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Luz en mi Camino

31 marzo, 2026 / Carmelitas
VIERNES SANTO: CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (A)

Is 52,13–53,12

Sl 30(31),2-25

Heb 4,14-16; 5,7-9

Jn 18,1–19,42

     En este primer día del Triduo Pascual, la Iglesia conmemora la pasión, muerte y sepultura de Jesús. Toda la liturgia contribuye a meditar sobre estos eventos.

     La primera lectura del Cuarto canto del Siervo habla de un personaje que acepta el sufrimiento y la humillación extrema que le causan los pecados de los otros, y que se entrega indefenso a la muerte intercediendo por sus mismos verdugos, para obtener la salvación de todos ellos. Este sufrimiento es fructífero porque no termina en la muerte, sino que conduce a la luz y a la glorificación: «He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera… Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará» (Is 52,13; 53,11). Desde esta óptica hay que contemplar la pasión de Jesús, que cumple la profecía de Isaías al sufrir y morir por nuestros pecados, soportando todas las consecuencias negativas de nuestras culpas, y accediendo así, a través de su pasión, a la Luz esplendente de la resurrección.

     La pasión según S. Juan es una pasión glorificante: es la hora en la que el Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre (Cf. Jn 17,1). La gloria de amar, de hacer la voluntad del Padre, de salvar a los hombres, es la gloria que pasa a través del sufrimiento, a través — como afirma la Epístola a los Hebreos —, de una ofrenda perfecta, aunque no sea un sacrificio ritual puesto que acaece fuera de la ciudad, lejos del Templo o de cualquier otro lugar sagrado. Esta glorificación comienza al inicio de la pasión y acontece en todos los episodios y en circunstancias que, a primera vista, son de absoluta humillación. En el jardín de Getsemaní, por ejemplo, los guardias de los judíos vienen a prender a Jesús con linternas, antorchas y armas, como si fuera un malhechor (Jn 18,3), pero en esa humillante situación, Jesús se presenta vencedor: conocedor de lo que le iba a suceder se adelanta y les dice “Yo soy” (= el nombre divino) al que estáis buscando, y en este preciso momento todos retroceden y caen a tierra (Jn 18,6). Esta victoria inicial marca el sentido de toda su pasión.

     Jesús es el Rey que, en su absoluta inocencia, “padece bajo el poder de Poncio Pilato”, ante quien asume la responsabilidad de su misión declarando públicamente, por tres veces, que su reino no es de este mundo (Jn 18,36). Pero, aunque la realeza de Jesús no es de este mundo, sí que ejerce en el mundo su verdadero poder, el único auténtico del que participa cualquier otro poder: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,11). Esto significa que los que ostentan el poder y la autoridad en las naciones — por más que se establezca una separación de los “poderes” religiosos y civiles —, tendrán que dar cuenta ante Dios del modo como ejercen la autoridad. De hecho, el poder mundano que conduce a la cruz a Jesús se encuentra, en el mismo Crucificado, reducido a la impotencia. Por eso la cruz del rey de los judíos señala, por una parte, la derrota definitiva de todo triunfalismo y totalitarismo socio-político, y, por otra, la exaltación de todo hombre que, unido a Cristo, se acepta humildemente a sí mismo según el diseño querido por Dios.

     «¡He aquí el hombre!» (Jn 19,5), dice Pilato, mostrando a Jesús flagelado, coronado de espinas y vestido de púrpura. Los soldados le habían saludado como “rey de los judíos” — dignidad que, en medio de la burla, será afirmada varias veces y quedará escrita en el letrero puesto en la cruz —, pero Pilato le califica como “hombre”, sin entender que ante sí tiene al Hombre ideal, perfecto, a la verdadera “imagen y semejanza de Dios” según la cual él mismo fue creado. En su misma pasión, Jesús es el hombre perfecto por excelencia porque camina en el amor más sublime (Jn 13,1; 15,13), y para que este amor alcance a todos los hombres y puedan “amarse como Él mismo les está amando” (Jn 13,34; 15,12).

     Antes de su pasión y muerte, el “bocado mojado” dado a Judas (Jn 13,26) ya sugería que Jesús, en cuanto Hijo, reconducía todo al único “fin” de revelar el amor absoluto (Jn 13,1), realizando así el proyecto del Padre incluso en el pecado. Por eso, la orden que Jesús da a Judas: «Aquello que tienes que hacer hazlo pronto» (Jn 13,27) no expresa otra cosa, como dirá Cirilo de Alejandría, que ha llegado el momento de apresurar el proceso salvífico. Sin embargo, sólo el discípulo amado por Jesús podrá ver, con la mirada del amor, el Amor en acto incluso en la traición. En el momento de la muerte (Jn 19,29-30), el texto afirma que también los artífices del suplicio de Jesús, y con mayor razón las mujeres y el discípulo amado — al dar el vinagre a Jesús —, realizan el diseño de Dios testificado en las Escrituras. Por tanto, cualquier cosa que hagamos contribuirá siempre al proyecto de bien que el Padre está realizando en la historia, pero únicamente el discípulo amado y que ama puede verlo y saberlo. Ahora bien, aunque esta visión y conocimiento de fe no excusan a nadie ni del mal ni del pecado — que debe evitarse a toda costa para no tentar a Dios —, sí que evitan y suprimen el escándalo del mal y del pecado, de tal modo que nadie está jamás autorizado a pronunciar un juicio contra el pecador en ningún momento y circunstancia: ¿Quién sabe qué provecho sacará el Padre, por medio de Jesucristo y en su Espíritu, de nuestras equivocaciones y de nuestras desdichas, o de nuestros gestos más simples de ayuda y de sincera compasión?

     Toda la vida, la muerte, la persona, las relaciones y el mundo de Jesús se condensan en su última palabra: “Todo ha sido cumplido” (tetélestai; Jn 19,30). Es el verbo con el que el Verbo sella el Amor de Dios para siempre, y lo entrega, inmediatamente, a la humanidad. De hecho, en Jesús, el orden habitual de inclinar la cabeza después de haber expirado se invierte, como signo de que a Él ninguno le quita la vida sino que es Él mismo el que la da: “E inclinando la cabeza entregó el Espíritu” (Jn 19,30; Cf. Jn 7,39). Es así como Jesús da paso a Aquel que tiene que continuar su misión en el corazón de los hombres. En el momento de su muerte, Él mismo inicia el tiempo del Espíritu que dará después de su resurrección y que guiará a la Iglesia hasta la consumación de los tiempos.

     La lanzada deja ver hasta dónde llega el amor de Jesús incluso después de muerto. Es semejante a una “doble” muerte que duplica, a su vez, el amor, simbolizado en el agua — signo del don del Espíritu Santo (Jn 7,37-38) que nos purifica, vivifica y santifica —, y la sangre, que para un semita es la vida (Cf. Lv 17,11). La crucifixión de Jesús ha supuesto la condenación y muerte del Inocente: la acusación falsa, que ha transgredido el octavo mandamiento del Decálogo (Ex 20,16; Dt 5,17), y conducido a violar también el quinto mandamiento que dice: “No matarás” (Ex 20,13; Dt 5,17). La humanidad tocó fondo aquí, cuando la acusación de blasfemia contra Jesús se transformó en un crimen en el que todos nos vimos implicados. Pero, precisamente ahí, encontró el hombre la profunda realidad de Dios: Dios es amor. Tanto es así que la sangre de Jesús no gritó venganza al cielo (Cf. Dt 21,8), sino que transformó la violencia en pacificación y el crimen del asesino en una ofrenda de sí mismo a Dios, una ofrenda de la que brotan el remedio y la salvación de todos nuestros males. La sangre eucarística de Jesús nos comunica su misma vida divina, de tal modo que al crimen y al pecado humano no le siguen la maldición o la venganza, sino el perdón más allá de toda esperanza para quien quiere creer. Es así como se entiende la Eucaristía: el amor y la misericordia al puesto del odio, incluso de aquel mitigado por la ley del talión.

     En la muerte de Jesús, el Amor viene al mundo y hace gloriosa nuestra cruz, siendo suficiente una sola gota de fe mezclada con el agua y la sangre de la Nueva Alianza. En cada una de las circunstancias dolorosas y humillantes de nuestra vida, allí donde las consecuencias del pecado propio o ajeno nos introducen en el dolor más profundo, en la enajenación más extrema, y en el abandono más absoluto, allí precisamente se ha aproximado y hecho accesible el amor de Dios en su Hijo. Todo eso que nos destruye en lo más profundo de nuestro ser lo ha transformado Jesús en la llave de acceso a su Amor, porque lo ha asumido sobre sí para que nada ni nadie nos pueda separar de Él (Rm 8,35-39).

     Los gestos y las palabras de Jesús durante la cena (Jn 13–17) ya precisaron el sentido de su muerte por nosotros: el amor en el servicio y la gloria van unidos y hacen positiva una historia que, a primera vista, sólo resulta caótica y carente de cualquier sentido. Esta muerte muestra la Sabiduría encarnada en la vida: el cumplimiento del diseño divino que, haciendo posible el amor mutuo, nos conduce al origen mismo de la creación, a ser definitivamente “recreados”. La declaración de Jesús: «Cuando sea levantado atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32), habla de una atracción que es una obra inmensa de transformación amorosa que acaece en el discipulado, donde el discípulo, unido a Cristo, va siendo elevado en la propia cruz y va caminando hacia su propia pasión en la que mostrará plenamente el perdón y el amor que haya recibido de Cristo. La conciencia de sabernos pecadores y de haber experimentado la destrucción y el dolor que provoca el pecado, propio o ajeno, junto con la conciencia de conocer el amor hasta el extremo de Jesús hacia nosotros y de saber vivencialmente que dicho amor es el perenne manantial de nuestra paz, salvación y unión con Dios, va capacitándonos para realizar la finalidad — el extremo —, de la pasión de Jesús: amar al prójimo con el mismo amor con que somos amados.

     El poder amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo ha costado la muerte de Jesús. Por eso en Judas está en juego algo que es mucho más grande que él (Jn 13,2.27). Cuando se sumerge en la noche (Jn 13,30), libre y responsablemente, lo hace según la lógica del don recibido en el “bocado”, don que tiene que revelar hasta dónde llega el amor, es decir, hasta qué punto Dios nos ama en su Hijo. Ese “bocado” es el gesto de amor de Jesús, cumplido en su amor y para el amor; es el “sepultarse” en el tenebroso abismo del pecado humano que llega a matar al Dios encarnado, al Inocente. Por eso Satanás, en Judas, está perdido, es “echado fuera” y “juzgado definitivamente” (Jn 12,31; 16,11) porque Judas ha “comido” el don de la Alianza eterna en la sangre de Cristo. Este mal paradigmático de cualquier otro mal, esta infamia y crimen monstruosos son transformados por el don que Jesús hace a Judas de su Vida, a través del cual abraza, en su Nueva Alianza, al pueblo que lo rechaza. A partir de esta hora, brota sobre los pecados de la humanidad, de manera inextinguible e inacabable, el perdón de Dios. A partir del amor de Cristo, todo puede ser vivido en Él y como Él, con nuestra fe y nuestro amor.

 

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