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Luz en mi Camino

5 febrero, 2022 / Carmelitas
Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Is 6,1-2a.3-8

Sl 137(138),1-2a.2bc-3.4-5.7c-8

Lc 5,1-11

1Cor 15,1-11

Las lecturas de este domingo no sólo subrayan que el ser humano se ve y se siente pequeño y frágil ante la imponente santidad de Dios, sino que también enseñan que la misericordia divina suscita en el corazón humano el santo temor de Dios, purificándolo y fortaleciéndolo para caminar hacia la unión con Él en el cumplimiento su santa voluntad.

La primera lectura narra la vocación del gran profeta Isaías, acaecida probablemente el año 739 a.C., tras la muerte del rey Ozías (Cf. Is 6,1). La extraordinaria e íntima experiencia espiritual que tuvo, cambió su vida para siempre e influyo decisivamente en la concepción y en el desarrollo sucesivo de la profecía. Fue en este momento cuando Isaías tomó conciencia de la inefable santidad de Dios y cuando sintió la profunda y genuina purificación que ésta producía en su propio ser. Intuyó y comprendió que Dios era el “totalmente Otro” porque su perfecta Santidad le distanciaba infinitamente del ser humano: Dios era el «¡Santo, Santo, Santo!» (Is 6,3). Mas la luz divina hizo que Isaías también descubriese que esta santidad se desplegaba, con omnipotente sabiduría y esplendor (= “gloria rebosante”), sobre todo el universo, el cual, como una hueste bien formada (= “ejércitos”), le rendía incesante pleitesía y adoración.

Ahora bien, esta penetrante mirada no dejó al profeta extasiado fuera de sí, sino que el resplandor de la gloria de Dios en la creación repercutió en lo más profundo de su alma y le permitió ver cómo era realmente él mismo. La “voz” de la santidad que gritaban los serafines — descritos como presencias angélicas que alaban incesantemente a Dios proclamando el ardiente amor divino del que se sienten colmadas —, resonó también en el corazón de Isaías y le hizo temblar al unísono con los umbrales de las puertas del Templo, apoderándose de él un gran temor junto con un doloroso sentimiento provocado por la visión de su propia impureza e indignidad: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros» (Is 6,5).

El canto celestial que alababa la santidad de Dios contrastaba con el lenguaje humano (= “los labios”), pues éste, cegado por las realidades terrenas y limitado a ellas (= “impuro”), desconoce la inefable pureza divina. E Isaías comprendió que la distancia existente entre la santidad divina y su precariedad, pobreza y pecaminosidad, era insalvable. Aunque había “visto al Señor” y se sentía atraído fuertemente por Él y su único deseo era unirse a Él, era consciente de que ni siquiera su “muerte” podía llevarle hasta Dios.

En efecto, Dios atrae, seduce, es deseado y anhelado por el ser humano, pero el hombre, como el pecado original evidencia, no puede alcanzar a Dios por sí mismo, y su intento, por más noble que pueda ser, concluye con la muerte, sin conseguir nada, porque Dios queda más allá de la misma vida y muerte terrenas. Tal y como percibió Isaías, la distancia entre Dios y el ser humano sólo puede ser acortada por la acción misma de Dios. Y el serafín manifiesta y explica, precisamente, esa acción misericordiosa de Dios que se acerca al hombre, en concreto a Isaías que la recibe participando en la liturgia del Templo, sintiéndose perdonado del pecado y de la culpa y purificado con el fuego (“santidad”) sin ser destruido: «Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: “Mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”» (Is 6,6-7). Fue así como Isaías quedó “constituido” profeta de Dios, capacitado para escuchar y soportar la santidad de su palabra, discernir su voluntad y aceptar anunciarla como “un verdadero serafín” humano: «Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?” Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,8).

También el salmista eleva su canto a Dios desde un corazón henchido de temor, como demuestra su “postración hacia el Templo santo” (Sl 137,2a), y de agradecimiento por su gran y eterna misericordia: “Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad… El Señor completará sus favores conmigo: ¡Señor, tu misericordia es eterna! No abandones la obra de tus manos” (Sl 137,2a-8).

El temor de Dios — uno de los dones del Espíritu Santo (Cf. Is 11,2) que, en muchos contextos, se identifica con “el amor a Dios” —, expresa la actitud y tendencia integral de la persona hacia Dios, a quien se adhiere con todo el ser mediante una obediencia veraz y perfecta a su voluntad porque reconoce su bondad y santidad absolutas. El que “teme a Dios” ha comprendido, por tanto, que no puede comparar a Dios con nada y que no hay mayor felicidad que servirle en todo momento y circunstancia para vivir siempre unido a Él. Por eso Isaías está dispuesto a obedecer al Señor y a cumplir su voluntad.

En el evangelio se vislumbra la santidad de Dios en la persona y obra de Jesús, al igual que se percibe el verdadero temor en la reacción de Simón-Pedro (y de sus compañeros). Al igual que en Isaías, también Jesús vincula a su santidad la misericordia y el perdón, que sanan y transforman el corazón humano y le capacitan para servir a Dios. Así es, la encarnación del Hijo de Dios ha acortado definitivamente la distancia que nos separaba de Dios. Jesucristo revela el ser trinitario de Dios y su unidad en el amor, desvelando, al mismo tiempo, que su Cuerpo es el “camino” por el que podemos “pasar” al Padre sin ser destruidos o consumidos para siempre por el fuego de su Santidad (Cf. 1Cor 3,13-15; Rm 7,24-25).

Ateniéndonos a la narración lucana, Simón-Pedro ya conocía a Jesús antes de ser llamado por Él al seguimiento, y se había sentido atraído y asombrado por la autoridad de su enseñanza y por su capacidad taumatúrgica, pues había sido testigo de la curación de un endemoniado y de la sanación de su suegra (Cf. Lc 4,33-39). Considerando este trasfondo, es comprensible que Simón cediese su barca a Jesús para que enseñase desde ella a la muchedumbre que se había reunido para escucharle. A buen seguro que el conocimiento que tenía de Jesús y “la palabra” (Lc 5,5) que acababa de escuchar y le había penetrado hasta el alma, fueron los que le condujeron a olvidarse de su cansancio (tras “haber estado bregando toda la noche”) y de su larga experiencia de pescador (que le aseguraba que aquel momento no era el adecuado para pescar), y a confiar totalmente en (la palabra de) Jesús, a quien reconocía no sólo como maestro: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada», sino también, al menos implícitamente como connota el término rēma (“palabra”), como profeta: «pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5). Por lo tanto, Simón, considerando todo lo que había escuchado y vivido previamente con Jesús, confió en “su palabra”, a la que consideró una auténtica promesa profética: «Rema mar adentro y echad las redes al mar» (Lc 5,4).

Ahora bien, la obediencia de Simón involucra a todos los que están con él, pues Jesús le ordena en singular: “rema mar adentro”, pero concluye diciendo en plural: “y echad las redes al mar”. Por otra parte, la promesa que Jesús dirige a Pedro al final del episodio, asegurándole que llegará a ser un “pescador de hombres vivos” (zōgrēō: “capturar o atrapar vivo”), ya queda incoada en su obediencia inicial, puesto que habiendo accedido a “remar mar adentro y a tirar las redes al mar”, no sólo se convierte él en discípulo de Jesús sino también aquellos que trabajaban con y para él. Dicho de otro modo, Santiago y Juan, son presentados implícitamente como los “primeros hombres pescados” por Pedro para Jesús.

Así pues, la redada tan abundante de peces lograda en un momento inadecuado para pescar y como consecuencia de la adhesión a la “palabra de Jesús”, señala el inicio definitivo de una “nueva” vida para Simón (y sus compañeros). Simón profundiza en el reconocimiento de Jesús, a quien ya no ve tan sólo como maestro (y profeta; Lc 5,4) sino también como “Señor” (Lc 5,8), es decir, como Alguien que goza de una proximidad con Dios tan fuera de lo común que marca una radical diferencia existencial y esencial con los demás. Por eso Simón (y en él los demás) se ve un impuro y un pecador frente a la pureza y santidad de Jesús, de la que sus mismas palabras son poseedoras y “mensajeras” eficaces.

El temor de Pedro es semejante a aquel que Isaías experimentó en el Templo al contemplar la santidad de Dios, sólo que ahora ya no es enviado un serafín a acercarle “simbólicamente” la misericordia purificadora de Dios, sino que es el mismo Señor quien le dice: “¡No temas!” (Lc 5,10), y quien, junto al perdón, le ofrece la posibilidad de la santificación y de la unión con Él y con Dios-Padre a través del discipulado. Y todavía más, pues Simón (y sus compañeros) son convertidos en instrumentos activos de esa misma santidad para los demás hombres, a quienes ganarán con el mismo amor de Dios recibido en Jesús: «Desde ahora serás (seréis) pescador (pescadores) de hombres».

También Pablo está movido por el temor de Dios cuando se reconoce indigno de ser llamado apóstol por haber sido un perseguidor encarnizado de la Iglesia (Cf. 1Cor 15,9) y cuando confiesa que sólo la misericordia de Dios, en su Hijo, le ha conducido a la fe en el Evangelio de la salvación. Y sólo porque vivía aferrado a Jesucristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, podía “consumirse” trabajando por difundir el Evangelio recibido de la tradición apostólica, del que también los corintios habían sido hechos partícipes gracias a su ministerio (Cf. 1Cor 15,1-11).

El “santo temor” es esencial, por tanto, en una relación sana y auténtica con Dios. Este “temor” ilumina y condena las falsas familiaridades que podemos tener con Dios. Cuando no se considera como conviene la grandeza infinita y omnipotente de Dios, se termina por no ver la propia miseria y fragilidad y por despreciar su misericordia de la que somos necesitados integrales. Como consecuencia de esa malsana relación con Dios, la persona no tardará en quedar encerrada en la “burbuja” del engaño que forman su propia soberbia y egoísmo. Sólo el santo temor conduce a la obediencia de Dios y, por tanto, a la humildad; y ambas, la obediencia y la humildad, son las llaves que penetran en el corazón de Cristo, donde el amor va uniendo íntimamente al creyente con el Padre de la misericordia.

Hoy, en la palabra de Dios y en la Eucaristía, se nos ofrece nuevamente la posibilidad de participar en la misma santidad divina y se nos invita a adherirnos a ella con todo nuestro ser. Acojamos pues, con santo temor y como verdaderos discípulos que son enviados a todas las gentes, la palabra de Jesús que nos dice: “¡No temáis! desde ahora seréis pescadores de hombres”, y dejémonos fecundar por la potencia y la santidad del Espíritu Santo, para poder vivir como hombres-espirituales que “pasan” de los estrechos límites humanos a la infinitud del amor de Dios.

 

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