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31 diciembre, 2018 / Carmelitas
Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios

Nm 6,22-27

Sl 66(67),2-3.5-6.8

Lc 2,16-21

Ga 4,4-7

La solemnidad que hoy celebramos en honor de nuestra Madre María concluye la octava de Navidad en la que la Iglesia da gracias a Dios por el inmenso don de su Hijo. Es una verdadera fiesta navideña con la que comenzamos, al mismo tiempo, el año civil y en la que confluyen muchos aspectos de la revelación y de la vida cristiana: solemnidad de María en cuanto Madre de Dios, fiesta de la circuncisión del niño Jesús e imposición de su nombre, y jornada mundial de la paz (como estableció el Papa Pablo VI). Los textos bíblicos aluden a estos aspectos y los iluminan y fundamentan.

María entra dos veces en escena. Una por medio del apóstol Pablo, quien la menciona brevemente escribiendo a los gálatas: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (4,4). De este modo tan simple, sintetiza San Pablo el misterio de la Encarnación y la esencia de la mariología. María, nos dice, es una mujer, una criatura como nosotros y, por consiguiente, también estuvo sometida al sufrimiento y a la muerte. Pero María dio el cuerpo humano a una persona divina, al Hijo de Dios, por lo que podemos afirmar que es madre de Dios. Su grandeza está, por tanto, en que llegó a ser la madre del Hijo de Dios encarnado (“nacido de mujer”), motivo por el cual nos supera sobremanera. Precisamente María fue concebida sin pecado, inmaculada por gracia, para que llegara a ser la madre del Mesías; y así permaneció, sin mancha, merced a su total y fiel entrega — como sierva del Señor — en la realización del proyecto divino para el que había sido creada, hasta llegar a ser entregada por su propio Hijo, junto a la cruz, como madre espiritual, madre en la fe, de todos los discípulos (Cf. Jn 19,26).

La segunda mención de María aparece en el evangelio lucano, donde se evidencia que María, como ya había dejado entrever al recibir la palabra reveladora del arcángel Gabriel, concibe su maternidad meditándola en su corazón, concibiéndola antes que nada en su propio corazón. El evangelista nos dice que “María discurría qué significaría aquel saludo” (Lc 1,29) y que “conservaba todo meditándolo en su corazón” (Lc 2,19.51). María se manifiesta como mujer sabia, como mujer temerosa de Dios y, por tanto, amante de su voluntad, porque acoge y medita la palabra que Dios le dirige y todos los acontecimientos que, por causa de dicha palabra, le acaecen.

En efecto, María “meditaba”, es decir, “conjugaba o armonizaba” (según el significado del verbo griego sumbállō) lo dicho y acontecido para encontrar la unidad de sentido realizado y querido por Dios. Ella no se detenía en la superficialidad de los hechos o de las cosas, sino que “meditaba” para llegar al sentido profundo de la acción divina que abría todo lo vivido hacia su desarrollo futuro. María es la mujer que “contempla” para penetrar en la trama armónica trazada por Dios en su existencia (y en la del mundo), aparentemente caótica e insensata a los ojos humanos: pastores que llegan corriendo, que dicen haber visto ángeles, gente que se maravilla, un simple niño acostado en el pesebre. María ve todo esto y piensa, lo siente en sí misma, lo guarda en su corazón, lo medita y, comprendiendo algo de esa acción secreta de Dios que a todo lo armoniza y da sentido, se adhiere a ella para continuar penetrando un poco más en la obra divina que tiene, en el Hijo allí encarnado, el centro y la culminación.

María ve los acontecimientos que vive a la luz de la fe. No se queda en la pobreza, en el dolor, en la contradicción aparente de lo que el ángel le anunció y de lo que ella ve ante sí. La mueve la sabiduría divina que penetra en el secreto profundo de las cosas y por eso sabe descubrir, leer, contemplar en ellas un valor “simbólico” que expresa el misterio más alto que les colma de valor y sentido. Sólo la fe le permite comprender que detrás de aquel rostro y cuerpo de niño envuelto entre panales late una realidad (divina) no inscrita en la historia humana, ni en su código genético, ni en sus limitaciones de criaturas. Esa visión de fe que penetra en la persona divina de Jesús será la misma que gustarán aquellos que posteriormente le acojan escuchando su mensaje evangélico y siguiéndole en la conversión y la fe.

Otro aspecto que también celebramos hoy es la circuncisión de Jesús ocho días después de su nacimiento. Es práctica en Israel, y uno de los actos capitales de la existencia de un hebreo, circuncidar al neonato al octavo día e imponerle, en ese momento, su nombre. El signo en la carne viva y en la misma raíz de la transmisión de la vida y de la procreación proclama la alianza, es decir, la solidaridad y el lazo casi de sangre que late y circula entre Dios y el hombre, tal y como Dios mismo había revelado a Abraham (Cf. Gn 17,10). El nombre, si así lo había dispuesto Dios, debía ser una especie de síntesis cifrada del destino de la criatura. Tal es el caso de Jesús, nuestro Señor, dado que “Jesús” (griego: Iēsous; hebreo: yehôshua‘) se vincula en hebreo a la palabra “salvación” (yesha‘), y su significado: “Dios salva”, se cumple perfectamente en Jesucristo, en quien se dan dos dimensiones inseparables: la humana, que le vincula a su pueblo, y la divina de ser el Salvador (Cf. Lc 2,11). Jesús es, por tanto, nuestro hermano pero también nuestro Señor y Salvador, la Alianza encarnada, el lazo de sangre que une Dios al hombre y el hombre a Dios.

El aspecto de la paz, ofrecida y cantada por los ángeles la noche de Navidad de parte de Dios y en relación con el Dios-hecho-hombre (Cf. Lc 2,14), la recuerda y propone la bendición sacerdotal de la primera lectura. La luz de Dios y su rostro amable y sonriente vuelto hacia el hombre, se transforman en una paz íntegra y plena en el corazón humano. La bendición tiene precisamente como finalidad poner al creyente en relación con Dios, que es el origen y la fuente de la vida, de la paz, de la verdadera felicidad. Imponer el nombre divino sobre los fieles significa, por tanto, restablecer la relación personal e íntima entre Dios y la persona.

Por tres veces se invoca el nombre divino, como signo de intensidad, plenitud, perfección y fuerza de la bendición: el Señor “te bendiga y proteja”; el Señor “ilumine su rostro y te sea propicio”; el Señor “vuelva su rostro sobre ti y te conceda la paz”. En dos ocasiones, como vemos, se habla del “rostro de Dios”, pidiendo que “lo haga brillar” y “lo vuelva” hacia el creyente (Nm 6,25.26). El rostro es la expresión de la persona y de sus sentimientos. Es un poco el espejo del alma. “Contemplar el rostro de Dios” es, en la Biblia, la culminación de la intimidad del fiel, en este mundo por medio de la fe y de la oración, y después cara a cara en la gloria celeste. La luz es símbolo de lo divino, de lo infinito y de lo eterno. Luz y rostro van unidos (Cf. Sl 31,17; 4,7; 80,4.8.20). Si Dios aleja su rostro sólo queda la prueba, la oscuridad, la infelicidad, sea por causa de nuestro pecado o por su acción misteriosa a favor de nuestra salvación, por eso el rostro “brillante” de Dios a favor del creyente es signo de una esperanza cargada de felicidad y de salvación. Es la representación de la sonrisa divina en cuanto fuente de armonía y de paz para el fiel.

La bendición es, por consiguiente, el signo litúrgico visible del retorno al diálogo entre nuestras miradas y aquellas de Dios en una armonía jubilosa, en una alianza de paz. Así es como nace la paz verdadera, puesto que la paz (shalôm), en sentido bíblico, no es la mera ausencia de guerra, sino que indica “perfección, plenitud, integridad”. Expresa el ideal de la era mesiánica (Cf. Jr 8,15), pues tal es el título del Mesías: “príncipe de la paz” (Is 9,5). La paz de que hablamos no es una teoría, sino comunión con Dios. Sólo en Dios puede el ser humano alcanzar la paz y en él debemos buscarla. Por eso Jesucristo es “nuestra paz” (Ef 2,14.17): la comunión con Él conduce a la comunión con el Padre y con los hermanos. Sólo esta comunión quiebra la soledad y el abandono y colma de alegría el corazón humano. Esta es “la paz en la tierra” anunciada por los ángeles el día de Navidad.

Al inicio del Año Nuevo, nos acogemos a María, madre de Dios y madre nuestra, y pedimos al Señor que nos conceda la gracia de conocerla más y mejor: su maternidad divina, su dignidad y su profunda humildad. Le pedimos que aprendamos de ella a tener una auténtica vida interior de unión con el Dios uno y trino, ya que sin esta vida interior sólo caminamos en una existencia superficial, incapaces de ver la acción de Dios y de superar, en su amor, las dificultades, tensiones y sufrimientos que surgen en la existencia. Sólo con esa vida interior podremos permanecer en “la bendición” divina que nos impulsa a crecer en las virtudes y en las relaciones de amor y de paz con los demás.

 

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