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Luz en mi Camino

2 abril, 2026 / Carmelitas
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

He 10,34a.37-43

Sl 117(118),1-2.16ab-17.22-23

Col 3,1-4

Jn 20,1-9

Hoy la Iglesia celebra la Pascua del Señor, el domingo de los domingos, “el Día que hizo el Señor” para nuestra alegría y nuestro gozo (Cf. Sl 118,24).

     En hebreo, el término “pascua” significa simplemente “paso”, sin determinar de qué se trata. Por eso es necesario precisar de qué “paso” estamos hablando en nuestro contexto litúrgico, espiritual y salvífico, para que, comprendiendo la obra que el Señor ha realizado en nuestro favor, surja en nuestro corazón la genuina alegría, el gozo profundo y la acción de gracias a Dios.

     En primer lugar, este “paso” no se refiere al “pasar” de las cosas y de los acontecimientos naturales. Este “pasar” lo experimentamos todos en nuestro propio cuerpo, en su crecer, renovarse, madurar y envejecer. Tampoco se trata, en segundo lugar, del “pasotismo” que tan de moda está en nuestra sociedad y que conduce a asumir una actitud de indiferencia e insensibilidad hacia todo aquello que sucede alrededor de uno mismo, mientras no afecte a los propios intereses. Es evidente que el “paso” que hoy conmemoramos no se refiere a esta actitud tan alejada del mensaje evangélico: el Señor “no pasa” de nosotros.

     El “pasar” que hoy celebramos es aquel que ha realizado Cristo en su carne mortal. Él ha “pasado” toda su realidad humana, nuestra misma carne débil y mortal, de este mundo al Padre (Cf. Jn 13,1). Y lo ha efectuado por medio del amor inmenso con que ha transformado el sufrimiento y la misma muerte que los hombres hemos descargado sobre Él con nuestra ignorancia, ceguera y pecado, en el evento de la pasión y crucifixión.

     Jesucristo, amando al Padre y amándonos a nosotros hasta el extremo, “ha pasado” de la muerte a la vida plena y, de este modo, nos ha abierto en su propio cuerpo el camino de acceso o de “paso” al Padre. Él es “nuestra Pascua” (Cf. 1Cor 5,7), pues la primera consecuencia de su victoria sobre el pecado, el mal y la muerte, es el ofrecimiento del perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo que nos salva y que introduce en nosotros la esperanza de nuestra futura resurrección. Así se lo anuncia Pedro al centurión Cornelio: «De éste [= Jesucristo] todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados» (He 10,43); y seguidamente comenta el narrador que «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (10,44).

     También Pablo, aplicando esta verdad evangélica, exhorta a los cristianos de Colosas a que “busquen las cosas de arriba” (3,1). Con ello les quería decir que el creyente ya no debe asentar su vida sobre proyectos meramente humanos y mundanos, sino que, afirmado en Cristo, debe orientar toda su existencia hacia el Cielo, viviendo en la fe, en la esperanza y la caridad, sembrando, en lo que es y hace, la semilla del Reino que él mismo ha recibido (Cf. Col 3,5-17).

     Por tanto, la “pascua” de Jesús al Padre se actúa definitivamente en su resurrección de entre los muertos. Así es, la resurrección de Jesús conforma con su pasión y muerte un único evento salvífico y el momento culminante de la revelación. Sólo la resurrección da sentido pleno a su pasión, manifiesta su valor y corrobora que el amor de Dios — el amor con que el Padre nos ha amado en su Hijo (Jn 3,16) —, es omnipotente. Es a esta realidad a la que el cuarto evangelista se refiere como el cumplimiento de la Hora (Cf. Jn 12,23.27; 13,1).

     Ahora bien, la resurrección, trascendiendo la historia y transformándola al mismo tiempo desde dentro, es un hecho que a todos sorprende y que reclama la fe. El evangelio proclamado evidencia que tanto para María Magdalena, como para Pedro y el Discípulo Amado, la resurrección de Jesús fue algo inesperado y de difícil comprensión. María Magdalena, por ejemplo, pensaba que el “cuerpo inerme de Jesús” había sido robado y que, por consiguiente, habían profanado el sepulcro. Para ella, el cuerpo muerto tenía que estar donde le correspondía, en el lugar de los muertos, esto es, en el sepulcro. Sin embargo, se equivocaba, puesto que, como indica el evangelista, lo que había sido “quitado” del sepulcro no era el cuerpo del Señor sino “la piedra de la entrada” (Jn 20,1). El cuerpo de Jesús, como había anunciado “simbólicamente” la vivificación de Lázaro (cf. Jn 11,39), había escapado del lugar de la muerte, pero esta verdad todavía era incomprensible para María Magdalena. A pesar de todo, ella, a semejanza de la amada del Cantar de los Cantares, continuará buscando al Señor, a su Amado, y no cesará en ello hasta encontrarlo (Cf. Jn 20,1-2.11-18).

     Por otra parte, Pedro y el Discípulo amado se ven movidos por la noticia desconcertante y preocupante que les anuncia la Magdalena y se ponen en camino para ver qué ha podido suceder, pero a ninguno de los dos se le pasa por la imaginación el que Jesús haya podido resucitar. Por eso las predicciones de Jesús y las Escrituras continúan estando cerradas para ellos.

     La lectura evangélica hodierna no expone ninguna aparición de Jesús, simplemente constata que la piedra ha sido removida del sepulcro y éste está vacío, y que las vendas y el sudario se encuentran dentro, colocados como si el cuerpo de Jesús todavía estuviera allí aunque en realidad ya no lo está. De este modo la liturgia nos plantea diversas preguntas y nos insta a responderlas: “¿Qué dices tú acerca de estos hechos?; ¿Crees que apuntan a la resurrección de Jesús o simplemente te mantienes en tu incredulidad y “pasas” de cuestionarte y de tomar una decisión al respecto?”.

     Es cierto que el paso a la fe pascual es lento y difícil para todos, al mismo tiempo que un don del Cielo. Todos y cada uno de nosotros, como subraya el evangelista, tenemos que aprender a “ver”, a que nuestra mirada sea cada vez más penetrante y conduzca a comprender lo que realmente ha ocurrido con “el cuerpo de Jesús”. El mismo evangelio muestra un proceso del “ver” que va desde María hasta el Discípulo amado pasando por Pedro. María “ve” la piedra retirada (Jn 20,1), el Discípulo amado “ve” dentro del sepulcro los lienzos funerarios (Jn 20,5), Pedro “observa” cómo están colocados y se cuestiona qué puede significar aquello; por último, el Discípulo amado entrando en el sepulcro “comprende y cree” (Jn 20,8). No ha visto al Señor resucitado con sus ojos físicos, pero los signos le han permitido penetrar en el auténtico y profundo sentido de lo ocurrido y “comienza a creer”.

     Del “ver” las diversas señales, que todos veían, se llegó a la “fe incipiente” del Discípulo Amado. La piedra removida, el sepulcro vacío, las vendas en el suelo y el sudario plegado en un lugar aparte apuntaban hacia la verdad que aún no entendían y que el cuarto evangelista comenta a continuación: «No habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). En efecto, la resurrección de Jesús es el evento clave que remite a las Escrituras y, dándolas cumplimiento, las ilumina y permite su auténtica interpretación.

     La fe pascual capacitará a los discípulos para ser testigos del Evangelio en todo el mundo. Ahora bien, para que esta fe llegue a ser adulta, los apóstoles tendrán todavía que “ver” al Resucitado, cuyas apariciones tendrán la finalidad de ayudarles a comprender, por medio del Espíritu Santo, su nueva presencia en medio del mundo y, particularmente, en la Iglesia.

     Pidamos pues al Señor que nos conceda “ver” con los ojos de la fe, para que unidos a Jesús resucitado, en su mismo Espíritu, podamos caminar “buscando las cosas de arriba”, con un corazón que se goza continuamente en su salvación, la misma que estamos celebrando en “este Día que ha hecho para nosotros el Señor”.

 

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