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Luz en mi Camino

21 septiembre, 2019 / Carmelitas
Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

Am 8,4-7

Sl 112(113),1-8

Lc 16,1-13

1Tim 2,1-8

La primera lectura del profeta Amós es un oráculo de condena contra los ricos mercaderes de Samaria que se aprovechaban de su poder para explotar a los pobres e indigentes, hasta llegar a someterlos incluso a la esclavitud.

En el s. viii a.C., Amós se trasladó de Judá al Reino del Norte (Israel) movido por Dios, suscitado para hacer resonar la palabra del Señor en los ensoberbecidos oídos de la corrompida alta clase de Samaria. Su rudo lenguaje fraguado en el campo, entre vacas, ovejas y sicómoros, resonaba estridente en la acomodada vida de aquellos explotadores de miserables, de aquellos políticos corruptos y terratenientes que no dudaban en pisotear, sistemáticamente, a los pobres y humildes de la tierra, y no cesaban de maquinar torcidamente cómo continuar manteniendo su posición a costa de los más pobres.

Era tan grande su codicia que incluso los días festivos de reposo (el sábado y la fiesta mensual del novilunio) los soportaban a regañadientes y tramando cómo ganar y cómo potenciar su frenesí comercial (Cf. Am 8,4-5). Su único dios era el Dinero y su acción primordial era el fraude y la explotación: falsificaban las medidas, especulaban sobre los cambios y engañaban constantemente al prójimo (Cf. Am 8,5-6). Y no sólo eso, sino que también los mismos pobres eran objeto de comercio en Samaria, sometiéndolos a esclavitud y valorándolos en nada puesto que se intercambiaban por el precio de un par de sandalias. Pero la palabra de Amós fue sancionada por Dios, quien a través del profeta llega a jurar que “jamás olvidará estas obras malvadas” (Am 8,7). Y también hoy continúa el Señor ratificando la validez de estas palabras y advirtiéndonos, por medio del profeta Amós, que no tolera el espíritu mundano de aquellos que no tienen piedad hacia los pobres y necesitados de nuestra sociedad y de nuestro mundo, y se aprovechan de su situación incluso con medios deshonestos (usando falsas balanzas), y nos exhorta a todos a cambiar de conducta y a ser justos, honestos y generosos en conformidad con su voluntad.

La lectura evangélica retoma esa temática de las riquezas y nos enseña cómo utilizarlas según Dios. A través de la parábola del administrador infiel (Cf. Lc 16,1-8), Jesús nos invita, a que, en la búsqueda del Reino de Dios y de la salvación eterna, seamos astutos y estemos con la misma prontitud que aquel deshonesto administrador estuvo para buscar su propio interés. Para ello es necesario que aprendamos a usar el dinero para hacernos amigos entre los más necesitados, eligiendo, por consiguiente, servir a Dios en vez de a las riquezas.

Como la parábola del administrador astuto causa dificultad a primera vista, se tiende a espiritualizarla y descontextualizarla. Es, sin duda, una parábola que posee gran vivacidad y originalidad y no hemos de forzarla en su interpretación. Con ella, como hemos indicado, Jesús enseña a sus discípulos a obrar con prontitud en la búsqueda del Reino de los Cielos y de su justicia, siendo conscientes de que están viviendo la hora final de la historia. La inconsciencia y el desconocimiento de este momento crucial hace que no nos convirtamos realmente y que nuestro obrar no se ajuste al Evangelio, consumiendo nuestra existencia de manera amorfa y con marcada indiferencia respecto a las cosas de Dios, inmersos en la banalidad y en la superficialidad y proyectándonos ciegamente hacia las cosas, el bienestar y la riqueza.

El administrador infiel se encontraba en una situación difícil, muy preocupante, pues iba a ser expulsado de la administración por malbaratar la hacienda de su patrón. Sin embargo, no se abatió por ello, sino que reflexionó y encontró, entre todas las posibilidades que tenía ante sí, una solución a su situación que le aseguraba una vida tranquila después de que fuera destituido y echado. Sabedor de que todavía ostentaba poder y podía decidir sobre las deudas que otros tenían con su patrón, fue llamando a los deudores y se aseguró su gratitud y, con ella, la certeza de que le ayudarían cuando dejase de ser administrador y estuviera en necesidad de ser ayudado por ellos.

Ahora bien, Jesús no nos enseña con este ejemplo a ser deshonestos, sino a ser astutos, pues como dice al final de esta enseñanza: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente» (Lc 16,8). Y es que, como afirma nuestro Señor, es muy habitual que las personas que no creen, que no se mueven por principios y valores religiosos, sean más ingeniosos que los creyentes. Jesús nos exhorta de este modo a que no nos abatamos por nada, a que seamos astutos e ingeniosos en la búsqueda de soluciones para llevar a cabo el anuncio y el testimonio del Reino y la práctica de su enseñanza.

Por eso, precisamente, a la parábola del administrador le sigue una enseñanza radical sobre la tentación del dinero y que sirve, al mismo tiempo, como ejemplo del comportamiento que reclama a los discípulos. Mientras el administrador se procuró amigos para su propio provecho terreno, Jesús nos indica el modo como los hijos de la luz deben procurarse amigos con vistas a la vida eterna. La riqueza, el dinero, es por sí mismo perverso en cuanto fuente de tentaciones. La riqueza “injusta” (los bienes puestos como fin en sí mismos y considerados como fuente de la vida y de la felicidad), es el obstáculo principal para entrar en el Reino de Dios, fracasar en la fe y quedar sin fruto. Aquel que la desea se encamina muy pronto por la senda de la injusticia y de la deshonestidad, por eso es necesario que los discípulos sean astutos y se procuren verdaderos amigos con ese dinero que les puede inducir hacia una vida egoísta y deshonesta.

Hay estudiosos que identifican a estos “amigos” con los ángeles, otros incluso con Dios. El contexto conduce a identificarlos más bien con los pobres, con esos a los que se les invita y no pueden devolver el favor: los pobres, lisiados, cojos y ciegos (Cf. Lc 14,13-14). Son ellos los que nos introducen en el Reino de Dios, los que intercederán por nosotros en el momento de la muerte, cuando los bienes materiales ya no contarán en absoluto. En aquel momento, será ese bien hecho a personas concretas el que clamará, en ellas, delante de Dios, para que los bienhechores sean acogidos en las tiendas eternas (Cf. Lc 16,9). Dios es bueno y lleva junto a sí, para hacerle partícipe de su alegría y paz, al que ha obrado según es Él, en conformidad con su santa voluntad. Los últimos de la tierra que han dependido de Dios y a Él se han confiado, serán los primeros en el Reino de Dios y los intercesores de sus benefactores terrenos.

Jesús ataca fuertemente con esta instrucción a la falsa ilusión de pensar que podemos estar contemporáneamente en dos campos: en aquel de Dios y en aquel de las riquezas (Cf. Lc 16,13). Jesús habla de éstas con el término de origen fenicio: mammona, con el que se indica la seguridad y estabilidad económica, el éxito y el esplendor en esta vida. Al contraponerlo a Dios, Jesús considera a Mammona como un ídolo. Existen, podríamos decir, dos “religiones”, dos elecciones fundamentales que chocan entre sí como polos idénticos de dos imanes: por un lado está la elección del amor, de la generosidad basada en la enseñanza religiosa auténtica y divina, en el don total de Dios; por otro, está la lógica mundana del tener, del enriquecimiento que tiene fin en sí mismo, de la codicia y del egoísmo que se basa en la tentación satánica y que conduce a la idolatría y a la separación de Dios y del prójimo. Entre Dios y Mammona no hay acuerdo posible, son antitéticos. Mammona se establece como si fuera dios, o mejor, el hombre mismo lo idolatra y aquello que pensaba iba a ser la solución de su vida termina por convertirse en el dictador que le esclaviza y le da a gustar el amargo y tenebroso sabor de una vida terrena marcada por la muerte ontológica que siente en sí mismo por haber negado y haberse alejado del Dios vivo y verdadero.

Todo hombre debe elegir ante estos dos “señores”, pero para el discípulo de Jesús la elección es urgente. Debe optar por quien “servir”, es decir, a quien dar culto y adoración (en conformidad con el trasfondo bíblico de dicho verbo). Y este “servicio” reclama el corazón, los afectos y no tiene vía intermedia: si se ama a uno se aborrece al otro, si se entrega a uno se desprecia al otro. Es imposible que en el corazón del hombre puedan cohabitar ambos amores juntos: Dios se opone frontal y radicalmente al egoísmo y a la codicia. La ilusión de poder seguir a uno sin separarse del otro es una falsedad, un engaño, y Jesús nos lo dice de modo claro, sin ambigüedades.

A los discípulos se les pide “fidelidad” y ésta reclama, a su vez, la entrega total de uno mismo por Jesús y el Evangelio. Los hijos de este mundo se entregan en cuerpo y alma, empeñan toda su existencia y todo su ser, para conseguir enriquecerse, sin que ninguna traba moral o religiosa se les ponga por medio. Están dispuestos a sacrificarse por esos bienes inútiles, pasajeros, causantes de dolor y sufrimiento propio y ajeno, esclavizantes y esclavizadores porque terminan imponiéndose como dioses de la existencia. Sin embargo, los hijos de la luz no son así para el bien, no somos así tantas veces los discípulos de Jesucristo, los cristianos. Somos a menudo endebles, débiles, lentos, perezosos, protectores de la propia e inmediata comodidad, temerosos de perder el bienestar. Las palabras de Jesús remueven ciertamente nuestra conciencia y nuestro corazón, sacuden nuestra rutinaria vida cristiana, convulsionan nuestra acomodada alma y nos impulsan nuevamente a ponerlas por obra en nuestra vida, pues: «El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?» (Lc 16,10-12).

Como afirma la segunda lectura, esa generosidad que pide el Señor a sus discípulos para vencer la tiranía de las riquezas y hacerse amigos con ellas, debe alcanzar a todos los hombres, debe ser una caridad universal que, de modo particular, se pondrá de manifiesto en la oración (Cf. 1Tim 2,1-4). El corazón del cristiano está abierto, por la gracia de Dios, a todo el mundo. Es Dios mismo quien quiere que nuestra oración y caridad sea universal porque su amor es así: abarca a todos los hombres y desea que, el amor con que nos ha amado en su Hijo Jesucristo, llegue a todos los corazones.

Las palabras que hoy hemos escuchado resuenan en nuestro interior y convulsionan nuestras dudas, infidelidades y acomodamientos, y también nuestros pretendidos “acuerdos” entre Dios y el dinero, pero también nos recuerdan que nuestro Señor Jesucristo es el camino de la verdadera libertad porque nos une al Dios de la liberación de la esclavitud de Egipto, al Padre que verdaderamente nos ama y cuida de nosotros. Las palabras de Jesús no son, por tanto, una acusación, sino luz en nuestro camino, una llamada continua a no aposentarnos en lo que no es eterno ni nos conduce al corazón de Dios, una sacudida para que vivamos el discipulado en la esperanzada tensión de la providencia divina, y una ayuda para “convertirnos” y cambiar nuestra mente que tiende a dejarse llevar por la inercia cotidiana de la vida incluso en lo que respecta a la vida espiritual.

 

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