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6 diciembre, 2018 / Carmelitas
Primer Domingo de Adviento

Jr 33,14-16

Sl 24(25),4-5.8-10.14

Lc 21,25-28.34-36

1Te 3,12–4,2

Comenzamos hoy, junto con el primer domingo del tiempo de Adviento, el nuevo ciclo litúrgico, el ciclo C, en el que Lucas nos ayudará a penetrar, por medio de su evangelio, en el misterio de Jesucristo y de la salvación que misericordiosamente en Él hemos recibido.

Las lecturas bíblicas que nos introducen en el periodo de Adviento utilizan imágenes y símbolos bíblicos vivos, concretos e impactantes que, ciertamente, no nos dejan indiferentes. Estas imágenes quieren penetrar en nuestra imaginación y llegar, a través de la fantasía y de la creatividad imaginativa que suscitan, a lo profundo de nuestro corazón para grabarse en él como palabra de verdad, de amor y de vida divina.

El breve fragmento del profeta Jeremías pertenece a la tercera parte de su libro, formada por los capítulos 26-35. Los primeros dos versículos (33,14-15) transmiten casi literalmente Jr 23,5-6 y se hacen eco de la profecía de Is 4,2 y 11,1. Aluden a la renovación de las promesas referidas al Germen justo, que es el primer gran símbolo a tener en consideración. La parte inicial preanuncia su contenido y lo presenta como acto de fidelidad de Dios a sus promesas y, por tanto, a sí mismo, a pesar de la reiterada infidelidad de su pueblo.

El contenido es, por tanto, la venida del Germen justo. “Germen” es el título mesiánico usado preferentemente en los ambientes proféticos para referirse al Mesías descendiente de David (Cf. Is 4,2; Za 3,8; 6,12). Jeremías subraya la intervención directa de Dios en la venida de este personaje: “Haré brotar” (33,15). Al contrario de tantos reyes descendientes de David, corrompidos y malvados, indignos de ostentar su cargo, el nuevo vástago profetizado será justo (un título propiamente mesiánico), es decir, se ajustará en todo a la Torah, a la voluntad de Dios, a la Alianza. Su obra se centrará, de hecho, en el restablecimiento del orden y de la justicia sobre la tierra, renovando definitivamente las relaciones del pueblo con Dios y las relaciones de los miembros del pueblo entre sí mismos. El nombre simbólico: “el Señor, justicia nuestra” que en Jr 23,6 se aplica al Mesías, se refiere en nuestro texto a la ciudad de Jerusalén, como emblema de todo el pueblo, e indica la característica fundamental del reino mesiánico instaurado por el Germen-Rey de justicia: un rey justo hace que su ciudad, su pueblo, sea justo.

Este germen davídico es signo de vida y esperanza y abre las perspectivas del futuro a la paz, a la justicia y a la prosperidad. No es, en efecto, la corrupción, sino la rectitud a la palabra de Dios la que produce tales frutos. La humanidad anhela la justicia, pero no consigue establecerla por sí misma en la historia. Según el Nuevo Testamento, esta justicia es comunicada por Jesucristo a todos los creyentes, a todos los miembros del nuevo pueblo elegido. Por eso el nombre “Señor-nuestra-justicia” podrá atribuirse conjuntamente a Jesús y, por extensión, a la Iglesia. A Jesús en cuanto dador y fuente de la justicia, y a la Iglesia en cuanto nuevo pueblo de Dios en la que se recibe y se participa de dicha justicia y donde ésta es puesta por obra.

Anunciando el Evangelio, la Iglesia recuerda, generación tras generación, que hemos de mirar al único Señor de la justicia, a Jesucristo (Cf. 1Cor 1,30), y encaminarnos hacia Él, porque sólo con Él, en Él y por Él, es posible construir verdaderamente la ciudad de la justicia. Este encaminarse lo indica la imagen simbólica del camino, presente de muy diversos modos y repetitivamente en el salmo 25: “Tus vías/tus senderos/guíame/camino justo/enseñar los caminos”. La Escritura deja claro que no todos los caminos son iguales. Y esto se contrapone al pensamiento generalizado que late en la memoria colectiva de nuestra sociedad, según el cual cualquier modo de vivir o camino es admitido sin “peros” y toda opción de vida, sea moral o inmoral, parece ser válida y legítima. La Escritura cuestiona seriamente esta mentalidad, la ilumina y disecciona las opciones en dos senderos, en dos vías, en dos caminos irreconciliables e incompatibles. Por una parte está el camino del bien, de la vida y de la paz, y, por otra, está también la vía del mal, de la muerte y del odio. Existe el ancho camino de fácil acceso, de alegrías inmediatas, pero cuyo final será trágico y fatal, y existe aquella vía más angosta, dura y sufrida que sube, sin embargo, hacia lo Alto y se va revistiendo del esplendor de la gloria de Dios hasta alcanzar la comunión de vida con Él.

El salmista pide a Dios que lo guíe precisamente por el camino justo para no errar por el desierto. Esta oración es necesaria, imprescindible, innegociable. No se debe abandonar en modo alguno, es preciso dirigirla a Dios incesantemente para no caer en las tentaciones que nos extravían y desvían del camino recto de la verdad y de la justicia, que empañan la estrella del Dios providente que orienta las noches de nuestras dudas, o que nos dejan bloqueados por presuntos obstáculos insuperables (como enfermedades, tragedias, disgustos o carencias de cualquier índole) que nos empujan a dar bandazos o a abandonar definitivamente el verdadero camino de la vida.

Son también muy numerosas las imágenes que aparecen en el discurso escatológico que, según la versión lucana, dirige Jesús a sus discípulos. Este discurso trata de los tiempos pospascuales, cuando Jesús ya no será visible físicamente para sus discípulos, y se orienta hacia el periodo final de la historia, aludiendo a las realidades últimas, propiamente escatológicas. Las imágenes tempestuosas y aterradoras utilizadas por Jesús, con claro trasfondo veterotestamentario, señalan en el lenguaje apocalíptico la intervención eficaz de Dios en su creación para transformar la confusa, tumultuosa y escandalosa historia humana. Entre las imágenes empleadas está la contraposición entre la noche y el día. La oscuridad se caracteriza por el sueño, el cansancio, la pesantez del cuerpo y del espíritu, por el abandono inerme del corazón en la tela de araña misteriosa de los delitos, de las transgresiones y de los vicios nocturnos, junto con los inconsistentes y fútiles castillos de sueños que dicho corazón entenebrecido se crea: mujeres, dinero, fama, dominio, autonomía absoluta.

El alba, por otra parte, se distingue por el paso a la acción, por la atención a las cosas de Dios, por la acogida de su gracia misericordiosa y por la vigilante espera del Señor para poder “alzar la cabeza” en el momento en que irrumpa en la propia existencia (Cf. Lc 21,28). Jesucristo opta por la luz del día y quiere que su discípulo salga de la noche de este mundo, abandone el vicio, deje la indiferencia y se libere de los lazos que le atan a las cosas (Cf. Lc 21,34-36; Rm 13,12-14), y, puesto en pie, camine hacia la luz, el amor y la verdad que Él mismo enseña y encarna.

Tanto la segunda lectura como el evangelio anuncian la venida gloriosa del Hijo del hombre al final de los tiempos, como juez escatológico. La liturgia nos orienta así hacia la espera de la Parusía y, con ello, hacia la vigilancia viviendo de modo fiel e íntegro la vida cristiana. Es innegable que el hombre actual puede “prever” con los medios que posee muchas cosas futuras y que las afronta en base a tales previsiones, pero esta actitud no es la actitud bíblica de la “vigilancia”, pues ésta confiere a la previsión humana la dimensión transcendente y corrige, de ese modo, la confianza puesta exclusivamente en los medios humanos y en los recursos naturales y terrenos. Todo debe ser orientado hacia una certeza que supera la mera previsión humana y el normal desarrollo de los procesos naturales e históricos. De modo concreto, la vigilancia bíblica orienta todo el ser del creyente hacia la acogida del “Señor que viene”. Todo debe estar bien dispuesto para la intervención definitiva de Dios que, en su acción última, renovará todas las cosas. La acción cooperadora del ser humano en la creación y, sobre todo, en las relaciones interpersonales, debe someterse, por tanto, a Dios y a su acción omnipotente y misericordiosa. De ese modo, la obra del hombre se convierte también en “vigilancia”, mientras espera la manifestación gloriosa del Señor.

En esta celebración del primer domingo de Adviento emerge, por consiguiente, la imagen de Cristo que debe brillar en el cristiano. Éste debe caracterizarse por caminar por el sendero de la justicia y de la verdad que el Señor le ha mostrado, peregrinando hacia lo Alto, conduciéndose como un ciudadano del día, como un testigo de la auténtica alegría y de la vida que viene de Dios, puesto que su corazón ya se encuentra, por su fe y esperanza salvíficas, asentado en el Cielo.

El Germen, el Mesías, apareció por primera vez en el mundo, históricamente, con el nacimiento de Jesucristo. Irrumpe nuevamente, en su Espíritu, a través de la proclamación evangélica y de los sacramentos, y particularmente en la liturgia de la fiesta de Navidad al conmemorar precisamente dicha venida; por último, retornará glorioso y visible para todos al final de los tiempos. La fiesta de Navidad, hacia la que nos encaminamos, es memoria del evento pasado, su realización en el presente y preanuncio de su aparición futura. Es precisamente así, expresando estos aspectos de memoria, de actualización y de profecía, como la liturgia manifiesta su inigualable riqueza e introduce al creyente, a todos nosotros, en la historia salvífica divina que está en acto en medio de nosotros.

1 N.B.: Este libro es deudor de escritos y comentarios a los textos bíblicos de muchos autores, en particular de aquellos de: J.A. Fitzmyer, A. Poppi, G. Ravasi, L. Sabourin, Y. Simoens, K. Stock y A. Vanhoye. Las notas (ideas, expresiones, sugerencias…) que de ellos he tomado, junto con la reflexión y aplicación de las lecturas bíblicas a situaciones concretas de la vida, han ido entretejiendo estas páginas que ahora ven la luz.

 

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