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Luz en mi Camino

14 agosto, 2023 / Carmelitas
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Ap 11,19a; 12,1-6a.10ab

Sl 44(45),11-12.16

1Cor 15,20-26

Lc 1,39-56

En un sacramentario Georgiano del s. VIII, ya aparece especificada esta solemnidad en honor a María, en cuanto asunta al Cielo en cuerpo y alma, el día 15 de agosto. Esta fiesta se celebraba en Roma con una solemne procesión nocturna que se iniciaba en San Adriano, en los foros imperiales, y culminaba en Santa María Mayor, estando acompañada de una vigilia con ayuno (que se extendió a una octava en el s. ix) y una oración colecta que fue utilizada hasta el s. xvi. Ahora bien, el transito en cuerpo y alma de la Virgen María al Cielo ha sido sostenido ininterrumpidamente por la tradición de la Iglesia — de lo que también dan testimonio las narraciones apócrifas —, y esta creencia universal, este “sensus fidelium“, fue confirmada por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 con la definición dogmática Munificentissimus Deus.

Tal y como subraya la oración colecta, la asunción de María se vincula a su maternidad, pues “Dios, mirando la humidad de la Virgen, la ha elevado a la sublime dignidad de madre de su Hijo y la ha coronado de gloria incomparable”. María, la llena de gracia, jamás ha estado sometida a la maldición (Gn 3,19) y sí asociada a la bendición de su Hijo, por eso ella es la mujer que ha vencido completamente a la Serpiente antigua (Cf. Gn 3,15) y a las maldiciones vinculadas a la muerte causada por el pecado (Cf. 1Cor 15,55-57).

María se entregó totalmente al cumplimiento de la voluntad de Dios, al “hágase según tu palabra” que pronunciaron sus labios, orientando siempre su vida hacia los bienes eternos que Aquel que engendraba en su seno encarnaba. María no ha conocido la corrupción del cuerpo y fue elevada, coronada y glorificada, por su inmaculada y total vinculación y entrega al servicio de su Hijo. Y de este modo se ha convertido en ejemplo preclaro de cómo vivir y seguir a Cristo con vistas a alcanzar, junto con ella, la gloria celeste.

Pero el fiel seguimiento de Cristo supone siempre entrar en una lid, en un combate, en el buen combate de la fe que también María tuvo que entablar para conseguir la meta prometida en Dios. La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, da cuenta de ello al presentar, por medio de símbolos, la existencia de dos bandos contrapuestos. Por un lado, aquel de la mujer esplendente y del hijo que va a dar a luz, ambos emplazados bajo el amparo de la protección divina; por otro, se encuentra un Dragón rojo, figura de Satanás, es decir, del oponente de Dios y de su obra por antonomasia.

La mujer representa, en primer lugar, a la Iglesia, en cuyo seno es engendrado Cristo continuamente a través de los sacramentos y de la Palabra evangélica, y en donde cada generación entra a formar parte del Cristo total en la medida de su fe y en conformidad con los tiempos y las circunstancias que le toca vivir. Pero también simboliza a María, modelo singular de la misma Iglesia, en quien tomó carne el Verbo. Ella es la madre del Hijo de Dios según la carne, Jesucristo, que fue arrebato al Cielo con su resurrección y ascensión, en cuanto vencedor de todo mal y Señor de toda la creación (Cf. Ap 12,5).

También Pablo habla a los cristianos de Corinto sobre esta lucha que todo hombre, y en particular el cristiano, sostiene entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Adán, el hombre terreno, débil y pecador, está abocado a la muerte, al mal y a la desaparición; pero Cristo, el Hombre celeste, espiritual, conocedor de Dios y fiel a Él hasta la entrega de su propia vida por amor, es vencedor del mal, del pecado y de la muerte y ofrece la posibilidad de participar en esta victoria a todo aquel que se acoge a Él. Es Cristo, por tanto, el que vence al último Enemigo, la Muerte, tanto ontológica como física, a través de su Espíritu de Amor, resucitando de entre los muertos y ascendiendo al Cielo para recibir del Padre la gloria de su Reino.

Por eso la celebración de hoy está ligada estrechamente a la solemnidad de la Ascensión del Señor, pues conmemoramos que María, la madre de Jesús, aquella que dio su carne para que el Verbo de Dios pusiese su morada entre nosotros como verdadero hombre, el Cristo, ha sido elevada e introducida en el Cielo en cuerpo y alma, gozando ya de la plena comunión con Dios gracias a los méritos de Jesucristo.

En ella, Dios revela el cumplimiento del misterio de la salvación y ofrece a todos los fieles un signo de esperanza y consuelo, mostrando que una criatura ya ha alcanzado la gloria celeste que el Hijo ha ganado para todos, y la victoria sobre la corrupción del sepulcro, victoria que un día, con la resurrección de la carne, todos esperamos gozar. Cristo, que subió a los Cielos a preparar un lugar de vida eterna para los suyos (Cf. Jn 14,2-3), lo preparó en particular, y en primer lugar, para su madre María, perfecta madre y discípula en la fe y en la obediencia a la gracia que había recibido de Dios. Ella aprendió a alabar en su vida al Dios que “había hecho obras grandes en ella”, al Dios que ensalza a los humildes, a los pobres y a los hambrientos de su amor y voluntad, protegiéndolos y conduciéndolos a su lado, al igual que ha hecho definitivamente con ella.

Es cierto que seguir la voluntad de Dios, en la conversión y la fe, es un camino estrecho, pero también es verdad, como vemos en María, que es el único camino que lleva a la “asunción” en Él, mientras que el mal, el orgullo y el egoísmo, conducen a la muerte después de haber dado a gustar la desesperación y la amarga la soledad del sinsentido y del vacío profundo del ser.

María, iluminada por Dios, acogió su palabra y caminó sirviéndola como madre en la fe y el amor, y obedeciéndola como sierva suya siguiendo al Hijo y asociándose a Él en su obra redentora. Es de Él de quien recibe la gracia y el don extraordinario de haber sido elevada en cuerpo y alma a los cielos. La Asunción de María es, en definitiva, la anticipación de la fiesta pascual que todo creyente espera, es la Ascensión en Dios de la criatura redimida, semejante a la primera y decisiva Ascensión, aquella del Hijo, en la gloria del Padre.

 

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