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Luz en mi Camino

30 marzo, 2026 / Carmelitas
JUEVES SANTO: MISA “IN CENA DOMINI” (A)

Ex 12,1-8.11-14

 Sl 115(116),12-13.15-18

  1Cor 11,23-26

Jn 13,1-20

Hoy la Iglesia conmemora la Última Cena del Señor, hecha presente en cada Eucaristía y celebrada por Jesús en el marco de la Pascua hebrea. A ella hace referencia la primera lectura, en la que se exponen las órdenes que Dios dirige al pueblo para celebrar la Pascua antes de ser liberados definitivamente de la opresión de los egipcios. Pablo, en la segunda lectura, relata la institución de la Eucaristía por Jesucristo en la Última Cena; y el evangelio, sobre el que reflexionamos seguidamente, se detiene en el gesto del lavatorio de los pies que Jesús realiza y en el que desvela que su pasión es el servicio de amor extremo que libera al hombre de todas sus esclavitudes.

     En la vigilia de la Pascua hebrea, en las primeras horas del 14 de Nisán, Jesús se reunió por última vez con sus discípulos para iniciar — en el contexto de la cena pascual —, el cumplimiento definitivo de aquello que simbolizaba la historia salvífica de Dios con Israel (Cf. Ex 12,11b-14.42): liberarnos y salvarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y otorgarnos el don de la plena comunión de vida con Dios. Jn 13 no se detiene en demostrar que la cena es aquella de la fiesta judía, pero nos introduce en el significado profundo y decisivo de aquella Pascua en la que el mismo Jesús es el Cordero (Cf. Jn 1,29.36; 19,14.36) que se entrega a sí mismo por amor, revelando el Amor del Padre y comunicándolo a aquellos que, como constata el texto, no están en grado de comprender hasta donde llega. Pascua significa en hebreo: “pasar más allá o de largo” (Cf. Ex 12,13), y la sangre de Jesús-Cordero será el signo hecho realidad con el que los discípulos, y todos los que creerán en Él, serán marcados para que la plaga mortal fruto del pecado que se enraíza en el corazón humano, ya nos los golpee más y “pase definitivamente de largo” ante ellos.

     En esta última cena de Jesús con los suyos, Juan narra el signo y ejemplo (Cf. Jn 13,15) del lavatorio de los pies, dejando que los gestos y palabras de Jesús interpreten su pasión antes de que ésta ocurra en la historia. El Hijo pasa de este mundo al Padre amando verdadera y concretamente a los suyos “con un fin” (interpretación latente en “hasta/para un extremo/fin”: Jn 13,1): hacerles capaces de amar como Él ama, con el mismo amor con Él es amado por el Padre (Jn 13,15; 17,26). Este amor de Jesús por los suyos, que asume la amarga experiencia de la traición de Judas, de la negación de Pedro y del abandono de todos sus discípulos, muestra el precio del amor recíproco al que nos llama (Cf. Jn 13,34).

     Juan separa claramente al autor del pecado, Satanás, del pecador, Judas: «Ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle» (Jn 13,2). Al diablo se le percibe por sus efectos en el pecador, pero la libertad de este último es respetada y salvaguardada, por lo que una disculpa y, por tanto, una conversión permanecen siempre posibles. El temor principal del discípulo es Satanás pero éste está a punto de ser echado fuera (Cf. Jn 12,31).

     Los primeros gestos de Jesús, realizados en silencio (Jn 13,4-5), son una llamada a todos los discípulos — como nuevo Israel en ciernes —, para que miren, se acuerden y comprendan el Amor de Dios (ya incoado en la historia de Israel). El lavatorio de los pies se vincula principalmente a la traición de Judas, y, también, en un momento posterior, a la negación de Pedro (Cf. Jn 13,38). La traición y la negación afectan y conciernen a todos los discípulos, pues todos son “lavados” antes incluso de que ambas sean formalmente realizadas. También las palabras que Jesús dice a Pedro: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde» (Jn 13,7) no alude primariamente a la pasión, muerte o resurrección de Jesús, sino a la traición y a la negación en cuanto tales.

     Aunque Jesús sabe que quien le entrega está allí presente — “no todos estáis limpios” (Jn 13,11) —, lava los pies a todos. Por eso a partir de ese momento, ninguno puede “creerse” libre de la impureza que es la traición, pues con ello sólo mostraría su actitud soberbia y presuntuosa. Por eso, como en el EvMc, todos nos preguntamos: “¿Soy yo, Señor?” (Mc 14,19). Ninguno puede atribuir la impureza al otro, sin condenarlo y excluirlo al mismo tiempo, y sin que el mismo juicio que emite no recaiga también sobre él. La misericordia de Jesús se despliega a favor de todos, por lo que Judas de ningún modo puede sentirse más que los otros discípulos en el punto de mira de las palabras de Jesús. Judas no es separado de los demás (Jn 13,18). Jesús sabe que sus elegidos son débiles y, en particular, aquel que le entrega; por eso en el amor hacia uno (Judas) todos tienen que comprender ese amor único de Jesús que penetra hasta los abismos del pecado y de la desesperación a la que éste puede conducir. Con su amor, Jesús trata de evitar, precisamente, la desesperación de “todos ellos” y de “todos nosotros” (Juan no narrará, de hecho, el suicidio de Judas). Los discípulos tienen que entender lo que ha hecho Jesús para que puedan llegar a amar y servir verdaderamente, en total donación de sí mismos (Jn 18,12-17). La actitud de Judas permite a Jesús mostrar lo que conlleva en sí misma la elección: el que elije (Jesús-el Hijo) es fiel en — y, no obstante, — la infidelidad del elegido (Cf. Rm 5,8).

     Por eso “hacer y amar como (kathōs) Yo he hecho y amado” (Jn 13,15.34) no alude a una burda imitación de Jesús, sino al fundamento sobre el que los discípulos basarán su obrar y su amor mutuo: el servicio y el amor de Jesús son la base que impulsa a los discípulos a servir y a amar como Él. El amor de Jesús, que ama al que le traiciona y al que le niega, exige dar un paso tan extremadamente paradójico que ningún hombre, por sí mismo, lo puede realizar en sus fuerzas: se trata de amar a aquel que no es amable, es más, a aquel que provoca desprecio y asco. Así dirá el Sirácida: «Si has sacado la espada contra tu amigo no desesperes, que aún puede volver; si contra tu amigo has abierto la boca, no te inquietes, que aún cabe reconciliación, salvo caso de ultraje, altanería, revelación de secreto, golpe traidor, que ante esto se marcha todo amigo» (Sir 22,21-22). Pero Jesús no se “fue”: ésta es el plenitud del amor (13,1) que Él, el Señor y Maestro (13,14), revela en el momento de la suma iniquidad. Satanás le asalta por medio del discípulo, pero éste continúa siendo para Jesús objeto amado de su “elección”. En Jesús no se atisba la mínima tendencia de responder a la iniquidad con la iniquidad, al odio con el odio, sino aquella de responder con el amor más sublime a la traición más innoble y a la negación más vil.

     Aún más, para Jesús, la misión de Judas, allí presente, y la de los demás (que le negarán y abandonarán), continúa siendo válida: «En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoge a mí, acoge a Aquel que me ha enviado» (Jn 13,20). El sentido es claro: la misión, el ministerio, el sacramento (sacerdotal y eucarístico) son siempre válidos a pesar de la indignidad, del fracaso y del pecado del misionero o del ministro. Así se revela que la culpa está al servicio de la revelación, pues no habríamos sabido quién es Jesús, si no hubiera sido entregado por Judas; ni habríamos sabido hasta dónde llega el amor de Jesús por los suyos, si no hubiese sido traicionado y negado por uno de sus discípulos, y abandonado por todos ellos. Por consiguiente, hay que entrar vitalmente en la óptica del Amor, “lavándonos los pies los unos a los otros”, si se quiere descubrir hasta qué punto hemos sido amados y somos amados por Dios en su Hijo Jesucristo.

     En esta “hora” todo depende de Jesús: sabiendo lo que le va a suceder podría huir, alejarse y esconderse, apelar a la ayuda de todos sus amigos, pero escoge morir, y no porque la muerte sea buena o porque Dios la quiera, sino porque los hombres la quieren incluso cuando Él ha sembrado continuamente la vida y el bien. Jesús tiene que conocer totalmente el mal que los hombres pueden hacer, para ser capaz de perdonarles y de capacitarles así para perdonar.

     Con este gesto del lavatorio de los pies, Jesús nos enseña que el verdadero amor fraterno es inseparable del servicio, también a aquel amigo que traiciona y niega. Jesús se ha hecho esclavo y ha renunciado a su dignidad para servir humildemente y atraer hacia sí todos los corazones (Cf. Jn 12,32). Por lo tanto, no existe verdadero amor sin servicio, ni auténtico servicio si no es realizado con amor, pues el servicio genuino es amor en acto. De ahí que quien ama sin servir no posea sino un amor hueco, vacío, sin forma, raquítico, anoréxico, y que el que sirve sin amar no sea sino un esclavo, un forzado y, en el fondo, un amargado. El amor de Jesús, que es el mismo amor que moverá a sus discípulos, se dirige a todos y se expresa en el servicio a todos. Y es así como se comprende la Eucaristía, en la que Jesús, haciéndose para nosotros comida y bebida, nos sirve del modo más completo y perfecto. Este amor y servicio es el que nos capacita para participar en su Pasión, es decir, en su mismo destino de amor y de servicio hasta el extremo (Cf. Jn 13,1).

 

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