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Luz en mi Camino

20 junio, 2020 / Carmelitas
Duodécimo domingo del Tiempo Ordinario

Jr 20,10-13

Sl 68(69),8-10.14.17.33-35

Mt 10,26-33

Rm 5,12-15

El fragmento evangélico de este domingo pertenece al discurso misionero mateano, cuyo comienzo era proclamado la semana pasada. Jesús llamaba entonces a los doce apóstoles y los enviaba a anunciar la proximidad del Reino de Dios a las ovejas perdidas de la casa de Israel y a sanar todo mal espiritual, enfermedad y dolencia existente en el pueblo (Mt 10,1-8).

A lo largo del discurso, Jesús les ha comunicado que “son enviados como ovejas en medio de lobos”, prediciéndoles que, por causa de su nombre, van a ser odiados y perseguidos por las autoridades y por sus mismos familiares, hasta el punto de que alguno de ellos serán asesinados (Mt 10,16-23). Considerando todo esto, el evangelio hodierno gira alrededor del miedo o del temor — expresado en griego con el verbo fobéomai —, que los discípulos pueden tener a la hora de dar testimonio de Jesús y del Evangelio: bien un miedo a los hombres que es calificado negativo y perjudicial (Mt 10,26.28a), o bien un temor a Dios que es valorado de modo positivo y salvífico (Mt 10,28b-29.32). El punto central y clave en el que ambos temores confluyen y, al mismo tiempo, divergen es Jesús, origen y cumplimiento del Evangelio y el único intermediario entre Dios y los hombres.

Respecto a los hombres, Jesús no dice que los discípulos “no tienen que temer a nadie porque no pueden hacerles daño”, sino que, sabiendo que no aspiran a tener un destino menos doloroso que aquel de su Maestro (Cf. Mt 10,24-25), deben asumir dicho temor como parte de su misión evangélica, de tal modo que el miedo a los perseguidores nos les conduzca a renegar de Él y a no confesar abiertamente el Evangelio.

Al igual que en la sinagoga el rabino explicaba habitualmente la ley en voz baja y uno de sus discípulos se encargaba de repetir en alta voz su enseñanza para toda la asamblea, y de subir a la azotea o a la torre para tocar el cuerno y avisar el viernes por la tarde que el descanso sabático había comenzado, así Jesús, el verdadero Maestro, parece decir a sus apóstoles que la Buena Noticia que Él les comunica en la intimidad (“al oído”) debe ser gritada y proclamada por ellos sin reservas, “desde los terrados” (Mt 10,27), siendo conscientes de que este anuncio salvífico comporta, casi siempre, dificultades, incomprensiones y peligros que, en ocasiones, pueden llegar a exigirles la misma vida. Por eso en el anuncio evangélico es fundamental la dimensión “corporal” de la persona, sobre la que Jesús pone un acento particular en esta parte de su enseñanza.

La expresión: «Y no temáis a los que matan el cuerpo (sōma), pero no pueden matar el alma (psychēn)» (Mt 10,28a) no hay que entenderla de un modo dualista ajeno a la antropología bíblica y que conduciría a pensar erróneamente en que hay que despreciar el cuerpo y favorecer exclusivamente al alma. El “cuerpo”, más valioso que el vestido (Mt 6,25), es el “templo” de la intimidad con Jesús (Mt 10,27; Cf. 1Cor 6,19-20) y, por tanto, el medio privilegiado a través del cual dar testimonio de la fe en Él, incluso, si llegara el caso, ofreciéndolo como ofrenda en el martirio (Cf. Rm 12,1-2). Por consiguiente, no se trata aquí de afirmar que el cuerpo tiene poca importancia en relación con el alma, sino de que sólo Dios decide el destino final de toda la persona (cuerpo y alma); de ahí la exhortación de Jesús: «Temed más bien a Aquel [= Dios-Padre] que puede destruir con el fuego alma y cuerpo» (Mt 10,28b). “Con el fuego”, que en griego se dice “en la gehenna”, esto es, en el infierno, Jesús recuerda que Dios es el único que puede aniquilar completamente a la persona (“cuerpo y alma”) y que también sus enviados, sus discípulos, están bajo la posibilidad de sufrir tal juicio (Cf. Mt 10,33), si bien este veredicto divino sólo cae sobre la persona cuando ésta ha decidido “tener miedo a los hombres” y guardar su vida terrena, en vez de “temer a Dios” y conservarla para la vida eterna.

Jesús enseña que existe un temor, el “temor de Dios”, que es positivo, edificante y salvífico. Y este temor es algo extraordinario porque le permite al hombre entrar dentro del radio de la acción salvífica del Padre, que vela con amor extremo por los suyos, tal y como lo manifestará plenamente al resucitar a su Hijo, en “cuerpo y alma”, de entre los muertos.

Pero, podríamos preguntarnos, ¿hasta qué punto el Padre se interesa por los suyos? Jesús lo explica de modo profundo con dos sencillos ejemplos. Primero hace referencia a los gorriones (Mt 10,29), es decir, al ave comestible más pequeña que se vendía a pares en el mercado por el precio irrisorio de un “as” (= assarion; “unos cuartos” dice la traducción), una moneda romana equivalente a 1/16 de denario que era el salario diario de un trabajador. Pues bien, si el Padre (“vuestro Padre”) no permite que un simple gorrioncillo sea vendido sin que su voluntad lo consienta, entonces los apóstoles tienen que confiar plenamente en el amor de Dios si llegado el momento fueran también “vendidos”, esto es, maltratados y violentados por sus perseguidores.

El segundo ejemplo que pone Jesús concierne más directamente a la persona de los apóstoles: «Pero de vosotros también están contados todos los cabellos de la cabeza» (Mt 10,30). Con esta sentencia afirma que si Dios presta suma atención a la parte más ínfima del cuerpo, entonces los discípulos deben estar siempre seguros de que, si se acogen a Él, el amor y el poder divinos jamás se separarán de ellos: «Por tanto, no temáis [a los hombres que matan el cuerpo]; pues no hay comparación entre vosotros y los gorriones» (Mt 10,31).

Tal fue también la experiencia del profeta Jeremías, siempre marcada por el sufrimiento de las persecuciones externas de que fue objeto y por las graves crisis internas que le obligaban a luchar diariamente por ser fiel a su vocación. Y fue precisamente cuando sentía la oscuridad más profunda y el más amargo abandono en manos de los enemigos, cuando irrumpió en su corazón la luz amorosa de Dios y comprendió que el Señor estaba junto a él como “un héroe valeroso” que le defendía, le liberaba de las garras impías y transformaba su lamentación en un canto de alabanza y de acción de gracias rebosante de esperanza, en la que estaban llamados a participar todos los justos sufrientes y marginados: «Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo… Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos» (Jr 20,11.13).

Sin embargo, es en Jesús, el Pobre por antonomasia hacia el que apuntaba Jeremías, en quien uno aprende a superar el “miedo” a los hombres y a entrar en el “temor de Dios”. Se trata en realidad de ir aprendiendo a “declararse” a favor de la persona, de la obra y de la enseñanza de Jesús: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo» (Mt 10,32). Sí, el “temor de Dios” consiste en obedecer y confiar en el Padre siguiendo fielmente a Jesús, siendo un verdadero discípulo y testigo suyo. Por contra, “negar a Jesús” significará rechazarle, dejar de ser su discípulo, apostatar de la fe, abandonar el amparo divino y vivir “sin temor de Dios”. Dado que la salvación es un don y que, según el evangelio, se accede a ella a través del seguimiento, se entiende que Jesús, en el Juicio final, no haga otra cosa que o bien confirmar la unión que uno ha tenido en la vida terrena, y continúa teniendo después de la muerte, con Él y que significa entrar definitivamente en la comunión con el Padre, o bien ratificar la separación de Él en la que se prefirió vivir y que, en última estancia, significa la condenación eterna (Mt 10,32-33).

El texto nos habla, por tanto, de la misión evangélica pública y valerosa que determina toda la vida del cristiano y le reclama vivir en el mundo “como una oveja” que no se defiende ante los sufrimientos que dicha tarea le pueda ocasionar. Pero para afrontar la tentación de huir, de evitar el dolor y de apostatar, sobre todo cuando dicha tentación se haga más intensa en los momentos de persecución, es esencial que el discípulo aprenda el “temor de Dios” siguiendo a Jesús, “manso y humilde de corazón” (Cf. Mt 11,29), ya que dicho temor le situará bajo el amparo del poder, del amor y del juicio omnipotente y misericordioso del Padre. Esta confianza en el Padre que, lleno de amor y ternura, salva de la muerte, se enraíza en la misma vida y muerte de Jesús, cuya entrega amorosa transformó el dolor y la muerte en medios para sellar la nueva alianza en su sangre (Cf. Mt 26,26-29).

Acoger seriamente este mensaje tan transcendente para nuestra existencia presente y futura nos ayudará, por una parte, a afrontar la tentación a pecar y a apostatar de la fe, desvalorizando y despreciando de ese modo el amor de Dios y no teniendo en cuenta su justo juicio, y, por otra, nos fortalecerá para confiar en todo momento en la cercana providencia del Señor y para entregar la vida, si así Él lo quisiera, como testimonio del Evangelio y como ofrenda viva por la salvación de aquellos mismos que pudieran perseguirnos e incluso matarnos (Cf. Lc 23,34; He 7,60).

 

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