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Luz en mi Camino

15 julio, 2023 / Carmelitas
Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

Is 55,10-11

Sl 64(65),10-14

 Rm 8,18-23

Mt 13,1-23

     Jesús aparece hoy como el sembrador de la palabra de Dios, siendo Él mismo la Palabra encarnada (Cf. Jn 1,14). El discurso parabólico es la tercera composición didáctica mateana (Mt 13,1-52) en la que ha agrupado toda una serie de parábolas centradas sobre el Reino de los Cielos, realidad misteriosa que permanece incomprendida para el pueblo de Israel endurecido y cegado voluntariamente, pero que se desvela para los discípulos de Jesús que acogen su mensaje y, con ello, le reciben a Él. El auditorio de Jesús se compone de dos grupos: las multitudes, que le escuchan pero no comprenden sus palabras, y los discípulos, que acogen el mensaje de Jesús y a quienes Dios concede por pura gracia penetrar en los misterios del Reino de Dios, ya presentes y actuantes en medio de los hombres en la persona, predicación y obras de Jesús.

     Jesús utiliza un lenguaje sencillo y sus ejemplos para hablar de las cosas más excelsas de Dios están tomados de la vida y de la experiencia cotidiana de la gente, por lo que todos tendrían que comprenderlo y, sin embargo, no será así. Por medio de parábolas anuncia el misterio del Reino de Dios y, al mismo tiempo, exhorta y pone en guardia para que cada uno reflexione seriamente sobre el lugar que ocupa en relación con esa palabra sembrada y la actitud que debe de tomar para ser “tierra buena” y dar frutos de vida eterna.

     Jesús, en el evangelio, utiliza en su parábola el símil agrícola del sembrador y de la semilla, poniendo el acento sobre los diversos lugares en los que ésta cae y el resultado que eso da. Previamente el evangelista ha señalado la tensión creciente y la oposición que se ha ido estableciendo entre Jesús y los líderes judíos (Mt 11–12), y ahora sintetiza todo ello por medio de esta parábola del sembrador.

     En el Antiguo Oriente era habitual sembrar a brazo el terrero, en su mayoría poco fértil, y de hacerlo antes de arar y no después, con el fin de poder cubrir la simiente con la tierra suficiente al pasar el arado en los espacios menos pedregosos y áridos. De hecho, la parábola del sembrador insiste en las condiciones desfavorables que encuentra el grano para crecer: algunas semillas caen en el camino y los pájaros las comen (Mt 13,4), otras en terreno pedregoso y se secan (Mt 13,5-6) y otras entre las espinas que terminan ahogándolas (Mt 13,7). No obstante esta gran pérdida de grano, los frutos producidos por las semillas sembradas en tierra buena recompensan con creces toda la fatiga y todas las pérdidas.

     La parábola asume el significado de una metáfora de la predicación y actividad de Jesús, que exhorta a los discípulos a que no se desilusionen ni dejen de tener confianza en el obrar potente de Dios, que estaba haciendo presente su Reino a través de la obra de Jesús aparentemente pobre, insignificante e infructuosa, pues al final dicho Reino se manifestará desarrollado plena y gloriosamente. Así lo anunciaba ya, como vemos en la primera lectura, el profeta Isaías, más exactamente del llamado Deuteroisaías: la palabra de YHWH es veraz y eficaz, y jamás regresa de vacío sino que se realiza plenamente. Para comprender esta eficacia, el profeta compara la fuerza fecunda de la palabra del Señor con aquella de la lluvia y la nieve, tan deseadas siempre por los agricultores y que descienden como un don del cielo sobre la tierra para, quiera o no quiera, empaparla y hacerla fértil. También el salmo se refiere a este cuidado que Dios tiene de la tierra para que sea fructífera y produzca lo necesario para que puedan vivir las plantas, los animales y los seres humanos.

     El conocimiento del Reino presupone una iluminación divina, pues se trata de una realidad que transciende toda inteligencia humana. Esta comprensión es concedida a los discípulos y no a los demás, y les es concedida porque acogen con docilidad la enseñanza de Jesús. Se les promete, además, que este conocimiento crecerá y será cada vez más profundo y, junto con ello, se les dará la posesión de los bienes escatológicos por su adhesión de fe al evangelio, mientras que a los demás se les quitará incluso lo que tienen (Mt 13,10-12). Los judíos, rechazando las palabras y la persona de Jesús, son privados de sus privilegios de pueblo elegido, mientras que los cristianos son formados como comunidad escatológica de Dios que ya gusta el Reino y está llamada a heredarlo plenamente el último día.

     Los discípulos desean saber por qué habla Jesús a los demás en parábolas, y Jesús responde que este lenguaje oscuro de las parábolas se debe a la ceguera y endurecimiento voluntario del pueblo, tal y como ya había predicho Isaías. Por culpa de los dirigentes, la mayoría de los hebreos se han hecho incapaces de comprender su enseñanza que, en sí misma, es sencilla y accesible a sus mentes. La citación de Isaías (6,9-10) subraya el comportamiento culpable de los judíos. Mientras los cristianos conocen el misterio de Cristo, desvelado en la Pascua de resurrección, los judíos persistirán en su ceguera voluntaria y, por tanto, culpable, porque desde el principio se opusieron a la enseñanza de Jesús y habían rechazado su obra y persona. Sus mentes, como dirá San Pablo, se han embotado y el velo que cubría el rostro de Moisés continúa ocultándoles la verdadera comprensión de las Escrituras, esto es, lo provisional y transitorio del AT que apuntaba a la realidad de Cristo en quien, dicho velo, desaparece para el que cree (Cf. 2Cor 3,13-14).

     Por eso son benditos los discípulos porque ven y oyen, es decir, porque creen en la palabra de Jesús y la acogen con corazón dócil y sincero. En el Mesías se cumplen las esperanzas escatológicas de muchos profetas y justos del AT, y este don lo reciben los discípulos que experimentan profunda y conscientemente la comunión de vida con Jesús, el Cristo, lo cual les abre al proyecto salvífico de Dios que se les revela en las palabras, obras y persona de Jesús.

     La explicación y aplicación de la parábola ya no se centra en la semilla, sino en los diversos tipos de terreno en los que es sembrada. El acento se mueve de Dios al hombre, del sembrador y de la semilla al terreno y a sus diversas cualidades, de la fe a la responsabilidad moral. La parábola exhorta a que se acoja su palabra, a que se ponga la confianza en Dios, a que se crea que en su acción y persona está haciéndose presente el Reino, no obstante las innumerables dificultades con que se encuentra. Ahora, en la explicación, la parábola se convierte en una alegoría. No se detiene en la semilla (= palabra) sino en las diversas disposiciones de los oyentes (= terreno) al escuchar la predicación. Dependiendo del terreno así será la abundancia o no de frutos, el éxito negativo o positivo de la cosecha. De este modo, Jesús exhorta también a sus discípulos a que no se limiten a escuchar la palabra sino que deben ponerla en práctica y colaborar para que fructifique. No sólo hay que escuchar la palabra sino comprenderla (Mt 13,19), es decir, asimilarla totalmente para poderla expresar en la vida concreta de cada día, para que no quede estéril por la mala disposición del oyente. Esta comprensión es siempre un don de Dios, concedido a los discípulos de Jesús.

     Se acentúa el “escuchar” (Mt 13,18), y la contraposición entre quien “comprende” (Mt 13,19) y quien “no comprende” (Mt 13,23) la palabra. El “escuchad” evoca las palabras iniciales del Shemá, la oración que cada israelita recitaba dos veces al día. El discípulo es invitado a escuchar la palabra de Jesús en la que se manifiesta y actúa el Reino de los Cielos. Pero Dios no impone su amor, sino que exige una respuesta activa y generosa siendo dóciles a la enseñanza de Jesús en la que se muestra la iniciativa y gratuidad de la salvación.

     La parábola se aplica a cada oyente. Ya no se siembran los campos sino cada oyente, por eso el interés se centra en el destino de cada persona, que está en función de la conducta que tome. Los diversos tipos de terreno corresponden a las diversas respuestas a la palabra, por eso tenemos que preguntarnos hoy qué tipo de terreno somos nosotros y a qué categoría de personas nos asemejamos en relación con la palabra del Señor y el Evangelio.

     El camino simboliza al hombre que escucha y no comprende, por lo que Satanás arranca inmediatamente de su corazón la palabra sembrada, es decir, el centro de su persona en cuando a pensamientos, deseos, sentimientos y proyectos continúan siendo movidos por las instigaciones diabólicas (Mt 13,19). Se puede aplicar esta categoría a aquellos que están en la Eucaristía y escuchan la proclamación de las lecturas y la homilía que les exhorta a comprenderlas, acogerlas y practicarlas, pero están distraídos e incluso adormecidos, y todo lo que Dios siembra les entra por un oído y por el otro les sale, pues el Maligno ya se encarga de que, ante tal estado de ánimo, la palabra no repose en el corazón.

     El pedregal designa al hombre que acoge la Palabra con alegría, pero sucumbe ante las primeras tribulaciones y persecuciones porque su fe es frágil y parcial y no entra en su horizonte la posibilidad del sufrimiento (Mt 13,20-21). Si la Palabra no penetra en nuestra mente y no la asimilamos verdaderamente entonces en cuanto surjan tribulaciones por causa de dicha Palabra no obraremos según ella sino según nuestro instinto natural, de manera meramente humana y terrena.

     Las espinas representan a los superficiales y orgullosos que ponen todo su interés en el bienestar y, por consiguiente, en la posesión de las cosas terrenas y de las riquezas, algo que termina sofocando el germen de vida espiritual recibido y haciéndolo infructuoso (Mt 13,22). Este terreno parece ser el más extendido en nuestros días. Abundan las ofertas de diversión, de distracción, de búsqueda de comodidad y de riquezas fáciles, que seducen e introducen en un ambiente que incapacita para acoger como conviene la palabra de Dios. Los deseos naturales de riquezas, placeres, poderes ahogan la Palabra porque ésta es de otro grado, y ofrece riquezas, placeres y poderes que la naturaleza humana por sí misma ni entiende ni gusta. La Palabra del Evangelio no se deja manipular, ni mezclar, sino que reclama la total atención y entrega de quien la escucha y acoge.

     Por último, la buena tierra simboliza a los verdaderos discípulos de Jesús, auténticos beneficiarios de la bienaventuranza previamente anunciada: «¡Bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!» (Mt 13,16), y que éstos no sólo escucha la palabra sino que la “comprenden”, es decir, la acogen, la meditan, la conservan en su corazón y la ponen en práctica en la vida diaria con todas las fuerzas de que son capaces, subordinando cualquier otro interés a la fidelidad y realización de la “palabra evangélica”. Estas personas conservan la Palabra en su ser y ante los sufrimientos que acontecen por ella, responden con amor, dejando que la Palabra crezca en ellos y produzca los frutos de paz, de alegría y de salvación para los que fue sembrada.

     En medio de la historia en la que Dios siembra su Palabra, en la que ha establecido su Iglesia, y en la que aparece la fe, la esperanza y el amor, pero también las obras malas, la incredulidad, la inmoralidad y el rechazo de lo bueno y la negación misma de Dios, domina, sin embargo, a través de la parábola y de su explicación la esperanza, puesta en aquella mies que se recoge al final de los tiempos, cuyas espigas rebosantes de granos muestran la grandeza y victoria de la obra amorosa de Dios sobre todos sus enemigos.

 

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