al Mesías (Cf. Mal 3,22-34; también: Mc 9,10-13). En estos dos personajes se condensa y expresa, por tanto, el interés histórico que Dios ha tenido por su pueblo y por toda la humanidad. Y el Señor desvela ahora, sobre la montaña, que su solicitud y cuidado hacia el ser humano no sólo continúan intactos, sino que confluyen y alcanzan su clímax en su Hijo. Toda esta contextualización es fundamental para poder comprender y valorar justamente la persona de Jesús, en quien se cumplen todas las promesas y esperanzas divinas transmitidas por Moisés y Elías.

    El miedo que embarga a los discípulos subraya la realidad trascendental en la que los tres discípulos se han visto involucrados y que les sobrepasa (Mc 9,6; Cf. Mc 16,5.8). Pedro aparece como portavoz de los otros dos, pero sus palabras son de algún modo un desatino puesto que, como comenta el evangelista, «no sabía lo que decía» (Mc 9,6). Y esto por dos razones: por un lado, porque no es razonable proponer construir tiendas terrenas para seres celestes; y, por otro lado, como revelará inmediatamente el Padre, es erróneo poner al mismo nivel o equiparar la persona de Jesús con aquella de Elías y de Moisés.

    La pregunta sobre la identidad de Jesús ya ha aparecido precedentemente en el evangelio en diversos lugares. Surgió, por ejemplo, cuando acalló el ímpetu del mar y del viento (Mc 4,41), también después de la segunda multiplicación de los panes y, un poco antes de la Transfiguración, en las cercanías de Cesarea, donde Pedro le confesó como el Cristo (Mc 8,29). Después de esto, Jesús había anunciado que su destino, de pasión y muerte, era el camino de la vida (Mc 8,31), y Pedro había reaccionado oponiéndose al mismo (Mc 8,32). Ahora, en la montaña, la voz del Padre, procedente de la nube (Cf. Ex 19,9.16; 24,16), desvela la identidad de Jesús y su relación con Él (“Éste es mi Hijo”) y confirma que su deseo de amar a los hombres hasta entregar su vida por ellos se conforma plenamente a su voluntad (“mi Predilecto”), por lo que enseña a los discípulos cómo tienen que actuar en relación con Jesús: «¡Escuchadle!» (Mc 9,7).

    Esta orden del Padre significa que los discípulos (y, como ellos, todos los creyentes) tienen que aceptar sin reservas ni condiciones todo aquello que proviene de Jesús, les guste o no, porque todo ello procede de la unión íntima y sin fisuras que vive con Dios-Padre y expresa, por tanto, la voluntad divina. Por consiguiente, los discípulos en vez de discutir o evaluar según sus propias capacidades humanas aquello que Jesús diga o haga, lo que tienen que hacer es escucharle, aceptar sus palabras y acciones, meditarlas, comprenderlas y, en esa misma medida, ponerlas por obra. Sólo así, acogiendo a Jesús, aprenderán y realizarán aquello que agrada a Dios-Padre.

    En Jesús, Dios se ha acercado a la humanidad, y cuando nos pide que “escuchemos” a su Hijo, nos está diciendo: “convertíos y creed en Él” como el Camino que os introduce en mi Reino de amor eterno (Cf. Mc 1,15). Así es y así lo muestra el evangelio de Marcos: seguir a Jesús es el modo de convertirse, de creer y, por tanto, de escucharle verdaderamente y de entrar en el Reino de Dios. Dicho de otro modo: unirse a Jesús es el único modo de llegar a ser plenamente hombres, por lo que seguirle es lo más sensato que uno puede hacer. De hecho, ya no es “la ley de YHWH” sino Jesús, la Palabra de Dios encarnada, la que hace verdaderamente sabio al simple y al necio (Cf. Sl 19,8).

    Si Isaac es figura de Jesús, el antitipo, de modo semejante podemos decir que Abraham es tipo de Dios-Padre, quien sacrifica también a su Hijo único. Para el pensamiento semita, el sacrificio era un acto muy positivo porque unía al oferente con Dios. Isaac acepta ser sacrificado porque se sabe elegido por Dios para ello y está convencido de que de ese modo Dios le acercará junto a Él; y Abraham, que al entregar a su hijo ofrece a YHWH lo más amado y precioso de su vida, sabe igualmente que Dios le unirá mucho más profunda e íntimamente a Él. Pero este tipo veterotestamentario empalidece ante la realidad materializada y consumada por Dios-Padre y su Hijo Jesucristo, pues «Dios — como dice Pablo — no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros» (Rm 8,32). En este caso, el sacrificio se lleva a cabo hasta el final, para introducir la humanidad, que el Hijo ha asumido, en el seno del Padre y unir a todos los hombres que “escuchan” esta Buena Noticia con Él.

    Por tanto, en el camino hacia la Pascua, la Iglesia nos exhorta este domingo a valorar adecuadamente el seguimiento de Jesús, siendo conscientes de quién es Aquel al que seguimos y, por consiguiente, Aquel a quien tenemos que escuchar y obedecer, y en quien se funda nuestra conversión y fe. Así pues, a lo largo del camino cuaresmal, camino existencial del creyente, es necesario que, por medio de la escucha de la Palabra, de la oración y de las obras de misericordia, abramos nuestra vida y mente para ir conociendo la persona de Jesús y el amor extremo con que, como dice Pablo, nos ha amado para liberarnos del pecado y de la muerte (Cf. Rm 8,31-34.37) y, de ese modo, hacernos capaces de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

 

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