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Luz en mi Camino

29 junio, 2019 / Carmelitas
Decimotercer Domingo del Tiempo Ordinario

1Re 19,16b.19-21

Sl 15(16),1-2a.5.7-8.9-10.11

Lc 9,51-62

Ga 5,1.13-18

El evangelio de este domingo subraya la llamada al seguimiento de Jesús, ante cuya realización no debe interponerse nada, ni posesiones, ni afectos, ni protocolos, tradiciones o costumbres sociales. Por otra parte, tiene que quedar claro que esta vocación al discipulado no debe ser identificada exclusivamente con el sacerdocio o la vida consagrada, sino que incumbe a todo hombre y mujer, casados o solteros, si bien la llamada, una vez recibida, se explicitará en uno u otro estado de vida.

La primera lectura (1Re 19,19-21) y la última escena vocacional del evangelio (Lc 9,61-62) tienen ciertas analogías, aunque son las contraposiciones que presentan las que muestran que Jesús es mucho más que un simple profeta, como creía la gente (Cf. Lc 9,7-9), y mucho mayor que Elías. Es este profeta, de hecho, el que, por mandato y decisión divina (1Re 19,16b), investe a Eliseo como sucesor suyo. El manto, como lo confirmará también la escena final del rapto de Elías donde Eliseo recoge el manto de su señor y abre con él las aguas del Jordán (Cf. 2Re 2,14-15), es símbolo del don profético que recibe Eliseo, y su investidura queda incoada al serle echado sobre sus hombros. Tanto es así que, desde aquel momento, aquel agricultor de Abel Mejolá, un pequeño pueblo de la región de Manasés, verá transformada completamente su vida. Antes, sin embargo, realiza un adiós solemne y, de algún modo, oficial de todo su clan familiar y pone fin a su antiguo oficio sacrificando los bueyes y asando la carne en el fuego preparado con el arado y los aperos de labranza. Sólo después de esto quedó abierto ante Eliseo, y por libre decisión divina, el campo inconmensurable de la misión profética, en la que ya no va a tener que trabajar la tierra material, sino donde tendrá que labrar y preparar adecuadamente los corazones de los israelitas para acoger al Señor-YHWH como el único Dios que les salva, haciendo con ello honor a su nombre profético: Eliseo significa “Dios es salvación”.

En el tercer relato vocacional del evangelio (Lc 9,61-62) también aparece una referencia a los aperos de labranza, en particular al “arado”, pero ahora ya no simboliza el utensilio del trabajo precedente que se abandona, sino que es el símbolo del seguimiento y de la evangelización auténtica con que el discípulo tendrá que “cultivar” el corazón de los hombres. Además, ya no existe ahora margen temporal entre la llamada de Jesús al seguimiento y la despedida formal de la familia pues «el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Y es que al igual que el agricultor se desvía del surco cuando, al arar, se gira y mira hacia atrás, también el discípulo que se deja distraer por intereses terrenos no será apto para el Reino de Dios. La llamada de Jesús exige, por tanto, una ruptura radical con el pasado, sin dilación, ni vacilación, ni espera alguna. La entrada en el Reino de Dios requiere optar por dicho Reino de modo radical y total. En el contexto del evangelio, se entiende que Dios, por medio de Jesús y en Jesús, derrama previamente un “manto de amor” en el corazón del llamado, un “fuego” (Cf. Lc 24,32) que es capaz de quemar y purificar el pasado, y de impeler con una fuerza amorosa irresistible a mirar hacia adelante siguiendo a Jesús.

En la primera escena del evangelio (Lc 9,57-58), Jesús, mediante una sentencia sapiencial, sitúa al que se decide a seguirle ante la necesidad de reflexionar seriamente sobre la realidad del discipulado. En efecto, el seguimiento cristiano conlleva privaciones y exige un desapego total de las cosas y de los bienes materiales, que deben de dejar de ser el apoyo y la seguridad de la vida del llamado. La unión con Jesús no supondrá, por tanto, el vivir tranquila y cómodamente, ya que el discípulo tendrá que identificarse con su Maestro, que es el verdadero Pobre que vive entregado totalmente al Padre confiando absolutamente en su providencia, hasta el punto de llegar a carecer de una simple piedra donde reclinar su cabeza y de un lugar para guarecerse, a diferencia de los animales y de las aves del campo que “poseen” sus propias madrigueras y nidos.

En la escena evangélica intermedia (Lc 9,59-60), Jesús explicita la llamada diciendo: «¡Sígueme!», como signo de que elije libremente a quien quiere. Y enfatiza, al mismo tiempo, otro aspecto que demanda la vocación cristiana: el desapego de los afectos humanos, incluso de los más preciosos y humanamente justificados cuando amenazan interponerse entre el llamado y Jesús, ya que está en juego la entrada en el Reino de Dios, es decir, la participación en la vida eterna de comunión con Dios y con los hombres. Jesús lo expresa con una sentencia paradójica de claro trasfondo semita: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9,60). Jesús no quiere decir que el discípulo debe incumplir el cuarto mandamiento que ordena “honrar al padre y a la madre”, en cuanto la sepultura era uno de los deberes que mejor mostraba la práctica de la piedad filial que prescribe la Torah, sino que ante Él esta obligación y este vínculo familiar tan íntimo quedan en un segundo orden cuando suponen un obstáculo para creer en Él y una barrera para anunciar la llegada del Reino de Dios en su persona.

La clave para entender el porqué de la sentencia está, a mi parecer, en el término prōton (= primero; antes que nada; primero que todo) utilizado por el llamado: «Déjame (hacer) lo primero de todo: ir a enterrar a mi padre» (Lc 9,59). Estas palabras manifiestan que todavía no ha comprendido que Jesús es “el Primero” absolutamente y que está primando la Torah por encima de la unión con Jesús que la lleva a cumplimiento, en cuanto libera al ser humano, abocado al sepulcro, de la esclavitud del pecado y de la misma muerte. No ha comprendido que, frente al mundo de los muertos (físicos o existenciales) que no creen en Jesús porque se apegan a la letra muerta de la Torah, está irrumpiendo en su persona, obra y palabras, el mundo de los vivos, o mejor, el mundo del Dios-vivo, un mundo que el mismo discípulo debe anunciar y hacer presente a través de la predicación evangélica. Por consiguiente, una vez el llamado se adhiera y siga a Jesús en el camino de conversión y fe que le anuncia, podrá ir a “enterrar a su padre”, ya que habrá dejado de ser “un muerto que entierra a muertos” y se habrá convertido en un vivo que proclama, en medio de la “muerte”, la victoria del amor de Dios manifestado en su Cristo (Cf. Lc 9,20) e Hijo (Cf. Lc 9,35).

Todos estos breves relatos vocacionales tienen que comprenderse considerando el inicio del evangelio hodierno, donde se expone la actitud que Jesús mismo asume ante la vocación que ha recibido del Padre: «Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo [literalmente: de su asunción], Jesús tomó la decisión [literalmente: endureció su rostro] de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). Jesús da inicia en estos momentos a un largo camino que tendrá una primera conclusión con su llegada a Jerusalén (9,51–19,27), pero cuya “subida”, que no debe entenderse únicamente en sentido físico, sino sobre todo espiritual y teológico, señala su destino final, es decir, su Ascensión o “asunción” a Dios, con la que dará por concluido definitivamente su itinerario terreno.

La vocación de Jesús y su modo de llevarla a cumplimiento es, por tanto, aquella en la que la llamada al discipulado debe mirarse y comprenderse. Jesús sabe que está llamado a manifestar el amor de Dios a los hombres, y sabe que esto le va a exigir dar su propia vida en rescate por todos, muriendo crucificado en Jerusalén. Pero ante esta misión y esta perspectiva de sufrimiento, no se retrae ni vacila ni se apoya en seguridades terrenas, sino que “endurece su rostro” y lo pone firmemente orientado hacia Jerusalén, hacia el lugar del cumplimiento de su destino y de la manifestación de su amor al Padre y a los hombres. Esta “afirmación” incondicional de toda su persona a la voluntad de Padre es la que pide y exige a sus discípulos, que también deben ser conscientes de que se trata de una entrega de amor y por amor.

Como dice Pablo en su carta a los Gálatas, todos estamos divididos interiormente entre las tendencias de la carne y aquellas del Espíritu, y sabemos que es imposible satisfacer a ambas a la vez, por lo que se nos reclama continuamente una elección (Ga 5,16-17). Por eso, el desapego de los bienes y de los afectos, y la entrega total, inmediata y permanente que reclama el seguimiento y la unión con Jesús, significa elegir las tendencias del Espíritu de Dios y, por consiguiente, el camino de la verdadera libertad. Además, el seguimiento de Jesús no significa perder las cosas y destruirse uno mismo, sino que conduce a encontrar en Jesús la verdadera riqueza, el auténtico amor, la integridad interior y la plenitud de la propia vida, ya que lejos de ser una fanática consagración a un destino incierto y quimérico, seguirle a Él es elegir su Persona y al Dios manifestado y encarnado en ella, y, por tanto, es elegir el mismo Camino de Jesús, un camino henchido de esperanza, de amor y de vida, porque es Dios mismo el que lo ha diseñado y corroborado como la única vía que introduce al ser humano en la unión plena con Él.

 

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