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Luz en mi Camino

12 agosto, 2022 / Carmelitas
Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario

Jr 38,4-6.8-10

Sl 39(40),2-4.18

Lc 12,49-57

Heb 12,1-4

Para quien escucha a Jesús, antes o después le llegará el momento de tomar una firme decisión por seguirlo y optar por vivir entregado por buscar el Reino de Dios y su justicia, o por abandonarlo definitivamente. Ante Jesús, en toda su realidad, nadie queda tranquilo en su propia complacencia, sino que es llevado a una “división”, a una “contradicción” en la realidad más profunda de su ser y de sus presuntas convicciones y seguridades. Esta “contradicción” y “división” suscitadas en los corazones de sus contemporáneos, supuso para Jesús la persecución y la muerte violenta, y por eso mismo advierte a los discípulos que, por seguirlo a Él, tendrán que estar abiertos y dispuestos a sufrir con Él su mismo destino.

El profeta Jeremías, aunque sea de modo imperfecto, ya prefigura la suerte dolorosa del Mesías. El profeta está en Jerusalén durante el acoso de los babilonios y afirma que el pueblo debe negociar con Nabucodonosor y no ofrecer resistencia alguna. Ante esta propuesta, las autoridades del pueblo se revelan, quieren resistir frente al opresor con uñas y dientes hasta las últimas consecuencias, y consideran a Jeremías un disidente, un enemigo del pueblo y, sobre todo, un falso profeta de Dios (Cf. Jr 34,4).

Jeremías es apresado y tirado en una cisterna y hundido en el fango, mientras el rey Sedecías, falto de personalidad y carente de voluntad, deja que las autoridades perpetren esta injusticia (Cf. Jr 34,5-6). ¿Qué decir ante esta situación del profeta? Si es enviado por Dios: ¿Por qué no lo protege? ¿Por qué lo abandona aparentemente en manos de los enemigos y le emplaza en una situación dolorosa, trágica, sin otra vía de escape que la misma muerte? Ahora bien, la realidad desde la perspectiva divina y desde su acción providente, es otra. Dios conoce la situación del profeta y suscita la intervención de un etíope, Ébed-Mélek, para liberarlo. Intercede por él ante el rey y éste le permite sacar a Jeremías del pozo antes de que muriese (Cf. Jr 38,9-10).

También Jesús, por sus palabras, pretensiones mesiánicas y anuncio de destrucción de Jerusalén y del templo, será perseguido por las autoridades judías que no lo aceptaban y no comprendían la realización del diseño salvífico de Dios que Él anunciaba y vivía. Jesús soportará la hostilidad de los pecadores y se entregará en manos de ellos hasta morir crucificado, despreciando la ignominia, la contradicción que esto suponía siendo, como era, el Santo de Dios, la Bondad de Dios entre los hombres (Heb 12,3). Pero fue así, entrando en el pozo de la muerte lleno de amor al Padre y a cada hombre, como nos redimió y como introdujo la realidad humana en la gloria.

Todos queremos tranquilidad, paz, pero Jesús ha venido a iluminar nuestra verdadera situación, nuestra realidad de división interna y de lucha continua contra todo y todos por motivo del pecado y del mal. Jesús no hace apaños con esta situación, no negocia para que, más o menos, sigamos “tranquilos” pero destruidos por dentro, por eso afirma: «¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división» (Lc 12,51).

Por ese motivo Jesús introduce a menudo en su predicación, y de modo explícito, la urgencia por adherirse a su mensaje y persona desde lo profundo del corazón, dejando atrás todas las dudas, lastres y cadenas que lo impiden; introduce, en definitiva, la necesidad de tomar una firme decisión a favor de Él o contra Él. Y esta adhesión o rechazo causa lo que Él nos anuncia: «Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos: tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra» (Lc 12,52-53).

La división surge, por consiguiente, por la acogida o rechazo de Jesús y del Evangelio. Por una parte están aquellos que lo aceptan y creen en Jesús y tratan de ajustar su vida a su enseñanza, viviendo con caridad, misericordia, comprensión, honestidad y generosidad; por otra parte, están quienes rechazan el mensaje evangélico y la justicia de Dios manifestada en Jesucristo, y prefieren buscar sus intereses, o encerrarse en sus propias perspectivas religiosas, o dejarse determinar por sus propios proyectos (que se mueven, en el fondo, por el egoísmo y el orgullo) y que termina por provocar inevitablemente un fuerte conflicto entre ambos “grupos”, no obstante los lazos de carne y sangre que pueden existir entre ellos.

Y es que la irrupción de Jesús es fuego que provoca esa “guerra espiritual” interna y externa: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Y así ha sido. Jesús, nuestro Señor, fue y continúa siendo un fuego de amor inextinguible que ya nadie lo podrá apagar y que, en el misterioso obrar creador de Dios, nos conduce hasta vivirlo plenamente en Él al final de los tiempos.

Dios se ha manifestado como fuego ardiente a lo largo de toda la historia salvífica: en su palabra (Cf. Jr 20,9; 23,29), en su íntima revelación (Ex 3,2), en sus teofanías (Ex 19,18). Y, de modo único, hemos comprendido que en Jesús, en su vida, palabras y, sobre todo, en su muerte ignominiosa en la cruz, ese fuego divino es amor misericordioso, extremo, infinito (Lc 23,33-46; Cf. Jn 13,1-20; 21,9; He 2,3). Y es este fuego el que desea Jesús que ablande los corazones endurecidos por la indiferencia, el desinterés, el sinsentido con que se vive la vida, y quebrante las cadenas del mal que conducen a vivir en una terrible esclavitud y desesperanza.

Este amor-fuego se desvela en el bautismo de Jesús, bautismo no de agua, como fue aquel que efectuaba Juan el Bautista, sino de sangre, de entrega de la propia vida vivida en la fidelidad absoluta al querer del Padre: «Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). Jesús se sumerge en la pasión y nos llama a sumergirnos en la sangre de su misma pasión.

De hecho, sólo si desde el fondo de uno mismo nace esta urgencia salvífica provocada por el fuego del anuncio evangélico, este comprender que el Reino lo es todo y que con él todo se nos da, es posible salir de uno mismo y de todo lo que nos retiene, porque en ese preciso momento Jesús y el Reino de Dios que vive y encarna, ganan el alma y la vida de creyente. Pero esto significa que la opción por el Reino de Dios pide la vida y, por tanto, todo lo que a ella se vincula: afectos, deseos, cosas, posesiones, proyectos, para vivirlos con el fuego del amor de Cristo, con su Espíritu Santo.

Por nuestra parte, hemos de estar siempre dispuestos a seguir a Jesús más allá de las persecuciones y divisiones que esto podría acarrearnos. Y seguirlo y afrontar tales situaciones con su misma caridad. Él ha orado por los que le crucificaban, no ha respondido con violencia sino extendiendo sus brazos en la cruz (como signo de entrega amorosa y como signo de su abrazo a todos los pecadores para ganarlos para Dios con su amor); ha luchado contra el mal con las armas de la luz, es decir, con la sobreabundancia del bien, del amor, de la generosidad hasta derramar la última gota de su sangre-vida. Unidos a Cristo, hemos de aceptar sufrir como Él sufrió para participar, de ese modo, en la alegría y la gloria de su resurrección.

 

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