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Luz en mi Camino

18 marzo, 2022 / Carmelitas
Tercer Domingo de Cuaresma

Ex 3,1-8a.13-15

Sl 102(103),1-2.3-4.6-7.8.11

Lc 13,1-9

1Cor 10,1-6.10-12

Las lecturas evangélicas de los dos primeros domingos de Cuaresma han presentado a Jesús como verdadero y fiel Hijo de Dios, victorioso sobre el Diablo en todas sus argucias (I-Cuaresma) y reconocido por el Padre como su Hijo amado en la Transfiguración (II-Cuaresma), en la que instaba a los discípulos a que le escucharan. El evangelio de este tercer domingo expone precisamente una enseñanza de Jesús que, en cuanto Hijo amado, debe ser escuchada sin excusa ni vacilación alguna. De ello depende la vida en su sentido más pleno, ya que, como Jesús mismo afirma: “si no nos convertimos, todos pereceremos del mismo modo” (Lc 13,3.5).

Esta exhortación, como ilustra la parábola de la higuera, es suscitada por la misericordia divina. Dios quiere y espera nuestra conversión, aunque también es cierto que el tiempo de gracia no durará siempre: «Déjala todavía este año… a ver si da fruto, si no la cortas» (Lc 13,8-9). La urgencia de la conversión se palpa en las palabras de Jesús y es así, con toda su fuerza, como debemos acogerlas si queremos hacer Pascua con Él.

Un poco antes del episodio que nos concierne, Jesús ha echado en cara a la gente su hipocresía por estar más interesada en el aspecto externo del firmamento, si lloverá o hará calor, que en discernir el profundo y santo significado del tiempo propicio que Dios les está ofreciendo (Cf. Lc 12,54-56). Pero este discernimiento exige la conversión: «Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo» (Lc 12,58-59). Algunos de los presentes reaccionaron ante esas palabras y contaron a Jesús un evento terrible acontecido probablemente en aquellos mismos días: “Pilato había matado a unos cuantos galileos — quizá por formar parte de una revuelta —, y había mezclado su sangre con aquella de sus sacrificios” (Lc 13,1).

La cuestión planteada detrás de esta tragedia es saber qué ha ocurrido con aquellos galileos que no habían tenido tiempo de “ponerse a bien con su adversario” (= Dios): ¿No será que, según la concepción retributiva, eran más pecadores que los demás y recibieron el castigo divino que merecían?

Lejos de verse sorprendido por estos hechos y por la relación entre culpa y desgracia que los interlocutores deban a entender, Jesús añade otro caso similar: aquel de la torre de Siloé que se desplomó y mató a dieciocho personas (Lc 13,4). Nosotros mismos podríamos añadir muchos más ejemplos considerando los cientos de calamidades, naturales o provocadas, que diariamente aparecen ante nuestros ojos a través de los medios de comunicación: terremotos, incendios, inundaciones, trenes que descarrilan y casas que se derrumban, continuos accidentes de coches, aviones que se estrellan, ataques terroristas, violencias familiares y, junto con todo esto, un número enorme de víctimas. Aquellos que todavía en nuestra sociedad tienen cierta creencia religiosa se preguntan por qué Dios lo permite o por qué no destruye a los asesinos; otros afirman que aquellos que murieron se lo merecían verdaderamente; y muchos ni se inmutan, lo ven desde lejos y esperan que a ellos, con más suerte, no les toque.

La respuesta de Jesús, sin embargo, atañe a todos, creyentes y “ateos”. Deja claro que seguimos juzgando los rasgos externos como si se tratase de determinar el tiempo atmosférico, y continuamos olvidándonos de la realidad profunda del ser humano. Y nuestra realidad es que estamos marcados por el pecado y esclavizados por el egoísmo, el cual nos conduce fácilmente a la soberbia de la vida y a vivir al margen de Dios, ignorándolo, rechazándolo o incluso negándolo. Por eso los que mueren en una desgracia no son más o menos pecadores que el resto que ha quedado con vida y que, al igual que ellos, también es vulnerable de que le ocurra una “desgracia” semejante. De hecho, ninguno de nosotros sabe si se encuentra en “la última semana” de su vida terrena, ni cómo será su conclusión.

Jesús nos enseña que el problema no es aquel de morir trágicamente o no, sino en cómo se muere. Por eso es necesario considerar seriamente cómo vivimos diariamente nuestra relación con Dios, tal y como queda latente en la doble llamada a la conversión: «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,3.5). La cuestión fundamental que todos tenemos que aprender no es, por tanto, aquella de la justicia humana que busca al culpable (o las causas del desastre) en el constructor que empleó malos materiales o en la compañía aérea que no había revisado el avión o en los celos del marido o en el alcohol que había bebido el conductor. Según Jesús, en tales eventos existe una enseñanza profunda que debe ser discernida y aprendida por todos, culpables o no, esto es: en toda tragedia e injusticia late para todos una llamada divina a la conversión, con el fin de que consideremos cómo vivimos y podamos morir reconciliados con Dios y con el prójimo, en vez de fallecer cargados con la culpa del pecado y sin ponernos a bien con el adversario, con Dios, ignorando que “no saldremos de la cárcel hasta que no hayamos pagado el último céntimo” (Lc 12,59).

Estas palabras de Jesús condenan la ética laicista actual que se encierra en un humanismo y relativismo absolutos, prescindiendo de Dios y remitiendo exclusivamente al ser humano. Una ética bien orquestada e impulsada por una “educación” sociocultural tolerante de todo, con la que se pretende ayudar a las personas a “convivir” en este mundo durante el breve periodo de su casual existencia. Pero Jesús enseña otra moral, ya que exhortando a la conversión afirma que todos hemos pecado y que nuestra relación con Dios y con el prójimo está herida de muerte; y afirma, con ello, que por nosotros mismos no podemos salir de dicha situación. Esta condición de pecado asume además dimensiones universales y penetra toda institución, proyecto y plan humanos. Se hace imprescindible, por consiguiente, escuchar las palabras de Jesús y convertirnos, sabiendo que esta actitud exige una respuesta personal intransferible.

En la conversión se perciben dos aspectos que deben ser comprendidos conjunta e inseparablemente. En primer lugar, la conversión reclama cambiar el modo de pensar. Es necesario aceptar que Jesús dice la verdad y que, en cuanto pecadores, también ayudamos a que el mal se extienda en el mundo. Esto supone que, trágica o serenamente, podemos morir en nuestro pecado y alejados de Dios y del prójimo. En segundo lugar, la conversión tiene implícita una promesa divina de salvación, según la cual Dios mismo garantiza que, en su amor misericordioso, transformará al pecador que se arrepiente y se acoge a Él en un santo y en hijo amado suyo. Esta promesa es primaria y suscita la conversión que conduce a consolidar en la propia existencia el deseo de volverse al Señor con todo el corazón para cumplir su voluntad, reconocida como portadora de la vida bienaventurada.

Jesús insiste en dicha conversión a través de la parábola de la higuera estéril (Lc 13,6-8). Dirigida en primer lugar para el pueblo judío, asume tras su resurrección una gran relevancia para nosotros. En ella se acentúa que estamos en un tiempo propicio (kairós) que no hay que dejar pasar vanamente, ya que no habrá otro. Por causa de nuestros pecados no damos frutos de vida (= higos) y merecemos ser cortados de raíz, pero Dios (= el Dueño de la viña y de la higuera), en su Hijo (= el viñador), nos ofrece el año de gracia de su perdón y misericordia (Cf. Lc 4,19). ¿De qué modo? Empleando imágenes agrícolas, Jesús nos dice que nos va a cavar y va a desbrozar todo aquello que cubre lo más precioso de nosotros que es el corazón. Éste tiene que quedar al descubierto y limpio para que pueda unirse plenamente a Dios. Tiene que llegar a ser una zarza ardiente inflamada por el Espíritu Santo (= estiércol) que se nos da a través de la Palabra del Evangelio y de los sacramentos, en particular, a través de la Eucaristía. Pero hay también una advertencia muy seria, puesto que si a ese cuidado amoroso y gratuito, uno no quiere adherirse con fe sincera, entonces quedará sin fruto, morirá en su pecado y será cortado definitivamente de la “viña”, es decir, del Pueblo Santo.

El tiempo de nuestra vida transcurrido hasta hoy está simbolizado, de algún modo, en los tres años — que en realidad son seis, pues según Lv 19,23, durante los tres primeros años no deben comerse los higos de una higuera recién plantada —, en los que el Señor nos ha visitado de una y mil maneras sin encontrar fruto alguno de auténtica conversión. Y ahora nos queda todavía un año, entendido simbólicamente como el tiempo que nos quede hasta morir. Y en ese “año” Dios se nos revela en su Hijo como amor extremo y nos ofrece su gracia y la posibilidad de reconciliarnos con Él.

Es posible, sin embargo, que, como nos recuerda San Pablo en la segunda lectura, nos acerquemos a Dios con doblez de corazón, con un corazón hipócrita que no le busca por “ser quien es”, sino para que nos resuelva nuestros problemas y satisfaga nuestros egoísmos. Hemos de recordar, por eso, la enseñanza que Dios nos ha transmitido a través de la historia de Israel. En ella se nos dice que aquellos a quienes sacó de Egipto con brazo extendido no le agradaron, prefirieron entregarse a la murmuración y fueron abandonados, por ello, en el desierto de sus concupiscencias, no llegando a conocer la Tierra Prometida. Todo esto acontecía en figura para que aprendiésemos ahora a no “codiciar el mal como lo hicieron ellos” (1Cor 10,6), puesto que nosotros ya estamos viviendo en el tiempo de la realidad. Cristo ya ha venido y a nosotros, por gracia, se nos ha dado a conocer que en Él, y sólo en Él, se nos da cumplida la salvación anunciada desde antiguo.

 

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