-----34

Luz en mi Camino

27 junio, 2020 / Carmelitas
Decimotercer domingo del Tiempo Ordinario

2Re 4,8-11.14-16a

Sl 88(89),2-3.16-19

Mt 10,37-42

Rm 6,3-4.8-11

El evangelio de hoy concluye el extenso discurso misionero dirigido por Jesús a sus apóstoles; un discurso que ha presidido la liturgia de la palabra los pasados dos domingos. El testimonio evangélico al que los apóstoles son enviados reclama prioridades inalienables en el orden de los afectos, pensamientos y sentimientos del mismo discípulo. La prioridad primaria, a partir de la cual todo lo demás ha de ir ocupando el puesto que le corresponde, la asume Jesús, ya que ocupa el lugar de Dios al ser el Emmanuel, esto es, “Dios con nosotros” (Mt 1,23).

Como veíamos el pasado domingo, el testimonio misionero delante de los hombres (Mt 10,33) reclama declararse abiertamente por Jesús, sin temer al sufrimiento y posible martirio, confiando plenamente en el cuidado amoroso del Padre y en su potencia infinita desplegada a favor de los discípulos de su Hijo. También el evangelio hodierno se centra en la exigencia personal de seguir a Jesús hasta la muerte (Mt 10,39), manifestándole concretamente dentro del seno familiar.

Jesús mismo ha anunciado un poco antes que el seguimiento puede crear división dentro de la familia, en los lazos afectivos más íntimos y naturales, los cuales, en relación con Él, no pueden ser absolutizados o “idolatrados”: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él» (Mt 10,34-36). Y este enfrentamiento lo acentúa todavía más en los versículos subsiguientes: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará» (vv.37-39).

La adhesión a Jesús y la declaración abierta a favor de Él no sólo pueden causar división (Mt 10,35) sino que plantean una exigencia que, a primera vista, resulta inhumana. En sus palabras, Jesús expresa los mismos “celos de Dios” que recorren toda la historia de la salvación (Cf. Dt 29,19; 32,16; Jl 2,18; Za 1,14; 1Cor 10,22; 2Cor 11,2; etc.), porque el Señor no tolera ningún otro amor al lado de aquel que sólo a Él le es debido. Y tal intolerancia no es causada por la envidia sino por el deseo de hacernos capaces de “amar verdadera y gratuitamente hasta el extremo”, al modo como Él mismo nos ama y que es, en definitiva, para lo que hemos sido creados. Quizá por esto no emplea Jesús el verbo agapaō que, en los evangelios, designa el amor a Dios y al prójimo (Cf. 5,43; 19,19; 22,37-39), sino el término fileō, que en Mateo suele usarse de modo peyorativo y asume el sentido de: encariñarse con, prendarse de, besar (Cf. Mt 6,5; 23,6; y en el beso de Judas: Mt 26,48). De este modo, y sin anular el precepto de honrar al padre y a la madre (Cf. Mt 15,3-6; 19,19), Jesús denuncia las afectividades naturales y familiares que podrían ser un obstáculo para seguirle, amarle y servirle. Es una cuestión de amor genuino, y Jesús, Dios con nosotros, tiene que ser amado por encima de todas las cosas y de todos los afectos si queremos verdaderamente seguirle y aprender a amar al prójimo como a nosotros mismos. Es necesario tener claro, por tanto, que no se oponen aquí dos sentimientos interiores sino dos direcciones existenciales concretas de la persona.

Según lo expuesto, la “dignidad” de la que habla Jesús no alude a la recepción de un título externo que a uno le conceden o a una medalla que le cuelgan del pecho o del cuello para que pueda jactarse delante de los contemporáneos, sino a una realidad existencial, vital. Aquel que por los lazos familiares no sigue, o deja de seguir, fielmente a Jesús se manifiesta “indigno” de Él. Y al contrario, aquel que acepta seguir a Jesús por encima de todos los obstáculos que puedan aparecer, incluyendo los afectos y sentimientos familiares que podrían interponerse entre él y Jesús, es “digno” de Jesús. En definitiva, es el seguimiento fiel y encarnado concretamente en la vida el que dignifica al discípulo.

Y en el seguimiento aparece la cruz, que no hemos de entender en sentido literalista, como si cada uno tuviera que hacerse su propia cruz de madera o de otro material, cargarla sobre los hombros y seguir así a Jesús hasta el Calvario. Ni tampoco alude el término “cruz” a cualquier tipo de sufrimientos ambiguos e imprecisos, sino que, en este contexto, se refiere a sufrimientos concretos, característicos y propios de los discípulos de Jesús. “Coger la cruz” significa que uno, para permanecer fiel en el discipulado, está dispuesto a participar en sufrimientos semejantes a los que soportará, lleno de amor y como un servicio hacia todos los hombres, el mismo Jesús. La cruz no se identifica, por tanto, con la misma persona, como si uno tuviera que “cargar consigo mismo”; ni se refiere a cargar con este o aquel sufrimiento personal que uno se inventa para ofrecérselo a Jesús, sino que se trata de aceptar, ya de antemano, la soledad humana, la sensación profunda del abandono de Dios, y la oposición violenta y quizá pública hecha contra uno por el mero hecho de ser y manifestarse discípulo de Jesús. La fidelidad y la confianza incondicional al Maestro levantará al discípulo sobre la cruz, una cruz que — como muestra el evangelio — es inseparable de su Señor crucificado. Podríamos decir que en la cruz se condensa el verdadero seguimiento de Cristo. Por otra parte, debe quedar claro que no se trata de cargar primero con la cruz y después seguir a Jesús, sino que seguir a Jesús es cargar con su cruz (que es la que el discípulo hace suya).

Es evidente que este seguimiento comporta “perder la vida”, incluso, si fuera voluntad de Dios, en su sentido más real: “morir de muerte violenta” por causa de Jesús. Pero inseparablemente unido a este “perder” está el “encontrar”, el “ganar” la vida eterna, la comunión plena con Dios. Es éste un misterio que está presente en toda nuestra vida de bautizados, como afirma Pablo en la segunda lectura: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios» (Rm 6,8-10). Del mismo modo nosotros “perdemos la vida” muriendo continuamente al pecado, a nuestro egoísmo y afectos desordenados, y afirmándonos en la fidelidad a Cristo para vivir con Él y para Él, más allá de todas las contrariedades y obstáculos que quieran impedir nuestro discipulado.

Además, la autoridad que Jesús otorga a los apóstoles al enviarles a predicar la cercanía del Reino de Dios y a sanar las enfermedades (Mt 10,1.8), les establece como sus representantes, es decir, como aquellos que hacen presente a Jesús ante los hombres. Por eso quien les recibe, recibe a Jesús: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y el que me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40). Es más, quien recibe a Jesús en la persona de sus envidados recibe también a Dios-Padre. Ahora bien, sobre este particular tenemos que saber que el término “recibir” no sólo se refiere a la hospitalidad sino también a la obediencia y aceptación del Evangelio predicado por el discípulo.

En el sentido apenas indicado, el discípulo de Jesús es profeta y justo, y Jesús promete que quien le acoja será “recompensado” por el Padre con una generosidad incomparable. Nada quedará sin “recompensa”, ni siquiera el ofrecimiento de un simple vaso de agua. Implícitamente se entiende que Dios extenderá el don de la vida eterna — que es la recompensa prometida a los discípulos — a aquellos que crean en la Buena Nueva que ellos anuncian. Esta generosidad divina la ilustra la primera lectura, cuando la sunamita, por haber acogido al profeta Eliseo en su casa, recibe la promesa de una descendencia: la generosidad divina “siembra” de vida y alegría la apagada y mortecina existencia de aquella familia.

En un tiempo en el que las divisiones familiares por causa del seguimiento de Jesús se hacen cada vez más patentes, el evangelio nos exhorta a permanecer unidos a Jesús y a amarle por encima de todos los afectos, sabiendo que junto a Él está la vida, la verdadera vida de todo hombre que viene a este mundo y que todos y cada uno de nosotros estamos llamados a anunciar, siendo testigos fieles del evangelio delante de los hombres y, particularmente, en lo “oculto” de nuestra vida familiar.

 

Volver
ACCESO PRIVADO
Regístrate para acceder al área privada

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies