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Luz en mi Camino

12 febrero, 2024 / Carmelitas
Luz en mi camino. 1º Domingo de Cuaresma (B)

Gn 9,8-15

Sl 24(25),4-9

1Pe 3,18-22

Mc 1,12-15

    La Iglesia nos recuerda este primer domingo de Cuaresma que Dios está realizando una “nueva” creación en el ser humano por medio del agua, de la Palabra y del Espíritu. Ya la primera lectura describe la alianza que YHWH establece con Noé, que es imagen de la “nueva humanidad” que emerge del diluvio después de que la soberbia y la violencia humanas han desaparecido bajo las aguas, como signo del justo juicio divino. El “arco iris” aparece entonces en el firmamento como símbolo de que Dios ha puesto un límite a su ira en la nueva tierra surgida de las aguas y de que renueva en su eterna misericordia la armonía entre la naturaleza y el hombre, entre el Creador y su criatura.

    Este símbolo veterotestamentario languidece ante la realidad que es Jesucristo. Dios se acerca en su Hijo a la humanidad para unir íntimamente a cada hombre con Él y darle así, en su amor extremo, su forma final, tras hacerle emerger de la debilidad, del pecado, de la desesperación y de la muerte en que se encuentra, puesto que, como dice Pedro, «Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios» (1Pe 3,18). A través del bautismo, Dios recrea al hombre en Jesucristo, impetrando en él una conciencia pura y santa que le une a Él con lazos de amor filial. Por eso la Cuaresma es tiempo de salvación que nos ayuda a tomar conciencia de que estamos inmersos en nuestra recreación y de que Dios reclama nuestra participación y entrega personal, íntima y total, a su amor de Padre.

    Nuestra recreación no es un pegote que se nos impone desde fuera, sino que se trata de llevar a plenitud aquello que el ser humano está llamado a ser desde su origen, esto es, “imagen y semejanza” de Dios. En este sentido, el tiempo de Cuaresma se caracteriza por ser una invitación y, al mismo tiempo, una exhortación a desear ser auténticos hombres y mujeres en Dios, a anhelar crecer en nuestra verdadera humanidad mientras caminamos hacia la plena comunión con Dios y con el prójimo siguiendo a Cristo en la fe.

    La lectura del evangelio deja entrever esta Buena Noticia de que hablamos. Después de haber sido bautizado y de haber experimentado la revelación de su filiación divina, Jesús es empujado por el Espíritu, que reposa en Él, al desierto, lejos de la gente (Mc 1,12). Se trata de un lugar privilegiado para encontrarse con Dios (Cf. Os 2,16-17), pero también de una morada preferida por los demonios. Jesús, que está unido al Padre sin fisuras ni barreras, afronta allí, en cuanto Hijo de Dios e Hijo del hombre, la tentación en su misma raíz. Durante cuarenta días permanece en el desierto aceptando la prueba como voluntad divina, sin pedir el privilegio de verse librado de ella, ni huyendo de Satanás, sino enfrentándose a él con la única arma que es capaz de vencerlo: su total confianza en el Padre que tanto le ama (Cf. Mc 1,11: “Tú eres mi Hijo amado”).

    Como sabemos, la cifra de “cuarenta días/años” asume en las Escrituras un valor simbólico que hace referencia a un tiempo limitado de prueba que está orientado hacia la salvación. Así aconteció en el diluvio (Gn 7,4), también con Moisés en el Sinaí cuando subió para recibir de Dios las Diez Palabras (Ex 24,18), con Elías en su camino hacia el Horeb (1Re 19,8) y con Israel cuando atravesó el desierto hacia la Tierra Prometida (Dt 8,2). Este tiempo de prueba y de sufrimiento que Dios ha fijado, marca para Jesús el inicio de su camino hacia la cruz y desvela, también desde ahora, que la tentación y el sufrimiento forman parte de la vida humana y tienen también en ella fijado su tiempo (Cf. Qo 3,1-8). Sólo la vida que Jesús anuncia a continuación como Buena Noticia es definitiva, porque, enraizada en Dios, tiene en sí misma el germen que hace crecer al creyente en la perenne novedad del amor y de la alegría divina.

    Jesús aparece en este breve evangelio marcano como el nuevo Adán, el Hombre nuevo, la “imagen y semejanza” de Dios que procede de su mismo seno y establece la paz paradisíaca en la tierra (Cf. Is 11,1-9). En Jesús encuentra su armonía toda la creación: las fieras y los ángeles, lo que el hombre no domina y lo que sirve a Dios, las realidades visibles y las invisibles. Jesús manifiesta que Dios está a favor del hombre y que abre en la Persona del Hijo un camino de vida en el desierto de la existencia humana. Sí, Jesús es el Camino que conduce al ser humano a la comunión con Dios y con la creación, capacitando en su amor divino al creyente para que pueda afrontar y usar la soledad, el dolor, la tentación, las divisiones, las enfermedades, las angustias y la muerte para alcanzar dicho fin y no para separarse de él (Cf. Rm 8,28-39).

    La Buena Noticia, que procede y habla de Dios (Mc 1,14), no es un añadido que Jesús nos impone, sino la Palabra que en el principio nos creó y que ahora, en la plenitud de los tiempos, nos recrea definitivamente, si bien, en estos tiempos que corren, a casi nadie le gustan las exhortaciones y prescripciones. Se piensa que éstas coartan y destruyen la libertad. Sin embargo, las primeras palabras de Jesús, palabras que buscan “recrearnos”, son la exhortación fundamental e irrenunciable que la persona humana tiene que acoger para caminar hacia su plenitud y felicidad. En esta exhortación, Jesús nos pide dos actitudes existenciales y continuas que se reclaman entre sí: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). El imperativo “convertíos” tampoco demanda algo “extraño” al hombre, sino que le pide que obre como aquel que ha sido creado a la imagen y semejanza de Dios, dejando, por una parte, de fiarse idolátricamente de sus impulsos instintivos y de las impresiones inmediatas que proceden de las criaturas, y reconociéndose, por otra parte, vulnerable, débil, mortal y dependiente de Dios. Por eso el segundo imperativo, “creed”, pide que se confíe totalmente en la bondad, omnipotencia y providencia divina.

    Es oportuno, por tanto, que hoy, al iniciar la Cuaresma, resuene de nuevo en nuestros oídos la invitación de Jesús a “convertirnos y a creer sobre el fundamento del Evangelio de Dios”. Esta conversión y fe tienen que ser vividas en el discipulado, siguiendo a Jesús como el Maestro y el Señor que nos introduce en el Reino de Dios y nos hace capaces de que, en su mismo Espíritu, lleguemos a expresar y a vivir en nuestros pensamientos, deseos, palabras y obras, la “imagen y semejanza de Dios” a la que hemos sido creados.

    Por consiguiente, seguir a Jesús, acoger sus palabras e imitar sus obras, no es hacer nada “extra”, sino aquello que tenemos que obrar para llegar a ser plenamente aquello que estamos llamados a ser en Él. Jesús no es, en definitiva, un “añadido” a nuestra vida, sino la revelación del misterio de Dios para la humanidad (y para toda la creación), manifestado ahora en la plenitud de los tiempos (Cf. Ef 1,7-10). Por eso continuar viviendo angustiados, inmersos en la codicia, en la avaricia y el ansia, como mendigos y esclavos de las cosas, de los placeres, de la salud, de la fama y del poder, significa continuar viviendo en la vaciedad de uno mismo y contra uno mismo. Convertirse y creer en el evangelio siguiendo a Jesús, significa comenzar a vivir a favor de uno mismo; significa dejarse “recrear” y transformar por Dios en Cristo; significa crecer por obra y gracia del Espíritu Santo, en el tiempo limitado de estos “cuarenta días” de prueba y sufrimiento que es la vida sobre la tierra, hacia la verdadera plenitud de nuestro ser, aceptando ser consolados y modelados en conformidad con la voluntad y los deseos de Dios en los que hemos sido creados.

 

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