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Luz en mi Camino

30 marzo, 2021 / Carmelitas
Luz en mi camino. Viernes Santo: Celebración de la Pasión del Señor.

Is 52,13–53,12

Sl 30(31),2.6.12-13.15-16.17.25

Heb 4,14-16; 5,7-9

Jn 18,1–19,42

    La Iglesia nos invita hoy, al inicio del Triduo Pascual, a meditar en la pasión, muerte y sepultura de Jesús, para que penetremos en el conocimiento del misterio del Dios-Trino y crezcamos en la comprensión y aceptación de su amor inmenso hacia nosotros, pues dicho amor es el fundamento de nuestro ser y existencia.

    La primera lectura de Isaías ya desvela en el Siervo de YHWH esta realidad divina y humana. Dios, obrando de manera particular en Israel, presenta la historia de la salvación como una escuela de educación para todos los hombres, en la que nos enseña a aceptar la lógica del amor, según la cual uno conserva la vida si la entrega al modo como lo hace, de manera ejemplar, su Siervo. Nosotros pensamos que nuestra plenitud y grandeza se encuentra en prevalecer sobre los demás dominándolos, pero Dios que nos ha creado a “su propia imagen y semejanza” no piensa lo mismo, y nos exhorta a que contemplemos a su Siervo para poder comprender de qué modo seremos exaltados y alcanzaremos la plenitud de la vida en Él: «He aquí que mi Siervo prosperará, será enaltecido, levantado y ensalzado sobre manera» (Is 52,13).

    El Siervo es humilde, semejante a un pequeño arbusto en el desierto que crece privado de agua y que a nadie llama la atención porque carece de belleza, de vigor y de valor: «Creció en su presencia como un retoño, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y desestimado» (Is 53,2-3a). De este modo, el hombre tiene que aprender que lo que cuenta es su persona, la “perla” que lleva dentro y permanece oculta a la vista física pero que está bien presente a los ojos de Dios, porque es allí en el interior donde el Señor se comunica con “su Siervo”, aunque los hombres le desprecien, venzan y destruyan. De hecho, el juicio omnisciente y omnipotente de Dios es diverso a aquel de los hombres: lejos de considerarle un fracasado y derrotado, afirma que el sufrimiento, el sacrificio y la entrega de la vida que realiza el Siervo es el mayor triunfo y la victoria más excelsa porque ganará los corazones de aquellos mismos que le maltrataron (Is 53,11-12). Es así como Dios realiza su proyecto salvífico y el modo como el Siervo manifiesta su unión con Dios y revela el ser de Dios y su actitud de suma bondad hacia la humanidad.

    Jesús encarna perfecta y definitivamente la imagen del Siervo, por lo que el ser humano tiene que mirarle para conocer a Dios y conocerse a sí mismo. Jesús no nos salva sembrando odio, juicios temerarios, violencia y opresión, ya que tales actitudes no son propias de “la imagen y semejanza de Dios” a la que hemos sido creados, sino que gana el corazón humano humillándose ante él, sirviéndole como “cordero sin mancha” para cargar sobre sí toda la soberbia, ira, codicia, envidia, lujuria, gula y pereza que le atenazan y le impiden ver cómo es Dios, cómo es él mismo y a qué grandeza de amor y de vida está llamado. En la pasión, confluyen sobre Jesús todos nuestros males, porque para liberarnos de ellos entrega su vida (Cf. Mc 10,45; 14,22-24), y de este modo manifestará de qué modo es Rey y de qué modo podemos llegar a reinar unidos a Él.

    Nunca han dejado de surgir reyes y gobernantes movidos por los principios y el Príncipe de este mundo. En tiempos de Jesús, Israel continuaba proclamando la realeza de YHWH y oraba para que suscitara un hijo de David que reinase sobre su pueblo y quebrantase definitivamente el yugo de todas las potencias extranjeras que les oprimían, y en particular aquel del imperio romano, ya que desde el año 63 a.C., Pompeyo había tomado Jerusalén y sometido a Judá bajo el dominio de Roma. Las rebeliones contra el opresor no habían tardado en producirse y en sucederse continuamente, sobre todo después de la muerte de Herodes, el 4 a.C. En Perea, por ejemplo, se rebeló Simón y quemó los palacios de Jericó, provocando una revuelta que se extendió por todo el reino. En Judea fue un pastor, Atronge, el que se sublevó e infligió un gran número de bajas en el ejército romano. Y cuando el censo de Quirino (el 6 d.C.), se amotinará en Séforis Judas el Galileo (Cf. He 5,37) e incitará al pueblo a no pagar el tributo al César. Pero todas las revueltas habían sido sofocadas con la violencia y el derramamiento de sangre, y desde el 6 hasta el 36 d.C., Judea vivió un periodo de relativa calma, durante el cual Pilato llegó a ser gobernador (del 26 al 36 d.C.).

    El diálogo que Jesús y Pilato mantienen sobre la realeza se emplaza en este contexto histórico, y la pregunta de procurador romano: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18,33), no carece de perplejidad y de sarcasmo. Se encuentra ante un hombre solo, desarmado y sin ejército que le defienda, abandonado por sus amigos y acusado por la gente de su pueblo de ser un malhechor y una amenaza para el imperio: ¿De quién puede ser entonces rey? ¿Qué peligro puede correr entonces Roma?

    Pero Jesús, que no busca hacerse con el imperio mundano sino conquistar el corazón de todos los hombres para Dios, incluyendo también aquel de Pilato, le obliga con su respuesta a tomar conciencia de su responsabilidad y, por tanto, del abuso de poder que seguidamente “descargará” sobre Él: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» (Jn 18,34), es decir, ¿tienes verdaderamente alguna razón para considerarme un revolucionario, un sedicioso, o estás haciendo caso a lo que otros dicen de mí?

    Pilato, el inquisidor inquirido, niega su responsabilidad: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» (Jn 18,35). No le interesan los títulos que le den a Jesús, sino lo que ha realizado, con el fin de aclarar si es o no un revolucionario. Jesús trata entonces de ayudar a Pilato a que entienda que su realeza no se enmarca dentro del orden temporal y político: «Mi Reino — le dice — no es de este mundo» (Jn 18,36). Pero Pilato no conoce otro reino que no esté asentado sobre los principios que rigen este mundo. Sólo sabe que los hombres, movidos por la ambición, usan la fuerza, la astucia, las intrigas, la propaganda, el dinero y las armas para dominar sobre territorios y personas, y que se pertrechan detrás de un gran ejército para defender todas sus posesiones. Pilato no entiende otra cosa que el aquel que tiene el poder, como lo tenía César Tiberio por aquel entonces, se impone, ordena y manda, y que sus súbditos no tienen otra cosa que hacer que estarle sometidos y obedecerle.

    ¿De qué Reino habla entonces Jesús? Pues bien, Jesús se refiere a un Reino que proviene del amor salvífico de Dios; un Reino en el que en vez de matar, el Rey entrega su vida por todos; en vez de mandar, obedece hasta la muerte; en vez de juntarse con los poderosos, se pone al lado de los débiles y despreciados, de los que no cuentan nada, de aquellos sobre los que cae toda la miseria y el mal de los demás. Un Reino en el que el poder, la conquista y el exterminio no son signos de fuerza sino expresión de la atroz esclavitud, debilidad y derrota en la que se encuentra el ser humano. Grande, el verdaderamente grande, el verdaderamente “hombre”, es aquel que sirve por amor a los otros, hasta entregar su misma vida por ellos.

    “Sueños de un loco” parece esto, y Pilato los cuestiona irónicamente: «¿Luego tú eres Rey?» (Jn 18,37). Sin embargo Jesús, que ha rechazado las propuestas de realeza según el Príncipe de este mundo (Cf. Mt 4,8-10), que ha defraudado todas las expectativas mesiánicas de sus discípulos y del pueblo (Cf. Jn 6,15), que se encuentra arrestado y hecho un guiñapo en manos de los hombres, confiesa solemnemente ante el representante del mundo pagano: «Sí, como dices, soy Rey», pues «para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

    Su realeza se manifiesta en el testimonio que, con su propia vida y persona, da sobre la verdad. No se trata de la “verdad filosófica” que pretendía desvelar la esencia de las cosas, ni de la “verdad histórica” que trataba de narrar los hechos tal y como habían acontecido, del modo más objetivo posible. La verdad de la que habla Jesús concuerda con aquella latente en la mentalidad hebrea y transmitida en la Escritura, y se refiere a la fidelidad inconmovible, irrenunciable y constante a la palabra dada. Por eso aquel que dice la verdad es alguien verdadero, alguien en quien uno puede fiarse y confiarse. Dios es la verdad porque jamás se desmiente o contradice, siempre mantiene sus promesas movido por un amor que nunca podrá ser enturbiado o roto por nada ni nadie. La verdad hebrea no es, por tanto, un sistema de ideas más o menos lógicas, sino el diseño de amor salvífico que Dios despliega en la historia. Por consiguiente, conocer la verdad significa comprender tal diseño y dejarse alcanzar e implicar totalmente en su realización.

    Este diseño divino se encarna plenamente en una persona: Jesús, quien da testimonio de la verdad y es la verdad (Jn 14,6). Su presencia en el mundo, con su vida entregada en manos de los hombres, demuestra que Dios es el Señor y el Rey del mundo, y que verdaderamente ama al ser humano sin medida, manifestando así el “principio” del que ha sido creado el hombre y la fidelidad y veracidad de Dios al mismo.

    Lejos de confirmar el dicho falaz: “La libertad es la verdad”, Jesús lo desmiente al anunciar, enseñar y testimoniar que solo “la verdad (que es Él) nos hace libres” (Jn 8,32), porque sólo quien vive en conformidad con el Evangelio es liberado de las ataduras de sus pasiones, de sus ansias de poder, de los ídolos y temores que le incapacitan para amar y le hacen vivir en la muerte, esclavizado a los principios y al Príncipe de este mundo.

    Además, la realeza de Jesús no quedó abolida porque el Procurador romano cediese a las demandas de muerte y le condenase injustamente a morir crucificado. De hecho Pilato pondrá en el patíbulo una inscripción escrita en griego, latín y hebreo, que decía: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos» (Jn 19,19). He aquí, ahora, la ironía divina: Pilato, representante y símbolo de los reinos de este mundo, reconocía oficialmente lo que sus actos negaban, esto es, la realeza de Jesús. Tanto es así que cuando los sumos sacerdotes protestan para que rectifique, Pilato declarará que su acción es irreversible: «Lo que he escrito, lo he escrito» (Jn 19,22), confirmando con ello que ni siquiera él, que gozaba de la autoridad del emperador, podía modificar lo que él mismo había mandado escribir. De este modo dejaba vislumbrar que la victoria de los humildes había comenzado ya a realizarse inexorablemente con la victoria de su Rey elevado en la cruz. Jesús había cargado sobre sí mismo el corazón corrompido de Pilato y, junto con él, aquel de todos los poderes corruptos que surgen en este mundo, destruyendo en la cruz todo su mal y convirtiéndoles, como “Rey de los judíos”, a la verdad salvífica de la justicia de Dios.

    Hoy, ante Jesús, el Mesías muerto y sepultado, salimos de la Iglesia en silencio, pero sabiendo que “todo se ha cumplido” (Jn 19,30), y que la semilla de su Amor, caída en la tierra del corazón creyente, no tardará en brotar, en romper la piedra del sepulcro y del “corazón endurecido”, para florecer con los frutos de la caridad, de la verdad, de la confianza plena en Dios y de la esperanza que no muere y que ilumina “con su amor extremo” a toda la humanidad.

 

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