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Luz en mi Camino

10 septiembre, 2020 / Carmelitas
Luz en mi camino. 24º Domingo del tiempo ordinario (A)

Sir 27,33(39)–28,9(7)

Sl 102(103),1-2.3-4.9-10.11-12

Rm 14,7-9

Mt 18,21-35

    El evangelio hodierno se emplaza dentro del llamado “discurso eclesiástico o comunitario”, el cuarto gran discurso mateano que ocupa todo el capítulo 18. Este contexto eclesial es fundamental para comprender y profundizar en la enseñanza sobre el perdón sin límites que pide Jesús a todos sus discípulos.

    La comunidad cristiana está formada por los ‘pequeños’ que creen en Jesús como el Cristo e Hijo de Dios vivo, a quien siguen fielmente y a través de quien van entrando en el Reino de los Cielos (Mt 18,1-5; Cf. Mt 16,16). Estos ‘pequeños’ son tan importantes a los ojos del Padre que de ninguna manera deben ser escandalizados, es decir, conducidos a perder su ‘pequeñez’ o, dicho de otro modo, la sencillez y humildad con que aceptan la voluntad de Dios manifestada Jesucristo. Por eso, precisamente, recibir a uno de estos ‘pequeños’ en nombre de Jesús es recibir al mismo Hijo (Mt 19,5), a quien ellos han recibido por la fe y por quien, y para quien, viven y mueren (Cf. Rm 14,8). Nada en este mundo puede ser comparado con el Reino de los Cielos que Jesús proclama y encarna, por eso sería preferible haber muerto, aunque fuese trágicamente, antes que provocar un escándalo y separar de Cristo, y por tanto de la comunión con Dios, a alguno de los “pequeños” que creen en Él (Mt 18,6).

    Los cristianos deben aprender asimismo a luchar con las armas de la luz contra el “escándalo” que les puede venir propuesto seductoramente a través de los “ojos”, es decir, del deseo seductor de algo extraño a la bondad querida por Dios a la que se daría el corazón; o a través de las “manos”, en cuanto al poder y capacidad de realizar con las propias posibilidades y fuerzas humanas un proyecto al margen de la voluntad de Dios; o a través de los “pies”, en cuanto a la posibilidad inmediata de conseguir algo a lo que se pediría la vida, sin esperar en la providencia divina (Cf. Mt 18,6-9).

    Los discípulos tampoco deben despreciarse entre sí. Ninguno tiene que repudiar al “otro pequeño” porque esté actuando de modo equivocado, ya que el Padre le ama tanto que no cesará de buscarlo hasta encontrarlo, dondequiera se haya perdido o esté descarriado (Cf. Mt 18,10-14). Por eso, en lugar de responder con el desprecio, el discípulo tiene que responder con el amor y la corrección fraterna. La semana pasada se hablaba, precisamente, sobre tal corrección, cuyo origen es el amor del Padre, y cuya finalidad es que el “otro pequeño” no se pierda, no se aleje del Reino de los Cielos. También se hablaba de la oración en común en el Nombre de Cristo (Mt 18,15-20), dentro de la cual se debe pedir, sin duda, por el hermano que esté siguiendo un camino errado. Esta oración reclama el estar en comunión, el vivir en armonía y, por tanto, el perdonarse

    Pues bien, la pregunta de Pedro sobre el número de veces en que debe perdonar al hermano y la parábola del siervo inmisericorde considera, de algún modo, todos estos puntos previamente señalados. Por otra parte, aunque la cuestión planteada se refiere al perdón por la ofensa sufrida personalmente: “las ofensas que me haga a mí mi hermano” (Mt 18,21), es de suma importancia para todos y cada uno de los miembros de la comunidad, ya que el perdón y el amor mutuo están estrechamente vinculados. Por consiguiente, en esta pregunta sobre el perdón están latentes múltiples aspectos, algunos de los cuales podríamos parafrasearlos de este modo: ¿Cuántas veces debo “sanar el escándalo” con el perdón?; ¿Cuántas veces debo reparar las rupturas?; ¿Cuántas buscar a “la oveja perdida”?; ¿Por qué continuar perdonando cuando el otro no cambia y continúa ofendiéndome? ¿Por qué, si no le perdono, esa “deuda del otro” se vuelve contra mí por voluntad de Dios?

    El fragmento del Sirácida proclamado en la primera lectura sirve de trasfondo veterotestamentario sobre la temática del perdón. El sabio judío exhorta a los que le escuchan a que lo practiquen en las relaciones concretas que diariamente tienen con el prójimo, para poder vivir así en comunión con Dios. El rencor, la ira y el odio impiden dicha comunión, pues el perdón, la salud y la salvación de Dios alcanzan solamente a aquel que obra misericordiosamente con el hermano: «Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?» (Sir 28,2-3).

    Ya cuando habló sobre la oración en el Sermón de la Montaña, enseñó Jesús a sus discípulos que para recibir el perdón de Dios tenían que estar dispuestos a perdonar también ellos a sus semejantes: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores… Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,12.14-15). Así es, Dios es amor misericordioso y quiere que le imitemos en nuestro sentir y obrar (Cf. Mt 5,48).

    Y con todo no hay que desestimar la generosidad de Pedro. Consciente del corazón misericordioso de su Maestro y deseando superar en magnanimidad a la práctica judía que invitaba a perdonar hasta tres veces (Cf. Job 33,29-30), el apóstol ofrece la posibilidad de llegar a perdonar hasta siete veces. Para él, éste sería el número perfecto y máximo, más allá del cual sería factible considerar al hermano un irresoluto y abandonarlo a su suerte. Sin embargo, tal y como Jesús ha enseñado en la parábola de la oveja perdida, Dios busca siempre al descarriado y, por tanto, el discípulo debe imitar a Dios y comprender que perdonando es un modo de buscar y salir al encuentro de ese hermano que está “endeudado” y “perdido” respecto a él. Al mismo tiempo, al perdonarlo, uno mismo se hace “pequeño” y muestra el rostro de Jesucristo que, a lo largo del camino, se revela como rostro misericordioso, como el rostro misericordioso de Dios. Perdonar al hermano significa, por tanto, devolverle la imagen de la misericordia divina que él había perdido al ofenderme.

    Ahora bien, si después de perdonar un número determinado de veces (sean siete o mil) dejo de perdonar, entonces no sólo dejo al hermano “perdido” en su relación conmigo, sino que desfiguro igualmente “mi imagen más profunda”, que es aquella de Cristo (y que recibí al ser perdonado y acogido por Él), y paso a encontrarme nuevamente despojado de la bondad de Dios, esclavizado en mi ira, prisionero en mi dureza de corazón hacia el hermano, solo y sin la vida de comunión con Dios y con los hermanos.

    Por eso Jesús, que tiene el corazón de Dios, le responde a Pedro que es necesario perdonar siempre, sin límites, sin cábalas matemáticas, ya que en ello está en juego no sólo la vida del otro, que me ha ofendido, sino la mía propia en cuanto ésta depende de Dios que es el primero que me ha amado y perdonado en su inmensa misericordia. “Dejar de perdonar” llega a convertirse, de hecho, en causa de escándalo para “el pequeño que cree en el amor de Dios manifestado en Jesús”. Y es esto lo que ilustra la parábola subsiguiente, al señalar que “los compañeros se entristecieron mucho” ante la falta de misericordia que mostró aquel siervo con su deudor, y al subrayar en el último versículo la dimensión teológica vinculada a dicho perdón: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial [es decir, no perdonaros], si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano» (Mt 18,35). Las sumas de dinero que se barajan muestran la diferencia inmensa que existe entre el perdón recibido de Dios (a quien representa el rey de la parábola): “diez mil talentos” (Mt 18,24), que en la moneda actual equivaldrían a varios millones de euros; y el perdón que se debe al hermano: “cien denarios” (Mt 18,28), que correspondería al sueldo base de unos tres meses.

    Lo que une o separa del prójimo no es la “cantidad adeuda”, sino el perdón o la inmisericordia que, respectivamente, se tenga con él. El fundamento de nuestro comportamiento es el obrar mismo de Dios. Él nos ofrece la vida eterna si perdonamos a nuestro prójimo lo poco que nos puede ofender, sin echarnos en cara que nos ha amado hasta el punto de haber entregado a su Hijo en nuestras manos pecadoras para salvarnos de la condena del pecado que nos separaba de Él, la única fuente verdadera en la que podemos encontrar el amor y la vida dichosa (Cf. Jn 3,16). Sí, Dios nos perdona todo, pero con la condición de que nosotros también perdonemos al prójimo y dejemos de obrar tiránicamente contra él por las ofensas que nos haga, sean graves o ínfimas.

    Además, el discípulo tiene que estar dispuesto a perdonar “de corazón” (Mt 18,35) y no de cualquier manera. Esto tiene una gran importancia, ya que en el perdón se entrega uno mismo al hermano sin desconfianza, sin resabios, sin acritud, abriéndole de nuevo el corazón con gran alegría, con aquella misma alegría con la que Dios acoge al pecador arrepentido, y que fue y es la alegría con la que continuamente nos perdona a cada uno de nosotros (Cf. Lc 15,7.10.32).

    Pidamos hoy al Señor que nos haga cada vez más conscientes de la misericordia que de Él recibimos y que nos conceda, al mismo tiempo, la capacidad de obrarla continuamente hacia el prójimo en nuestra vida concreta, movidos por el Espíritu de amor que, por medio de la fe en su Hijo, ha derramado en nuestros corazones.

 

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