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Luz en mi Camino

4 julio, 2020 / Carmelitas
Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario

Za 9,9-10

Sl 144(145),1-2.8-11.13-14

Mt 11,25-30

Rm 8,9.11-13

Jesús, tras expresar abiertamente sus sentimientos más íntimos en una oración de acción de gracias y de alabanza al Padre, se presenta hoy como el auténtico descanso de todos los cansados y agobiados.

Un poco antes de estas palabras de Jesús, el evangelista ha descrito el rechazo que Jesús sufre por parte de los habitantes de las ciudades más importantes cercanas al mar de Tiberíades, como eran Corazín, Betsaida y Cafarnaúm. Ignorando sus palabras y acciones, y despreciando su Persona, se sitúan fuera de la acción salvífica más extraordinaria y definitiva de Dios, esto es: el envío del Hijo para unir al hombre con Dios-Padre, a quien el Hijo revela y en quien se halla el descanso y la alegría plena.

Los inteligentes, identificados con las clases dirigentes judías, en particular con los miembros del Sanedrín en general, rechazarán a Jesús. Serán, por el contrario, los pobres en el espíritu, los “pequeños” quienes le acogerán y entrarán así en el descanso de la unión con Dios-Padre.

Jesús nos enseña también a orar en estas palabras suyas. Primero, al dirigirnos al Padre, tenemos que bendecirle, darle gracias unidos a Jesús. Jesús le da gracias a corazón abierto, públicamente, en una alabanza que “sube” desde la tierra al cielo, que penetra en el seno de Dios desde su realidad de verdadero hombre. En realidad todo acontece en el corazón mismo de Jesús donde la entrega al Padre y del Padre a Él y donde el conocimiento mutuo tiene lugar. El corazón de Jesús está alegre y rebosante de gozo porque vive aligerado de todo lo superfluo y en una perenne bendición al Padre (tal y como en esta ocasión hace explícito): «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25).

Dios oculta su “misterio”, la verdad de su ser y de su acción salvífica actuante en Jesús a los “sabios e inteligentes”, a los enorgullecidos por su presunta inteligencia y poder, que no logran penetrar en la realidad divina de Jesús y tan sólo ven en Él a un vulgar galileo, a un carpintero convertido en predicador itinerante merecedor de la más acerba ironía y ridiculización.

Jesús desvela el gran “misterio” de Dios, del ser mismo de Dios que es comunión de amor y que al hombre se le descubre como una relación familiar: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11,27). En el contexto bíblico y semita, “conocer” expresa la plena intimidad y el amor total entre las personas. Jesús es el único que “ve” a Dios, que revela cómo es Dios en sí mismo, siendo Él mismo Dios-con-nosotros (Emmanuel). Jesús “conoce” total y absolutamente a Dios y, por eso, posee todo aquello que es de Dios. YHWH, el Dios único de Israel, no vive en su unicidad de modo monolítico sino relacional, en unas relaciones que se nos revelan con rasgos familiares y a las que no podemos acceder de otro modo: Padre-Hijo. Esta plenitud relacional es la que Jesús, en cuanto Dios, vive en sí mismo y la expresa en su humanidad en la que su divinidad se ha vaciado.

Jesús, por tanto, no está solo y su corazón mantiene la actitud de quien viven en el Amor pleno y en la vida plena. Esta realidad la expresan los calificativos: manso y humilde. Se trata de un corazón que viven en el conocimiento del Padre y en el conocimiento de saberse conocido por el Padre. Sólo Jesús, porque vive en sí mismo plena y totalmente el ser relacional de Dios (que es conocimiento-de-amor) puede abolir la distancia infinita e insalvable que separa al hombre, criatura finita, de Dios infinito, desconocido, transcendente. En Jesús, los “pequeños” penetran en el misterio de la vida, de la luz y del amor del mismo Dios.

Los “pequeños” (nēpiois) son los destinatarios privilegiados de la revelación de “estas cosas”, es decir, de todo lo referente al Reino de Dios, a Dios mismo. Cosas que quedan ocultas a los “sabios”. Pero todo se discierne y determina en el “corazón”. La “pequeñez” es una actitud del corazón, al igual que la soberbia que, en esta ocasión, caracteriza a los sabios e inteligentes. El “pequeño”, como enseña la Escritura, simboliza a aquel que se adhiere a Dios absoluta confianza. Por eso no se refiere, en primer lugar, a la “inocencia”, pues el niño pequeño no es sino un adulto en miniatura y continúa mostrándose como una criatura limitada y egoísta en la que no falta cierto grado de prepotencia; sin embargo, y esto es lo verdaderamente importante, el “pequeño”, al igual que el “niño”, confía en los brazos y manos de su padres, se sabe protegido y bajo su cuidado amoroso, y acoge sus dones y escucha sus palabras (Cf. Mt 18,3). En Mt, “pequeño” es también sinónimo de “pobre” (en el espíritu), es decir, de aquel para quien la fuerza, ayuda y refugio están en Dios. La sabiduría del corazón hay que pedirla a Dios para que nos conceda penetrar, henchidos de humildad y mansedumbre, en su misterio.

En nuestra sociedad se exalta al adulto prepotente y arrogante, al privado de escrúpulos y de moral, al irreligioso y antieclesial, al agnóstico o ateo, enemigo del hombre. Se exalta a este adulto aunque después se le vea incapaz de vivir el asombro de la existencia desde un corazón siempre inmerso en la infancia. Jesús, que nos enseña el camino de la vida, nos dice de qué modo debe el hombre convertirse en “pequeño” para llegar a ser verdaderamente “adulto” en Dios. El hombre pierde la infancia y entra hoy en la adultez de la constante adolescencia, movido por todo viento de modernidad y por toda vana doctrina. La pequeñez de que habla Jesús, la infancia en Él, está al alcance de quien se deja amar y santificar por Jesús en el discipulado. Siguiéndole, el corazón del discípulo será modelado a imagen y semejanza del corazón manso y humilde del Hombre perfecto que es Jesús, un corazón manso, humilde, lleno de vida y amor, eternamente alegre y gozoso, plenamente confiando y entregado al Padre.

Jesús llama a todos, pequeños, sabios e inteligentes, a que “vengan a Él”, a que sean sus discípulos acogiendo su “yugo” (Mt 12,28-30). El “yugo” indicaba en la tradición hebrea la Ley con las numerosas observancias y prescripciones que Dios había ordenado cumplir al pueblo de Israel por medio de Moisés. Jesús utiliza este símbolo y afirma que en Él queda renovado y plenamente realizado en el conocimiento y comunión de vida con Dios y el prójimo. El peso, la carga, se refiere a las imposiciones de cumplir todo lo ordenado al margen de la unión con Dios y del verdadero conocimiento de Él. Jesús afirma que esta carga queda abolida, suprimida. Su lugar es ocupado por la “dulzura”, aunque no se anulan las responsabilidades, bien explicitadas en los imperativos: venid, tomad y aprended. Pero estas responsabilidades tienen ahora una base, un impulso y una causa original que brota desde el mismo corazón al haber acogido a Jesús como el Hijo; este fundamento es la unión con Dios-Padre en Jesús (Dios-Hijo), en quien el conocimiento es interiorizado y nos hace partícipes de la misma relación que vive en su ser con Dios.

La vida según Dios es una vida moral y espiritual que no se regula desde fuera, por el deber o la ley impuesta, por las normas pétreas y el temor al juicio condenatorio, sino por el amor filial y espontáneo que surge de la unión con Cristo. Esta vida es, de hecho, más exigente que la vida de la Ley, pero también la única aligerada y gozosa en sí misma. No hay ya soledad sino vida de comunión de amor en el seno mismo de Dios.

 

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