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Luz en mi Camino

6 julio, 2019 / Carmelitas
Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Is 66,10-14c

Sl 65(66),1-3a.4-5.6-7a.16.20

Lc 10,1-12.17-20

Ga 6,14-18

En los dos domingos últimos, Jesús — después de haber anunciado su pasión y resurrección en Jerusalén — ha renovado la llamada al seguimiento e indicado las exigencias que esto conlleva para el discípulo: cargar con la propia cruz y negarse a sí mismo por Él y por el Evangelio, lo cual reclama orientar y someter el propio ser, con sus afectos, proyectos y comodidades, a la persona de Jesús. Pues bien, el evangelio hodierno desvela que el discipulado comporta, además, participar en la misma misión evangelizadora del Maestro.

En efecto, la Iglesia no es misionera por propia iniciativa, sino por mandato de Jesús, su Señor. En un momento de su ministerio, como testimonia el evangelista Lucas, Jesús designó a setenta y dos discípulos y los envió, de dos en dos, delante de Él, a los lugares habitados donde Él mismo pensaba ir. El número setenta y dos tiene un valor simbólico que, en conformidad con las naciones mencionadas en Gn 10 (lxx), alude a todas las naciones existentes sobre la faz de la tierra. Esto significa que el envío de estos discípulos prefigura la misión evangelizadora universal a todas las naciones, aunque dicha misión sólo tuvo lugar, de modo efectivo, después de la resurrección de Jesús. Los discípulos son enviados, asimismo, de dos en dos (treinta y seis pares) no sólo para que se protejan y ayuden mutuamente en el camino (Cf. Qo 4,9-12), sino también para que su testimonio sea válido ante los tribunales (tal y como lo requería la Ley mosaica; Cf. Dt 19,15).

Jesús enseña a los discípulos que la misión depende de su oración incesante por toda la humanidad: «La mies es mucha» y se necesitan obreros que sólo el Dueño de la mies puede enviar a trabajar en ella. Esta petición debe latir continuamente en el corazón de cada discípulo de Jesús, de cada miembro de la Iglesia, sabedor de que, en cuanto tal, también su mismo testimonio depende de que Dios le confirme y sostenga como enviado, al igual que depende de Dios el que sus esfuerzos por el Reino de los Cielos sean fructíferos.

Revestidos con el mismo poder y autoridad de Jesús, los discípulos son enviados a anunciar y llevar la paz a todos los corazones abiertos a la manifestación de Dios, a proclamar que “el Reino de Dios está cerca del hombre”, y a curar a todos los enfermos en cuerpo y alma, pues, como confirman los discípulos llenos de alegría: “hasta los demonios se les someten en Nombre de Jesús” (Lc 10,17).

Los discípulos son una “extensión” de su Maestro y Señor, hasta el punto de que: “Quien a ellos escucha, a Jesús escucha; y quien a ellos rechaza, a Jesús rechaza; y quien le rechaza a Él, rechaza a Dios-Padre que le ha enviado” (Lc 10,16). Esto significa que no puede separarse a Jesús del discípulo, ni al discípulo de Jesús, ni a ambos de Dios-Padre: no hay Iglesia sin Jesús y Jesús es inseparable de su Iglesia y, por supuesto, del Padre. Por eso también la vida del discípulo depende, al igual que aquella de su Señor, de la Providencia divina. Esta dependencia se hace visible no sólo por la precariedad de su atuendo y poder adquisitivo — sin dinero (bolsa), ni provisiones (alforja), ni honores (sandalias) (Cf. Lc 10,4) —, sino también por su modo de vivir «como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3). El anuncio que portan consigo es tan importante que les reclama toda su existencia, es decir, deben vivirlo al mismo tiempo que lo proclaman. De hecho no van a conquistar los corazones humanos por la fuerza militar o por la coacción violenta, sino con los mismos sentimientos de Jesús, todavía más evidentes cuando los lobos, es decir, cuando los mismos peligros, la misma necia oposición y las mismas violentas hostilidades vividos por Jesús, les salgan al encuentro. Los enviados por Jesús dependen de Dios en todo y viven de la fe, conscientes de llevar consigo la promesa divina que les capacita para poder comunicar la misma paz que, en Jesús, experimentan (Cf. Nm 6,24-26).

Tanto la obra de Jesús como aquella de los discípulos quedan, por tanto, bajo el arco de la Providencia divina que, a través de la predicación, crea un nuevo y definitivo periodo de salvación sobre el que Dios juzgará al hombre el Día por Él establecido: «Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad» que no os recibió, ni recibió vuestro mensaje de salvación (Lc 10,12).

La paz, vinculada al anuncio del Reino de Dios, significa la plena satisfacción de los deseos más profundos del hombre. Ha sido Jesús, con su muerte y resurrección, quien ha obtenido la reconciliación y el perdón de los pecados y, por consiguiente, la paz con Dios, la paz de nuestras conciencias y la paz entre las personas. Tanto es así que las primeras palabras del Resucitado a los discípulos serán estas: «¡La paz con vosotros!» (Jn 20,19). Por eso, como deja entrever en su discurso, nada debe impedir ni condicionar a los mensajeros del Evangelio en su misión de anunciar y propagar la paz. De ahí que Jesús les insista por dos veces en que las observancias alimenticias de la Ley judía no deben ser para ellos un obstáculo que les impida relacionarse con las demás gentes: «Comed y bebed de lo que tengan» – «Comed lo que os pongan» (Lc 10,7.8). También en la actualidad, los hebreos observantes sólo quieren comer kasher, es decir, “alimentos puros” que se atienen a las prescripciones mosaicas y a la tradición de los antiguos. Sin embargo Jesús enseña a sus discípulos que no deben preocuparse de tales reglas, porque son un obstáculo para las relaciones entre las personas. ¡Cuántas veces por cumplir un “precepto” de abstinencia o de ayuno hemos establecido una separación y división con el prójimo que ha impedido que reinase la paz que creíamos tener, y que quizá teníamos, en nuestro corazón! Los mensajeros del Evangelio tienen que estar abiertos y ser fuente de reconciliación, buscando siempre aquello que, en Cristo Jesús, une a las personas y rechazando aquello que crea separación u hostilidad, sabiéndose herederos de la bienaventuranza: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Dicho con otras palabras, el anuncio evangélico, y la curación a él vinculada, proclama que es posible amar como Dios mismo nos ama en su Hijo Jesús y que, por consiguiente, es posible ser santos, lo cual expresa el anhelo más profundo y noble del hombre porque se identifica con “su imagen y semejanza”. Para quien acoge el mensaje evangélico, la paz que brota del perdón de los pecados y de la unión con Dios, a través de Jesús, sana su conciencia, y la humildad y la sencillez dejan de ser unas pegatinas o un disfraz que piensa tener cuando las cosas le van bien o se siente “en forma”, para convertirse en el estado en el que vive y en el que crece para llegar al puro y gratuito amor, respondiendo y venciendo al mal con el bien: «En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca”» (Lc 10,10-11).

Por tanto, el camino del cristiano es también en sí mismo un camino de evangelización. Un camino de fe en el que, junto con los momentos de alegría, se experimenta el fracaso, la angustia, la monotonía diaria, la necesidad de recomenzar nuevamente, los momentos de sequedad y desierto,… Sí, la extraordinaria obra de la evangelización se arraiga en la vida cotidiana, en la que el anuncio y la experiencia del amor de Dios van unidos al compás de la vida humana, tan compleja y, a la vez, tan sencilla. En este camino, uno va madurando en la media en que, por la fe, percibe siempre cercano a él, en todo momento y circunstancia, el Reino de Dios. Y es en este proceso de “maduración” en el que uno recobra la verdadera “Juventud” que confiere la Presencia siempre nueva de Dios en la propia existencia. Y bien podríamos decir que esta “juventud divina” del cristiano adulto provoca en él más deseos de vivir unido a Dios cuanto más envejece, al ser más consciente de que así se va cumpliendo en él el cuestionario, un día confesado, del bautismo: “¿Qué pides a la Iglesia? – La fe; y ¿Qué fruto te da la fe? – La vida eterna”.

Sí, el fruto de la fe es la vida de comunión con Dios, vida que suscita, a su vez, la alegría de saber que “nuestros nombres están escritos, para siempre, en los cielos” (Lc 10,20), es decir, en el corazón mismo de Dios.

 

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