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Luz en mi Camino

31 marzo, 2021 / Carmelitas
Luz en mi camino. Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

He 10,34a.37-43

Sl 117(118),1-2.16ab-17.22-23

Col 3,1-4

Jn 20,1-9

    La pasión y la muerte no fueron el final de Jesús, sino su “paso” a la resurrección, a la unión con el Padre. Su pasión, muerte y resurrección es el cumplimiento de su Hora, en la que revela el amor supremo con que el Padre nos ama. Y desde la fe podemos comprender que la resurrección manifiesta el significado y el valor que tiene la muerte de Jesús, su modo de morir; podemos comprender y gustar que su vida entregada por amor no fue perdida ni destruida sino ganada, y que desde ella fluyen ahora para nosotros la Vida y la Alegría con una sobreabundancia inagotable.

    El testimonio del Evangelio es unánime a este respecto: el Resucitado y el Crucificado son uno y el mismo, inseparables, por lo que negar al Resucitado es negar al Crucificado. Esta verdad, junto con el mismo testimonio de la Escritura (Cf. Jn 20,9), rechazan las posiciones teológicas que afirman que los discípulos “vieron” al Crucificado pero “no vieron” al Resucitado. Sin este “ver” todo el misterio pascual acontecido en Jesús, esto es, su “paso” cierto de este mundo al Padre, sólo habría quedado en desilusión para los discípulos (como reflejaban los de Emaús en Lc 24,19-24), o en el regreso desconcertado a casa desde el sepulcro (Jn 20,10), o en el llanto amargo junto a él (Jn 20,11), hasta que todo hubiera quedado borrado de la historia. Si no hubieran visto al Resucitado, ninguno de nosotros habría accedido a la fe, porque jamás la misión evangelizadora confiada a los discípulos — y, en ellos, a toda la Iglesia — se habría llevado a cabo.

    “El primer día de la semana” (Jn 20,1) (16 de Nisán), sucesivo al sábado de Pascua (15 de Nisán), corresponde al tercer día después de la muerte de Jesús (14 de Nisán), al día que ha entrado a formar parte de nuestro credo: “al tercer día resucitó”. Esta simple indicación temporal señala la inauguración de un nuevo calendario, de un tiempo diverso (Cf. Jn 20,19.26). El primer día de la semana judía, cuyo punto culminante era el sábado, se convierte ahora en el Primer Día, y el principal, de la semana cristiana. La resurrección marca en la historia humana un antes de Jesucristo y un después de Él, y señala la irrupción de la escatología en la historia, ya que el tiempo y el espacio pertenecen, a partir de ese evento, para siempre y definitivamente al Resucitado.

El “primer día” vincula la resurrección con la creación. La resurrección es la creación culminada, definitivamente realizada. Esta verdad revelada nos ayuda a comprender que estamos siendo creados y que sólo en Cristo alcanza nuestra creación su plenitud. En este primer día de la semana, las tinieblas (Jn 20,1: “Cuando aún estaba oscuro”) son separadas por la Luz del Resucitado, y su Espíritu, que al principio aleteaba sobre la aguas (Cf. Gn 1,2), es entregado para el perdón de los pecados, santificando al hombre y recreándolo desde dentro (Jn 20,9). Por eso las tinieblas que subsisten en el mundo, en la historia y en nuestra propia vida están llamadas y abocadas irremediablemente a dar paso a la Luz.

    También la piedra que sellaba el sepulcro, y que ponía un punto final a todo lo acontecido con Jesús, ha sido removida de la entrada (Cf. Jn 20,1), y su apertura apunta a la nueva realidad del Resucitado que todavía no ha sido descubierta por persona alguna hasta ese instante. Y el sepulcro se convierte muy pronto en un lugar de idas y venidas (Jn 20,1-2), porque plantea una cuestión inmensa que la razón humana no logra contestar por sí misma.

    “La vendas de lino tendidas” (Jn 20,5.6) en el arcosolio, donde habían depositado el cuerpo inerme de Jesús, indican que la muerte, “las redes del Sheol” (Sl 116,3), no ha podido retenerle. Y “el sudario” (Jn 20,7), la pieza que envolvía su cabeza para impedir que su boca se abriese, lo encuentran “plegado o enrollado”, como conservando la moldura o forma de la cabeza de Jesús. Y este orden de las cosas dentro del sepulcro es muy importante, porque asegura a los discípulos que el cuerpo de Jesús no ha sido robado, pues los ladrones habrían sacado del sepulcro el cadáver pero no se habrían detenido a desnudarlo y a dejar todo bien colocado.

    Cuando el discípulo amado, que aparece unido a Pedro, garante de la fe (Cf. Jn 21,15-17), entró en el sepulcro: “vio y creyó” (Jn 20,8). Se trata de un primer paso hacia la fe, como indica la forma verbal griega: “empezó a creer”. La fe del discípulo amado se basa ahora sobre el “signo” de la piedra removida de la entrada del sepulcro, de la presencia de los vestidos fúnebres, y del sepulcro vacío, y sólo alcanzará su madurez y sólida garantía cuando, como los demás discípulos, “vea” al Resucitado. De hecho, a diferencia de la “vivificación” de Lázaro, la resurrección de Jesús no es aquella del retorno de un “cuerpo mortal” a la vida, de ahí que la visión del Resucitado, necesaria en un primer momento, esté destinada a sostener la fe, que será la que permanecerá en la historia a través del testimonio y la que recibirá, de los labios del mismo Jesús, el sello de la bienaventuranza: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

    El discípulo, asombrado por la ausencia del cuerpo de Jesús, todavía no comprende, no sabe que el Señor ha resucitado, pues como dice el versículo siguiente: «hasta entonces todavía no comprendían la Escritura, (esto es,) que era necesario que Él resucitase de los muertos» (Jn 20,9). Ambos discípulos volverán desconcertados y desilusionados a donde estaban sus compañeros (Jn 20,10), porque todavía no han sido transformados por la visión de fe del Señor resucitado. Sólo la “visión” de Jesús resucitado les transformará definitivamente y cambiará su llanto en canto, su tristeza en alegría, su miedo en valentía y su silencio en anuncio jubiloso para toda la humanidad.

    La Escritura es fundamental porque contribuye a hacer comprensible el evento del Verbo encarnado, muerto y resucitado, y a evitar falsas representaciones del Resucitado y de la resurrección. En este sentido, las Escrituras ofrecen un “cuerpo” al Resucitado, y los discípulos, en quien está incoada la Iglesia (Cuerpo de Cristo), serán para todos nosotros el vínculo de unión entre el “cuerpo ausente” del Resucitado y las Escrituras.

    Con todo, si nos damos cuenta no hay nada de imaginario, confuso o paranormal en el irrumpir del nuevo Día que anuncia la Resurrección y el nacimiento de la fe. Todo es, a simple vista, muy sencillo y normal: (1.) La piedra removida antes de que amanezca y la profunda tristeza de María porque piensa que se han llevado el cuerpo muerto de su amado; (2.) La tumba vacía y la desaparición de un cadáver que ni amigos ni adversarios han podido jamás encontrar; (3.) Los dos discípulos, que conforman el número legal mínimo para testificar válida y creíblemente ante un tribunal, son testigos de la tumba vacía; (4.) Y dentro del sepulcro no se ve nada mágico o extraordinario, sino las vendas extendidas y el sudario enrollado.

    Sin embargo, también es cierto que la fe “ve” de qué modo están las cosas dispuestas, intuye que lo ocurrido en la historia no queda limitado al ámbito humano, y acepta que Dios ha obrado y entrado en contacto con el ser humano y que Jesucristo, el Señor, habiendo amado hasta el extremo, ha resucitado como había dicho. De este modo, el obrar de Dios alcanza al que se abre a su acción, al que, como el discípulo amado, acepta que la “fe” le alcance.

    En nuestra vida también sigue obrando el Resucitado, pero no podemos tocarlo con la mano, ni verlo con nuestros ojos físicos. Disponemos tan sólo de simples “signos”, del “modo como están dispuestas las cosas”, y que, contemplándolos, pueden encaminarnos hacia la fe. Se trata, yo diría, de “ver” cómo todo, lo bueno y lo malo que hemos hecho, o que nos ha acontecido en contra de nuestra voluntad, ha sido conformado en un todo bien dispuesto en el que late la callada acción de Dios y la sutil presencia del Resucitado. Si ese día llegase, bien por medio del anuncio evangélico o por la escondida acción del Espíritu, y se “viera” ese diseño en el que todo ha sido encajado con hilos de bondad, es posible entonces que se “vea” a Dios obrando en nuestra existencia, y que entonces la humildad, frente al Dios que tanto nos ama, se convierta en la antesala y en el impulso que conduce a la fe, al encuentro con el Resucitado y a la entrega confiada de toda la existencia a su Persona. Y es entonces cuando de la fe se pasará a gustar la Vida y la Alegría que brotan de vivir unidos a Él; es entonces cuando de la fe se pasará a anunciar el Evangelio, a proclamar el mismo anuncio de la Buena Noticia que hoy proclama la Iglesia y que resuena jubiloso para toda la humanidad.

 

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