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Luz en mi Camino

17 septiembre, 2020 / Carmelitas
Luz en mi camino. 25º Domingo del tiempo ordinario (A)

Is 55,6-9

Sl 144(145),2-18

Flp 1,20c-27a

Mt 20,1-16

    La enseñanza de Jesús que hoy transmite el evangelio nos desconcierta, pero es así como, con su pedagogía divina, quiere mostrarnos y ayudarnos a comprender su veraz, concreto y eficaz deseo de abrir y transformar nuestros corazones, encerrados en justicias estrictamente meritorias y distributivas, a imagen y semejanza del corazón infinitamente misericordioso, compasivo y generoso de Dios.

    La lectura del Deuteroisaías, un profeta anónimo del s. VI a.C., se lee como trasfondo de la parábola evangélica y sirve para contextualizar y justificar, de alguna manera, el extraño y aparentemente injusto obrar del dueño de la vid. Pues, para entenderle correctamente, hay que tener presente que “los planes del Señor no son nuestros planes, ni nuestros caminos son sus caminos” (Is 55,8), y que, por tanto, tenemos necesidad de dejar que nuestros pensamientos sean iluminados por la luz del Dios vivo y santo que es “rico en perdón”, piadoso, generoso en extremo, y para quien sorprendentemente “los últimos serán primeros y los primeros, últimos” (Mt 20,16; Cf. Mt 19,30).

    Esta parábola, exclusiva del evangelista Mateo, tiene dos partes:

    1. La primera (Mt 20,1-7), describe la sucesiva contratación de obreros por parte del patrón de una viña, siguiendo la costumbre palestina que estaba en usanza en tiempos de Jesús. La viña, según la tradición bíblica, simboliza al pueblo de Israel, plantación elegida de YHWH pero, a menudo, infiel a su Señor (Cf. Is 5,1-7; Jr 2,21; Ez 17,6-10). En cuanto a los contratos, a excepción del último, van aconteciendo con un ritmo ternario que se corresponde con la división grecorromana del día: el primer grupo es ajustado a las seis de la mañana, es decir, al inicio de la jornada laboral; los otros grupos de obreros son empleados a las nueve (la tercia), a las doce (la sexta), a las tres de la tarde (la nona), y a las cinco de la tarde (la undécima), justo una hora antes de que concluyese el trabajo.
    2. La segunda parte (Mt 20,8-15), sobre la que recae el acento del relato, expone el pago del jornal a los trabajadores y, vinculado a esto, la sorpresa que se llevan los primeros jornaleros cuando ven que los últimos, aquellos contratados a las cinco de la tarde, reciben un denario, es decir, el salario que ellos habían acordado a primera hora con el patrón. Este hecho les hace pensar que ellos iban a recibir mucho más dinero, pero no es así, sino que cobran también un denario, lo que les mueve a murmuran contra el propietario, diciendo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno» (Mt 20,11). Pienso que también nosotros nos hacemos solidarios de este pensamiento porque, al igual que a ellos, nos parece injusto el comportamiento del dueño de la viña.

    El patrón usa de paciencia y explica a uno de los primeros contratados que no está obrando injustamente con él: «Amigo — le dice —, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?» (Mt 20,13); es decir, le ha pagado según el acuerdo establecido y esto es un acto de justicia. Pero el patrón le presenta, al mismo tiempo, una perspectiva de generosidad que recae exclusivamente sobre él: «Pero [yo, por mi parte] deseo darle a este último igual que a ti» (Mt 20,14). Es decir, el propietario quiere ser generoso con los obreros que llegaron a última hora, que ciertamente no habían ganado con su trabajo el salario recibido, pero del que tenían necesidad para poder sobrevivir. El dueño de la viña, conocedor de esta necesidad vital, les da de más por largueza e, implícitamente, por compasión: «¿Es que no me está permitido hacer con lo mío lo que quiero?» (Mt 20,15). La justicia y la generosidad hacia el necesitado van aquí unidas estrecha e inseparablemente. Los trabajadores de última hora eran desempleados que no podían ganar nada y necesitaban un salario para poder subsistir, un salario que el patrón les dio por liberalidad.

    Jesús justifica con esta enseñanza su obrar misericordioso y hace frente, al mismo tiempo, a las críticas y reproches que los fariseos, que se consideraban los “justos” y los “primeros”, levantaban a menudo contra Él por comer con los “últimos”, es decir, con los pecadores y publicanos. Pero lejos de violar la justicia divina, Jesús deja claro que con su comportamiento está manifestando la inmensa bondad de Dios-Padre.

    Cabe preguntarnos, por ello, si nosotros no somos semejantes a los obreros murmuradores de la parábola, una “murmuración” que, según el pensamiento bíblico, se debe a la falta de fe y de confianza en el Señor, hasta el punto de llegar a considerar en Él o en sus enviados una doble y malvada intención (Cf. Ex 14,11-12; Nm 14,2-3). Por eso el mensaje de Jesús se dirige a todos aquellos que se escandalizan de que el Reino de Dios y la Buena Noticia estén abiertos a los pecadores, a los humildes, a los marginados de la sociedad, a los “últimos”.

    Dentro del contexto mateano en que se encuentra, esta parábola también sirve para clarificar que la recompensa que es prometida a los discípulos y que ha sido descrita en el fragmento precedente: «Yo os aseguro — les dice Jesús — que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna» (Cf. Mt 19,27-29), no debe de ser considerada un derecho por el trabajo realizado por el Reino, sino un don gratuito de Dios.

    El evangelista parece además considerar e iluminar con esta parábola la apertura universal a todos los pueblos y culturas del mensaje evangélico. La igualdad de los gentiles, los “últimos”, con los judíos, los “primeros”, hería aquellas concepciones del judaísmo oficial que sostenían que la salvación era un privilegio nacional y cultural, algo que les hacía creerse superiores y “primeros” a todas las demás naciones. Pero el mensaje de Jesús y su entrega en la cruz por la salvación del mundo aúna a toda la humanidad, sin excepción y sin clases, se sea judío o pagano, justo o pecador, esclavo o libre, hombre o mujer (Cf. Ga 3,28; Rm 10,12; 1Cor 12,13). La Nueva Alianza (Cf. Jr 31,31-34) no se funda en la justicia distributiva, sino en la gracia y el perdón ofrecidos en Cristo Jesús. La vida eterna es un don de Dios y no un salario que uno recibe por las obras realizadas en conformidad con la Ley; la salvación no es una recompensa contractual, sino una iniciativa divina de amor y de comunión a la que el hombre está invitado a participar plenamente con alegría y agradecimiento.

    Los cristianos somos exhortados hoy a seguir esta actitud de amor gratuito y generoso que tuvo Jesús, el patrón de la viña, para hacer posible que el hombre viviese para siempre. Esta actitud también tiene que alcanzar al sistema económico de nuestras sociedades. Ya existen leyes que contemplan el dar a quien no tiene trabajo y a quien por enfermedad o minusvalía no puede trabajar, un dinero para que puedan vivir; un dinero que, según la estricta “justicia distributiva”, no tendrían derecho a recibir porque “no trabajan”. Pero esta enseñanza cristiana, a través de nuestra oración, trabajo y testimonio, tiene que penetrar todavía mucho más en el entramado social y económico, y en las relaciones internacionales para que las naciones ricas ayuden más generosa y concretamente a las más pobres.

    También en la segunda lectura Pablo da testimonio de vivir con esta mentalidad divina de entrega generosa, y no sólo en relación con las cosas materiales sino dándose a sí mismo totalmente a la predicación del Evangelio por amor a Cristo. De ahí que, considerando su tarea apostólica, elija continuar su misión evangelizadora en vez de morir para estar con Cristo en el Cielo: «Si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero… quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros» (Flp 1,22.24). Y el Evangelio no sólo mira a esta vida terrena, sino sobre todo a la eterna, pues está penetrado de la misericordia y liberalidad divinas que el apóstol ha hecho suyas, sin preocuparse de la recompensa o del salario, sino únicamente en trabajar y entregarse totalmente al servicio del Señor, sabedor de que la vida eterna no debe de ser considerada como una recompensa debida a sus méritos personales, sino como un don gratuito de la largueza divina.

    En la Eucaristía celebramos este amor gratuito y generoso de Dios y, recibiendo a Cristo en la fe, a través de la Palabra y del sacramento de su cuerpo y sangre, se nos infunde su mismo Espíritu, el cual nos impulsa a transformar y conformar nuestros pensamientos a los de Dios, y a ofrecer nuestros cuerpos a su servicio, estando unidos a su mismo sacrificio de entrega amorosa y salvífica por toda la humanidad.

 

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