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Luz en mi Camino

25 enero, 2020 / Carmelitas
Tercer domingo del Tiempo Ordinario

Is 8,23b–9,3

Sl 26(25),1.4.13-14

Mt 4,12-23

1Cor 1,10-13.17

El evangelio de este domingo narra el inicio del ministerio público de Jesús (Mt 4,12-17) y el llamamiento de los cuatro primeros discípulos (Mt 4,18-22). Aquel Niño nacido de María por obra del Espíritu Santo, a quien José, por orden divina, puso el nombre de Jesús (– Emmanuel), y a quien los Magos adoraron como Mesías-Rey, comienza definitivamente su vida pública después de que Juan el Bautista “ha sido entregado” (Mt 4,12). El Precursor desaparece de la escena para dar paso al único Justo, a Aquel que justificará a todos “salvándolos de sus pecados” (Mt 1,21).

Ya desde su nacimiento (Mt 2,13.14.22), la vida de Jesús ha estado constantemente amenazada, y no será diverso en su ministerio público (Mt 12,15; 14,13). Entre nosotros se dice muchas veces que: “¡Hay que sufrir!”, y se soportan las situaciones dolorosas de modo fatalista, por puños o “porque no hay más remedio”, pero sin tomar conciencia de la propia responsabilidad, sin asumirla voluntariamente y sin realizarla en conformidad con la voluntad de Dios. Sin embargo Jesús — el Maestro y el Señor — no obra de esta manera, sino que, como muestra el evangelio, lejos de meterse en la boca del lobo y de soportar el sufrimiento porque sí, interpreta las situaciones externas y actúa teniéndolas seriamente en consideración. Comprende que su destino, como más adelante anunciará (Cf. Mt 17,22), va a ser semejante a aquel del Precursor (Cf. Mt 4, 12; 14,3-12), pero éste tendrá que llegar como culminación del cumplimiento de su misión, ¡de ningún otro modo! y ni antes ni después. Y en el llamado “discurso apostólico” (Mt 10), enseñará a sus discípulos a obrar como Él, no buscando el sufrimiento por sí mismo cuando sean perseguidos, ni entregándose a la muerte sin más, de manera derrotista y predeterminista, sino teniendo siempre en mente la continuación de la misión evangelizadora y abandonando la ciudad en la que son perseguidos para ir a proclamar a otro lugar, en el que sean bien recibidos, la Buena Noticia del Reino (Mt 10,23).

Si cuando todavía Jesús era un niño, su padre José tuvo que llevarle primero a Egipto huyendo de Herodes, y después a Nazaret (Mt 2,22-23) por miedo a Arquelao, del mismo modo ahora, estando ya preparado para afrontar su ministerio público pero sintiéndose amenazado, decide alejarse de Judea y retirarse a Galilea, que resultaba ser una región mucho más tranquila que Jerusalén. También decide Jesús abandonar el pequeño y aislado pueblo de Nazaret donde había vivido hasta ahora y poner su residencia y centro de actividad en la ciudad de Cafarnaúm. Ésta era una ciudad comercial situada en el territorio de Neftalí, próxima a la ribera septentrional del mar de Galilea y emplazada en la “vía del mar” que unía Damasco con Egipto; era, por consiguiente, un lugar de notable importancia estratégica, un puesto aduanero presidido por una guarnición militar que resultaba ideal para anunciar y extender desde allí la Buena Noticia del Reino.

Ahora bien, el evangelista siempre constata que, aunque las situaciones históricas externas influyen en el modo de actuar de Jesús, Dios está cumpliendo perfectamente sus promesas y proyecto salvífico, porque Jesús no obra sino en plena conformidad con la voluntad divina. De hecho, yendo a Galilea, se da cumplimiento, como afirma el evangelista, al oráculo divino transmitido por el profeta Isaías y proclamado hoy en la primera lectura: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido» (Mt 4,14-16; Cf. Is 8,23–9,1). Debido a que Galilea tenía una población mixta de judíos y gentiles y estaba muy influenciada por los territorios paganos que la circundaban, los judíos, es decir, los hebreos de la tribu de Judá que se concentraban en la provincia romana de Judea, no la tenían en gran estima y consideraban inadmisible que el Mesías se manifestase precisamente en esa región contaminada y situada al margen de la ortodoxia (Cf. Jn 7,40-52).

El profeta Isaías anunciaba, sin embargo, que el Mesías iba a brillar y a romper las tinieblas del pecado, de la infidelidad, de la miseria y de la infelicidad que atenazaban al pueblo que habitaba en Galilea. Mt afirma, además, que esta promesa se cumple con la aparición de Jesús en esta zona septentrional de Palestina. En y con Jesús, aparece la sorprendente luz del amor misericordioso de Dios hacia el hombre. El símbolo de la luz, presente en todas las religiones para aludir a la divinidad, señala ahora la presencia de Dios en medio de los hombres y como Hombre. Dios que es Luz se hace visible, sale de su “ocultamiento” y se dirige al hombre para darle, como dice el salmo, «su luz y su salvación» (Sl 26[27],1), es decir, su misma vida. La Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo es Jesús (Cf. Jn 8,12), y comienza a brillar en medio de las tinieblas a través de la predicación del mensaje evangélico, cuya síntesis — compuesta por una exhortación y un anuncio —, es esta: «¡Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cercano!» (Mt 4,17).

La expresión “Reino de los Cielos”, en vez de “Reino de Dios”, se atiene a la costumbre judía de no pronunciar el nombre divino (Cf. Mt 21,25; Lc 15,18). Los hebreos esperaban la manifestación del reino de Dios, es decir, la acción potente de Dios en cuanto Señor y Rey de su pueblo para cambiar la faz de la tierra y establecer definitivamente la justicia, la paz y la plena felicidad. Este Reino va a ser desvelado en la persona, la enseñanza y la obra de Jesús, quien además de anunciarlo “próximo” añade que para entrar en él es necesario “convertirse”. De este modo deja claro que el Reino de los Cielos no debe ser considerado como una realidad político-militar, para la que no habría necesidad alguna de convertirse, sino que debe entenderse como un Reino que se establece en los corazones de las personas por medio de la “conversión”.

Pero, ¿Cómo “convertirse”? ¿Cómo ser liberado del mal que anida en el corazón y adherirse con todo el ser a Dios en el cumplimiento de su voluntad? Es esto lo que ilustra el evangelista narrando la vocación de los cuatro primeros discípulos: la conversión y la entrada en el Reino de Dios se realizan acogiendo la llamada de Jesús y siguiéndole fielmente.

La iniciativa pertenece a Dios que ha roto definitivamente el “silencio” con su Palabra, se ha encarnado y busca ganar el corazón del hombre como un Hombre más. Sólo este amor e interés de Dios hace posible que el ser humano deje el egoísmo que le atenaza, salga de sí mismo y se interese verdaderamente por Dios. Por eso todo aquel que escucha el anuncio de Jesús es exhortado a dirigir su persona y su vida hacia Dios, a mirarle de frente, “cara a cara”. Es decir, el que Dios, gratuita y misericordiosamente, se haya movido o “vuelto” hacia el hombre, hace posible y, al mismo tiempo, exige a éste que responda moviéndose o “volviéndose” hacia Dios. Esta respuesta positiva del hombre al obrar de Dios, la respuesta más decisiva que uno puede dar en la vida, es absolutamente necesaria, pues no existe otro modo para entrar en su Reino y ser alcanzado por su bendición.

La iniciativa divina se manifiesta claramente en el hecho de que no son los discípulos quienes escogen al maestro, como era habitual en el ámbito judío, sino que es Jesús el que pasa y llama con autoridad a los que Él quiere: «¡Vamos! ¡Detrás de mí!» (Mt 4,19b). Es esta irrupción del amor de Dios en la historia personal y vulgar de aquellos pescadores que se encontraban realizando su trabajo diario, la que los transforma completamente, hasta el punto de dejar su oficio y lanzarse a la más extraordinaria aventura que un hombre puede emprender, porque le encamina hacia el destino glorioso del encuentro pleno con Dios. Es así, por tanto, como se entiende la conversión: se trata de vivir siguiendo a Jesús, acogiéndole como el Maestro y el Señor, poniendo por obra su enseñanza, confiando en que Él conoce y es el Camino que introduce en la plena y definitiva unión de vida con Dios.

Al igual que los apóstoles, todo aquel que siga a Jesús, tras haber escuchado y acogido su anuncio y llamada, será sacado, de uno u otro modo, de las condiciones de vida en las que se encuentra e introducido en el camino en el que “las tinieblas y sombras de muerte” de su corazón serán arrancadas para que pueda unirse totalmente a Jesús y al Padre. No hay que pensar, sin embargo, que esta unión tiene la intención de separar al discípulo de los demás hombres: todo lo contrario. El seguimiento y la unión con Cristo no sólo conduce al hombre a amar a Dios por encima de todo, sino que también le prepara para amar al prójimo como a sí mismo al hacerle «¡pescador de hombres!» (Mt 4,19). El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables en Jesús, de ahí que seguirle, entrando en comunión de vida con Él, signifique entrar en el camino de la verdadera conversión y ser preparados, al mismo tiempo, para ser enviados a continuar su misma misión a favor del hombre (Cf. Mt 9,36–10,42; 28,16-20), con el fin de rescatarle del mal y hacerle capaz de vivir con la dignidad de hijo de Dios.

En esta primera etapa de su ministerio, Jesús extiende su obra por toda Galilea, enseñando la auténtica y justa conversión, predicando y explicando el evangelio del “Reino de los Cielos”, y confirmando su enseñanza por medio de las curaciones (Cf. Mt 4,23). Su actividad alcanza a todos, judíos y gentiles, porque todos tienen necesidad de ser sanados del sufrimiento y de la opresión del pecado y de la muerte, de ahí que el corazón del discípulo, a través del seguimiento, vaya siendo esponjado y engrandecido para que pueda albergar el mismo amor que su Maestro tiene hacia todos los hombres, a los que, seguidamente, será enviado.

 

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